
Preminger, un cineasta que dividió las aguas
A cien años de su nacimiento
1 minuto de lectura'

"Yo no encuentro úlceras en los demás. Yo las provoco." Con frases de este tipo, Otto Preminger solía alimentar maliciosamente su propia leyenda. No es casual que Peter Bogdanovich la haya elegido para encabezar el capítulo dedicado a Preminger -de cuyo nacimiento en Viena se cumplen hoy 100 años- en su extraordinario libro de conversaciones con legendarios directores del Hollywood clásico, Who the Devil Made It .
Tampoco es casual que Bogdanovich haya jugado ambiguamente en ese texto con los extremos en los que siempre se planteó y describió la conducta personal y profesional de Preminger. Decía que de acuerdo con la leyenda -alimentada por no pocas anécdotas reales o ficticias- su relación con actores y técnicos era propia de un tirano, pródiga en gritos, actitudes despectivas y gestos de mal talante. Pero en la línea siguiente lo definía como un director "excepcionalmente capaz, inteligente, emprendedor y sofisticado". Un productor tan hábil como riguroso en el manejo del dinero y un hombre "cálido, divertido y completamente encantador" con las personas que amaba.
A la vez, el legado cinematográfico de Preminger -hoy disminuido y quizás algo desvalorizado- también quedó sometido a esos claroscuros. Para algunos -incluidos los fervorosos críticos franceses que lo llegaron a calificar como uno de los "cuatro dioses del cine" junto a Joseph Losey, Fritz Lang y Raoul Walsh-, Preminger fue un modelo de insobornable independencia y, a la vez, un realizador con sello propio que lograba construir en sus films una visión personal a partir del aprovechamiento de la pantalla ancha, el uso de expresivos planos secuencia y tramas en las que todas las posturas "se presentaban con igual pasión, así como el buen abogado representa a sus clientes, sean culpables o inocentes", según la definición de Bogdanovich. Para otros, en cambio, buena parte de la obra de Preminger se caracteriza por el oportunismo y el aprovechamiento de sucesivas situaciones presentadas como supuestas denuncias para provocar ruidos y escándalos, razón por la cual la mayoría de sus películas sólo trascendió en el momento de su estreno y no pudo soportar el paso del tiempo.
Es posible que en ambas miradas haya algo de razón. Preminger dejó un puñado de indiscutidas obras maestras, cuya cumbre fue Anatomía de un asesinato (1959), un relato de intriga en el que el clásico estilo descriptivo y objetivo de puesta en escena del realizador se llevó a su máxima expresión, apoyado en una excepcional dirección de actores y la incomparable música de Duke Ellington. De esa lista memorable no pueden quedar afuera los fascinantes y ambiguos contornos de esa mezcla de thriller y melodrama que fue Laura (1944), una fascinante y arriesgada recreación del clásico de Bernard Shaw Santa Juana (1957), en la que brilló el gran descubrimiento actoral de Preminger, Jean Seberg; los delicados trazos de Buenos días tristeza (1958), también con Seberg y el innovador recurso de mostrar las secuencias del presente en blanco y negro y las del pasado en color, y el poderoso aliento épico de Exodo (1960), su visión del nacimiento del Estado de Israel y también su mayor éxito comercial.
No menos célebre resultó el talento de Preminger para armar elencos enormes con grandes figuras ( El cardenal y Tormenta sobre Washington y son cabales ejemplos) y su casi incondicional confianza en la capacidad de razonamiento y de comprensión del público.
Polémicas taquilleras
Del otro lado, en El cine sonoro y los Oscars de Hollywood , el respetadísimo Homero Alsina Thevenet sugirió que las muchas batallas que Preminger mantuvo con la censura tuvieron más que ver con la búsqueda de efecto en la taquilla a partir del escándalo que con una genuina vocación de ir contra la corriente. En La luna es azul (1953), adaptación de la comedia frívola que había dirigido en Broadway, se animó por primera vez en el cine norteamericano sometido al rígido Código Hays a utilizar en el guión palabras como seducción, embarazo y virginidad; en El hombre del brazo de oro (uno de sus mejores films) se animó a narrar la historia de un heroinómano brillantemente interpretado por Frank Sinatra; en Exodo convocó como guionista a Dalton Trumbo, una de las figuras exoneradas de Hollywood por el macartismo, y más tarde se ocupó con mucha fuerza de temas como el racismo (con sus versiones de Carmen Jones y Porgy & Bess , Lo que trae el mañana y El cardenal ), la discriminación hacia los diferentes ( Dime que me amas , Junie Moon ) y las intrigas políticas ( Tormenta sobre Washington ).
Como le ocurrió a lo largo de una filmografía llena de altibajos, Preminger supo ganar y perder en esas peleas planteadas por él casi sin cuartel. Logró triunfos resonantes (el Código Hays fue reformado tras las controversias con La luna es azul y El hombre del brazo de oro ) y reveses igual de ruidosos, que quedaron en el olvido tanto como sus últimos films en los años 70, muestras de un estilo que ya daba muestras de cansancio y pesadez.
Lejos quedó el vigor que impuso con su obra en Estados Unidos el hijo de quien fuera procurador general del Imperio Austrohúngaro, que trabajó como asistente de Max Reinhardt y Ernst Lubitsch, que a pesar de su condición de judío daba perfectamente el tipo de personaje nazi (de ese modo brilló como actor en Infierno 17 , de Billy Wilder) y que se animó a reírse de sí mismo al personificar al Capitán Frío en la serie Batman . Murió en 1986 dejando trunco un último proyecto ( Open Question , sobre el célebre caso de Julius y Ethel Rosenberg, ejecutados por espionaje en Estados Unidos en 1953) y una división sin términos medios entre quienes lo admiraron y quienes creyeron, como la actriz Dyan Cannon, que era "incapaz de dirigir a su pequeño sobrino hasta el baño".




