
Una radiante madurez
Basta su presencia. El brillo acerado y malicioso en los ojos claros; la sonrisa luminosa; el aire de autoridad en el gesto ligeramente altivo; la elegancia natural en la postura y en los movimientos del cuerpo espigado; una pizca de perversidad en la mirada que no alcanza a ocultar del todo las marcas de algún dolor íntimo y callado. Charlotte Rampling no necesita más para adueñarse de la escena: está y es suficiente. Ninguna mano intrusa ha intentado corregir o disimular en ella las marcas del tiempo. No hace falta: los años no le han arrebatado el misterio ni el glamour y esta naturalidad acentúa la nobleza de sus rasgos. A los sesenta, mejor actriz que nunca, brilla como la abeja reina entre las turistas de mediana edad que buscan sentirse otra vez deseadas en el ilusorio paraíso de una playa de Haití.
Su personaje de Bienvenidas al paraíso , el film de Laurent Cantet que la trajo de regreso a nuestros cines, viene de Boston, donde "no hay nada para las mujeres de más de cuarenta". Es profesora de francés en un exclusivo colegio que quizá se parezca un poco a los que albergaron a Charlotte en sus tiempos de estudiante: la Saint Hilda School de Bushley, en su país, Inglaterra, o la Jeanne d Arc Académie pour Jeunes Filles de Versailles, que conoció cuando por las obligaciones militares de su padre la familia entera se instaló en Francia. Allí vivió largo tiempo en silencio por causa de la barrera del idioma, que hace rato ha superado. No era feliz entonces, pero ahora reconoce que ese silencio la obligó a volverse sobre sí misma y le dio cierto crecimiento interior.
"Yo no actúo: hago de mí misma", decía con frecuencia hasta hace unos años. Desde que había corporizado las fantasías eróticas de su ex verdugo de un campo de concentración en El portero de noche (Liliana Cavani, 1974), los directores buscaban en ella sensualidad, misterio, carácter, cierta fría perversidad tentadora e intimidante. En pantalla era, casi invariablemente, peligrosa, y a ella le gustaba mostrarse así: Mary Poppins nunca estuvo en sus planes. "No hago papeles para entretener -decía, y todavía lo sostiene-: busco personajes que me obliguen a superar mis propias barreras, que desnuden lo anómalo, lo secreto que hay en los seres humanos, el misterio." Ahí están los ejemplos de La caída de los dioses (Luchino Visconti, 1969), Adiós, hermano cruel (Giuseppe Patroni Griffi, 1971), Veredicto (Sidney Lumet, 1982) o Max, mon amour (Nagisa Oshima, 1986), entre muchos otros títulos menos recordables. Sólo Woody Allen mostró su lado frágil: en Recuerdos (1980), donde encarnaba a la novia drogadicta y neurótica del cineasta.
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Pero llegó el decisivo encuentro con François Ozon y su carrera tomó impulso renovado. No fue por azar: el cineasta francés hizo ver la vulnerabilidad que había bajo la sensualidad gélida e inquietante de un personaje que casi se había convertido en abstracción. El film que lo logró, Bajo la aren a (2000), es "casi un documental sobre Charlotte -suele exagerar él-; la mostré como es en la vida, glamorosa, con cierta magia y con ese algo muy fuerte, muy hondo, que se percibe al verla y que ella no traduce en acciones ni en palabras: sentimiento".
Lo de documental se explica: el film hablaba de una mujer que negaba la muerte de su marido. Charlotte, por su parte, ocultó durante años el suicidio de su hermana, un hecho que la marcó para siempre, la llevó a unos cuantos excesos y quizá estuvo en el remoto origen del colapso nervioso que sufrió en 1988. "Sarah murió en la Argentina de un derrame cerebral, a los 23 años", solía decir. Hasta que asumió públicamente la verdad, tras la muerte de su madre, a quien Charlotte y su padre se habían propuesto proteger de tanto dolor. Sabía, pues, de los tormentos de su personaje en Bajo la arena , que fue desarrollado a partir de las conversaciones que el realizador mantuvo con ella. Y quizá después, al proponerle el papel de la escritora de La piscin a (2003), Ozon quiso devolverle en el personaje que interpretaba Ludivine Sagnier a la muchacha que ella pudo haber sido si la tragedia familiar no la hubiera alejado de la frívola alegría del swinging London justo cuando el cine empezaba a reconocerla, tras sus papeles en Georgina (Silvio Narizzano, 1966), Long Duel (Ken Annakin, 1967) o Sequestro di persona (Gianfranco Mingozzi, 1967).
"Ahora estoy muy feliz, con mucho trabajo y en paz con mi silencio, mi dolor y mi pasado", dice. Y se la ve brillar más que nunca como actriz. Esta Ellen que le confió Cantet y que se muestra cáustica, sonríe a todo el mundo con cierto aire de superioridad y parece dueña de la situación y segura de sí misma es también la mujer que se derrumba cuando la vida real irrumpe en su mundo para descalabrarlo y ponerla frente a la dura evidencia de que está enamorada sin esperanzas de un muchacho de 18 años.
Charlotte ya puede mostrarse sin la máscara de la frialdad. Pero la magia y la belleza persisten.







