
Clásica, la radio acallada
Buenos Aires fue despojada poco a poco de la mejor música
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Buenos Aires, la presuntuosa "capital cultural de América del Sur", no cuenta hoy con una emisora que difunda como es debido (en pie de igualdad con las radios potentes) la música clásica. Sus notas se han acallado.
Todos los intríngulis imaginables ha venido soportando la música erudita, académica o como se la llame, en esta bendita megalópolis, a partir de los años noventa. Desde aquella nefasta concesión de la FM 97.5 en las postrimerías del gobierno menemista y el fallido y tardío salvamento del Comfer hasta la Justicia parecen haberse empeñado en eliminarla del aire. El último trance fue la temeraria fusión de Radio Clásica privada (97.5) con Radio Nacional (87.9), hace unos meses.
Sólo una conspiración pudo causar tanto estrago en una de las pocas radios consagradas a la música clásica.
La privada había nacido antes de la debacle de los años 90, en cuyos comienzos llegaron a competir Municipal, Nacional y Radio Cultura.
Las radios oficiales fueron sepultando, inmisericordes, la música clásica en su programación. Municipal y Nacional la restringieron en sus espacios a medida que avanzaba la década del 90. Mientras tanto, Radio Cultura se instalaba en el terreno religioso y Radio Clásica se consolidaba y se convertía en el refugio de la cultura musical para miles de oyentes. Clásica extendió su benéfica influencia en ciudades como Rosario, Mendoza, Tucumán y Córdoba. Uno podría escuchar allí buena música en medio de la barbarie sonora.
Hoy se llegó a manifestar que una sola radio de música clásica le bastaba a Buenos Aires. Lo afirmaron, acaso influidos por las nefastas leyes del mercado cultural, hasta los propios directivos de FM Clásica privada, desconociendo su propia zona de influencia en sus fieles oyentes. Es probable que sus expertos en marketing -sordos empedernidos- les hayan informado que ellos olfateaban muy bien el negocio. Es decir: que la música clásica no producía grandes réditos empresariales, y que tampoco tendría demasiados seguidores. Pero se sabe: en tal ámbito de tecnócratas, lo que cuenta es sólo el dinero. El arte no es asunto de su interés.
Radio Clásica Nacional ocupaba hasta hace un par de años un privilegiado punto del dial: el 98.7. Allí se la escuchaba perfectamente en pie de igualdad con otras potentes emisoras. Su lugar fue ocupado entonces por La Folklórica. Su destino final fue el más oscuro lugar entre las radios FM: el 87.9. Es el punto izquierdo extremo del dial, donde se pierde inexorablemente entre el ruido de varias emisoras. Paradójicamente -las paradojas son parte de nuestro diario vivir-, entre la serie de interferencias que la torna inaudible, aparece la radio folklórica. La superposición de ondas no fue por cierto elección de Radio Clásica y Clásica Nacional, sino que es el lamentable resultado de la falta de control por parte del organismo que debería ocuparse de verificar frecuencias.
Hubo, sin embargo, una tregua: ocurrió cuando se fusionaron Clásica privada y Nacional. Los oyentes pudieron disfrutar desde el 97.5 de una transmisión de 24 horas, a la que Clásica privada no nos tenía acostumbrados. El regalo de escucharla de noche y de madrugada fue un oasis que duró sólo unos meses, y terminó abruptamente hace una semana, cuando pasó al escondrijo de la emisora estatal.
Promesas incumplidas
La promesa de dotar de nueva antena y más potencia a Clásica Nacional -la FM 87.9- es una de las tantas que la Secretaría de Cultura de la Nación viene reiterando cada tanto. Pero la realidad demuestra que el tema radial ocupa el último lugar entre las prioridades de esa dependencia de la Nación, por lo que, de medir los tiempos en la forma en que van corriendo, es probable que dentro de diez años pueda escucharse un poco de música clásica desde ese pésimo lugar del dial donde fue confinada.
Liquidada Radio Clásica privada, queda la remota esperanza de que los funcionarios adviertan de una buena vez la real y efectiva demanda de música clásica por parte de los oyentes porteños y de las capitales de provincia. Percatarse, por ejemplo, de la enorme cantidad de gente que asiste a los conciertos diarios en Buenos Aires; de las numerosísimas inscripciones en nuestros conservatorios para estudiar música; de los éxitos de taquilla de los cines cuando se ofrecen películas sobre la vida de músicos...
En todo caso, habrá que esperar el milagro de un mecenas melómano.
Cioran, el escritor francés más pesimista de todos los tiempos, escribió, exultante, que imaginaba un paraíso donde se escuchaba la música de Mozart. Si nuestros funcionarios o directivos de emisoras de música clásica llegan a merecer tan edénico destino, ¿escaparán de allí despavoridos?





