
Una fiesta gitana para ojos y oídos, más allá de sus altibajos
"Gitano (Quiero ser libre)" , ("Vengo", España-Francia/2000). Dirección: Tony Gatlif. Con Antonio Canales, Orestes Villasan Rodríguez, Antonio Pérez Dechent, Bobote, Juan Luis Corrientes, Fernando Guerrero Rebollo, Francisco Chavero Ríos. Guión: Tony Gatlif y David Trueba. Fotografía: Thierry Pouget. Montaje: Pauline Dairou. Presentada por Primer Plano Film Group. Duración: 90 minutos.
Nuestra opinión: muy buena.
Estamos entre gitanos. En Sevilla y en los caseríos de sus alrededores, en tabernas y tugurios ruidosos instalados al costado de la carretera, donde abundan la juerga y la riña y donde siempre hay voces calientes para desgarrarse en el canto, alguien dispuesto a hacer vibrar las cuerdas de una guitarra, muchas manos atentas al batir de palmas y unos cuantos cuerpos listos para traducir la música en viriles taconeos o en movimientos ondulantes y sensuales.
Pero no es el clásico flamenco de los claveles y las batas de cola ni ese universo de la gitanería estilizada (o tergiversada) for export del que el cine se ha hecho eco tantas veces, sino el de un antiguo pueblo errante que se declara "sin lugar, sin paisaje, sin patria", pero conserva su identidad, sus tradiciones y su modo instintivo y pasional de enfrentar el mundo. Aunque se deje contaminar por lo que va recogiendo en el camino, o quizá por eso: porque la esencia del espíritu gitano se ha robustecido en ese contacto forzoso y constante con otras culturas. Se entiende que estamos aquí más cerca de "Los tarantos" (1962), aquella singular versión gitana de "Romeo y Julieta", que dirigió Rovira Beleta y en la que aparecieron por primera vez en el cine Antonio Gades y por última Carmen Amaya, que de los refinamientos de Carlos Saura o los arrebatos de Emir Kusturica. Y esto no quiere decir que en "Gitano" esté ausente el afán estetizante, sino que su búsqueda nace en general del mismo impulso intuitivo que sustenta la expresión de su pueblo.
Tony Gatlif, que nació en Argelia, se crió en Marsella y es hijo de una gitana y un berebere, ha vivido y se ha nutrido en ese mundo. Sabe bien de qué habla y por eso su film, aun con sus intermitencias, con los desniveles notorios de su escueta línea dramática y con el aparentemente desproporcionado papel que concede a lo musical, rezuma tanta autenticidad, tanto vigor. Y si se califica tal desproporción como aparente es porque si bien es cierto que los momentos musicales ocupan buena parte del metraje, en este caso la música, el canto, el baile son para los personajes de "Gitano" más un modo de vida que una forma de expresión. Conviene, pues, olvidar los modelos a los que nos ha habituado el cine musical, y apreciar el film sin prejuicios, como una elegía o un tributo a esa cultura singular.
La música está presente casi siempre, en los momentos de fiesta, drama, pena, luto o desafío que se escalonan durante la brevísima historia. En este terreno, el film no se aparta demasiado del consabido folklore gitano, con su trama de rivalidades familiares, venganzas, negocios turbios y duelos a navaja. Caco, el carismático líder de uno de los grupos, en inconsolable duelo por la muerte de su hija, se ha hecho cargo de un sobrino disminuido física y mentalmente, a quien hace custodiar noche y día porque pesa sobre él la amenaza de una venganza: al hermano de Caco y padre del muchacho, ahora fugitivo, se lo acusa del asesinato de un miembro del clan rival. La fatalidad ronda: de nada vale que las mujeres tapen con cal la leyenda ominosa que mancha las paredes blancas: "Sandro, los que quedamos te vengaremos".
Pero la vida sigue y en ella se suceden los sitios que marcan la rutina diaria: el cementerio, la iglesia, la taberna, algún bodegón sevillano donde estará la pupila dispuesta a iniciar en el sexo al pobre adolescente y cualquier lugar -un bar de citas, un campamento precario, el asfalto de la carretera- que pueda convertirse en escenario para el baile y el canto y en excusa para la borrachera y el jaleo. Todo es de una sensualidad vertiginosa.
Música en todas partes
La música está en todas partes y en ella caben el sabor andaluz o los ritmos del norte de Africa, los violines cíngaros y la tradición sufí. La música viene de voces e instrumentos, pero también puede surgir del rumor del viento en los árboles o del pistoneo de una máquina, como en la vigorosa secuencia del final.
Si en "Gitano" se busca una historia, sólo se encontrarán escenas ceñidas y fragmentarias que pintan rasgos sueltos del carácter de un pueblo y un tenue progreso narrativo que hace de nexo entre momentos musicales mientras conduce hacia la fatalidad. Hay ternura sin golpes bajos en los apuntes que hablan de la relación entre tío y sobrino o de la lealtad inquebrantable entre los miembros de la familia, y hay sinceridad convincente y naturalidad casi documental en el desempeño de todos los actores, con el muy expresivo Antonio Canales a la cabeza, un bailarín eximio aquí privado de la danza. Hay también más de un hallazgo visual, tanto derivado de la sensibilidad con que Gatlif registra el paisaje andaluz como de su destreza para captar la pasión con que cada uno se entrega frente a la cámara a lo que mejor sabe hacer. Y en el terreno musical hay aquí una casi asombrosa abundancia de artistas descollantes. Tomatito, La Paquera de Jerez, La Caita, Remedios Silva Pisa, el grupo Gritos de Guerra y el egipcio Ahmad al-Tuni (cuyo canto sufí comparte con Tomatito una de las cumbres sonoras del film) son apenas algunos de ellos.
Todo lo cual explica que "Gitano", pese a sus desequilibrios y sus altibajos, resulte, por lo menos en su mayor parte, una verdadera fiesta para los ojos y los oídos.
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