
"Todos somos Uxbal"
Alejandro González Iñárritu habla de su película, un intenso drama protagonizado por Javier Bardem
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Recuerda Alejandro González Iñárritu que se le ocurrió la idea de hacer Biutiful un día que iba a bordo de su automóvil con sus hijos escuchando un tema de Ravel. Curioso es que su película, trágica pero a la vez luminosa como pocas, transcurra en la zona más decadente del barrio El Raval, la contratara turística de Barcelona, allí donde conviven inmigrantes marginales de todo el mundo: de allí mismo, latinos, orientales o africanos, que tratan de sobrevivir en un mundo donde la miseria de los talleres clandestinos, la prostitución y la droga también se globalizan.
Biutiful , que pasado mañana estrenará entre nosotros Diamond, parte de un guión de los argentinos Armando Bó (nieto del recordado cineasta de igual nombre y apellido, autor de casi todos los films de Isabel Sarli) y del escritor Nicolás Giacobone, y es la historia de Uxbal, un hombre común, marginal, de los días que corren. Para González Iñárritu, hijo de un banquero quebrado que tuvo que salir a comprar frutas y verduras al mercado de abasto del DF mexicano para venderlas en restaurantes, esto podría ocurrir en cualquier gran metrópoli. Para el cineasta que cuando todavía era un adolescente salió al mundo limpiando un barco carguero, Uxbal está atrapado por las metástasis, la de un cáncer terminal que camina por su cuerpo, y la de un sometimiento impiadoso, el que nos quita cada vez más rápido, no sólo lo material que nos merecemos, sino también aquello esencial, lo que amamos.
Del director de películas con estructuras narrativas que hicieron historia, como Amores perros, 21 gramos y Babel , (obra de su guionista de entonces, Guillermo Arriaga), también se sabe que es un amante y cultor de la música, y que él mismo condujo un ciclo de radio sobre el tema antes de estudiar cine y dedicarse a lo que ahora mejor sabe hacer. Dice que hay una palabra en inglés que sintetiza su labor y no tiene traducción: filmmaker . En verdad, hay una que podría reemplazarla. Es cuentacuentos. Al oírla sonríe. "Sí, un cuentacuentos, pero un cuentacuentos con imágenes", completa.
Uxbal tiene un don: puede hablar con los muertos. Pero la paradoja es que él mismo se está muriendo. En la medida en que la muerte lo va poseyendo, ve su imagen en el espejo moverse cada vez más lenta. Sin embargo, tiene un par de motivos por los que seguir viviendo, dos hijos con los que vive, separado, muy a su pesar, de quien fue su esposa y madre de ambos. Ella, Marambra, es una buena persona, pero sufre un trastorno mental, es alcohólica, y se prostituye para comer. ¿De qué vive Uxbal? Es recompensado por hablar con los recién fallecidos y consigue trabajo a inmigrantes ilegales. El límite que el cuerpo le pone a su vida lo fuerza a querer ser un poco mejor y morir, al menos, con un sueño de redención. Uxbal y Marambra son Javier Bardem y la argentina Maricel Alvarez, a quien González Iñárritu, que dirigió a actrices como Cate Blanchett y Naomi Watts, define como "una nueva Meryl Streep".
"Si no hubiese aparecido Maricel, todo habría terminado allí. Todo estaba listo, menos la actriz. No es que en España falten buenas actrices, pero Marambra no aparecía. Hasta que me hablaron de Maricel. Llegó a Barcelona y, en una semana, logró el acento y fue ella. Se puso a la par de Javier. Su trabajo es memorable", insiste.
-De varias historias cruzadas a una sola circular?
-Después de tres películas, me pareció que ya había dicho lo que tenía que decir con esa estructura multilineal. Todas y cada una fueron muy diferentes, y las estructuras estaban al servicio de la historia. Si bien Biutiful termina siendo circular, la estructuré sobre los hombros de un solo personaje, dentro de un solo punto de vista. Es una extensión de mi obra, con temas como la paternidad... cosas similares y distintas, y una de ellas es ésta.
-¿Cómo la definirías?
-Es una película que habla de territorios inestables, emocionales, geográficos, económicos, de cosas que a mucha gente no le gusta ver ni encontrarse. Entiendo que esta sordidez aparentemente dura, que lo es, irrite a la gente. Lo que pasa es que desde el título yo quiero apuntar a todo lo contrario. Detrás de la piel de la película, de todo este excesivo dolor, también hay una gran belleza, la belleza en el sentido de encontrar el sentido de que no todo lo hermoso es bonito. No me gusta la sordidez por sí misma, ni meter al público en un túnel y cerrarle la puerta. Como la vida misma, una película tiene claroscuros, pero me gusta dejar espacios abiertos para que cada quien salga con sus propias conclusiones.
-Es sabido que la cultura mexicana tiene a la muerte como tema.
-Creo que México es mucho menos tanatofóbico que muchos otros países, especialmente que Estados Unidos. México siempre ha sido un pueblo oprimido. Desde antes de la conquista, ha habido un ejercicio del poder bastante cruel, una especie de rito del sacrificio. Esta integración de la muerte a la vida es una parte importante de nuestra idiosincrasia, no por eso menos aterradora.
-Uxbal convive con la muerte.
-El mismo ve su muerte. Hice como Hansel y Gretel con las migajas, dejando rastros para los cinéfilos del futuro. Como cuando cuenta dinero frente al espejo y se voltea para verse a sí mismo. Uxbal, además, es capaz de hablar con los muertos. Algunos videntes confiables con los que hablé me contaron que escuchan estas voces, que los drenan sensorialmente. Y me los imaginé como atrapados, como gente que no se quiere ir, que tiene cuentas pendientes. En el film, doy señales de que está comenzando a desprenderse de su cuerpo.
-¿Estás muy cerca de Uxbal?
-Tengo que tener una empatía, una conexión con el personaje, y eso ha ocurrido en todas mis películas. Desafortunadamente, en este caso, tengo cosas muy cercanas a Uxbal, por familiares, enfermedades emocionales y físicas, y eso tiene que ver con la urgencia de hacer una película. No creo que haya otra forma de hacer una película como la que hice.
-Uxbal cae y cae...
-No es una película que te gusta o no te gusta, sino un viaje. Lo viajas o no. Lo viaja el que lo hace y lo viaja el que la ve. No puedes filmar escenas así en la mañana y llegar a tu casa y en la noche ver una caricatura como si nada, porque se te impregna, embaraza y afecta, como la humedad te empapa. No hay otra forma de hacerlo. Javier brincó desde un avión sin paracaídas. Lo hablamos y recién a los tres días aceptó. Sabía que lo estaba invitando a un viaje.
-¿Fue tu experiencia de rodaje más dura?
-La más intensa que he tenido, por todo. Por el dolor alrededor, al trabajar con chinos y africanos que no son actores y que han sido explotados, o lo siguen siendo.
-¿Y la contraparte?
-Tuvimos el privilegio de convivir con ellos, algo que llenó a la película de verdad, pero que aumentó la demanda de un director neurótico como yo, que puedo pedir muchas tomas, para lograr mi objetivo. El sacrificio físico y emocional que demanda la búsqueda de la perfección es muy cabrón. Y lo vivimos tal cual como se lo ve.
-Tan global como se lo ve?
-Sí, porque es una puta realidad. Todos somos Uxbal. Todos estamos infectados por un puto sistema que nos está corrompiendo. Todos tenemos las manos ensangrentadas. Todos somos culpables. Estamos atrapados contra el puto techo. Eso es lo que sentía filmando allí y oyendo la realidad de toda esta gente. Fue muy intenso, pero valió la pena.
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