
Un drama oscuro al ritmo del tango
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Cuando en mayo de 2001 Gustavo Corrado estrenó El armario , después de dos años de idas y venidas, pensó que nunca más volvería a hacer cine. Peor aún cuando llegó aquel diciembre, con su carga de desesperanza. Corrado acababa de egresar de la Universidad del Cine y la realidad ya había conseguido pasarle por encima. La suya era una película más o menos experimental y en blanco y negro, acerca de un marginal que después de ser desalojado de la pensión en que vive, convierte un viejo armario en una vivienda que no imagina que tendrá que compartir con un joven que sigue sus pasos.
A simple vista, aquella historia parece una metáfora de su propia experiencia, la de cualquiera que se propone hacer cine no convencional en la Argentina. Sin embargo, su vida pegó un primer giro importante cuando se fue de Quilmes a Milán, con su doble nacionalidad bajo el brazo. El cine se convirtió en su sombra: tuvo que arremangarse y trabajar en una fábrica, y su esposa, como camarera en un bar. Aquella vida como ciudadano comunitario, pero "sudaca", no parecía tener fin. A pesar de todo, cuando nació su hija pensó que había llegado la hora de regresar y hacer una nueva película.
Garúa , que el jueves estrenará Primer Plano, tiene como figuras principales a Luciano Cáceres, Jean-Pierre Reguerraz, Jorge Sesan, Franco Tirri, Paola Machado, Dalila Real y Mario Paolucci. La película, cuyo guión fue premiado por el Hubert Bals Fund, mereció además un reconocimiento al mejor tratamiento audiovisual del Festival de Shanghai, en 2005.
Un marginal (Cáceres) comete un crimen y se apropia de la identidad del muerto, un cantante de tangos: "Es una historia que tiene que ver con el tango, pero no con lo conocido del tango. Tiene que ver con la esencia trágica de esa música, de sus letras, que es más difícil de explicar, porque tiene que ver con sentimientos más que con lugares comunes", asegura el cineasta, en diálogo con LA NACION.
Música de funeral
"El cine es una forma de arte, una expresión artística. Tengo un respeto casi sacro por el cine", dijo al promediar 2004, cuando marchaba nuevamente a Italia con la película recién editada bajo el brazo, camino de una copia digna de estreno. "No soy cinéfilo; veo muy pocas películas, y si estudié cine es porque lo considero un instrumento muy potente para la expresión, aunque la música me parezca la expresión suprema. Prefiero ir a un concierto antes que a ver una película", decía con absoluta sinceridad, cuando no imaginaba que debería esperar dos años más para estrenarla.
-¿Cómo nació la idea?
-Fue con el tango "Garúa", aunque su letra no tenga nada que ver con el argumento. Nace con un estado, un clima, una atmósfera. Me fui metiendo en el tango a través de la trama. Por un lado, la película es muy tanguera, pero por el otro no. Es acerca de tango, pero de alguien que no es tanguero. Tengo particular interés por esta cosa orillera que tiene. Siempre pensé en mostrar una Buenos Aires diferente, a partir de un mundo personal y de una estética rigurosa.
-Por lo visto, pusiste mucha atención a la estética...
-La trabajé monocromática: le quería escapar al típico bar de la película argentina, y por eso armé todo en el interior de una fábrica, la de Impa, en Almagro, porque a pesar de los planos muy cerrados, la escenografía es algo importante. Cuando aparece un plano general, es como un timbal en una obra sinfónica. Si un plano abierto es un timbal, y el cerrado un violín, no le podés dar al timbal todo el tiempo, porque le quitás importancia. Si suena una vez, es un terremoto. Que en el laboratorio salteáramos un proceso de revelado (porque fue filmada en 35 mm) para que el positivo final fuese más contrastado, monocromático, se sumó a los cuerpos húmedos y brillantes. El rojo sangre también es como un timbal. Es bueno romper con la idea de que la imagen de cine tiene que ser realista.
-¿Querías escapar a los clichés?
-Sí, incluso con los personajes. Mi búsqueda no era hacer una película de marginales o de "ocupas". En todo caso, sí de la marginalidad, pero con personajes que deambulan, perdidos. No son villeros, sino clase media devaluada, atrapados por la causa de la marginalidad: los envuelve una mística religiosa.
-Un personaje describe al bandoneón como "un instrumento que fue creado para imitar al órgano en los funerales"...
-Quería romper con la tanguedad, pero no porque odie al tango, sino para mostrar su esencia, la del origen.





