
Claves para el oficio de un luthier
Jorge González combina intuición, estudio, práctica y paciencia para construir claves. A diferencia del piano, que usa martillos para percutir las cuerdas, las teclas de este instrumento accionan unas especies de uñas que las puntean.
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Aunque Internet y su realidad virtual sean la norma de la modernidad, algunas personas prefieren rescatar las tareas artesanales como modo de vida. Jorge González se dedica desde hace 20 años a la construcción de instrumentos musicales. Su especialidad son los claves, una especie de "tío abuelo" del piano, que tuvo su edad de oro durante el renacimiento y el barroco. González cuenta que su pasión por este peculiar instrumento, del que existen solo dos constructores en el país, fue producto de una casualidad. Hasta 1976, después de egresar de un colegio industrial y haber trabajado en mecánica, tornería y fotografía. "Ese año armé un kit de un clave francés que se utilizó luego en el Centro de Música Antigua de Buenos Aires", recuerda. Entusiasmado por el buen resultado, se decidió a construir un nuevo clave "pero de cero".
Al principio no todo fueron rosas. Es que como explica el luthier "no existen escuelas para esto, te tenés que formar en el taller de alguien o estudiar por tu cuenta". Salvo por una beca en una escuela para luthiers en Estados Unidos, aprendió su oficio en forma autodidacta, con el viejo sistema del ensayo-error.
A pesar de que en la actualidad los minutos cuentan, González maneja otros tiempos: en quince años construyó 14 claves, un pianoforte y un órgano. Pero la perseverancia rindió sus frutos. El ritmo de trabajo se encuentra en aumento desde que el año pasado, cuando para las funciones de la ópera de Monteverdi "L`incoronazione di Poppea" que se realizaron en el Colón se usaron tres de sus claves.
Dos habían sido construidos por él, mientras que el tercero era un verdadero hallazgo que fascinó al director de la puesta, René Jacobs, quien solicitó especialmente que fuera alquilado. Se trataba de un clave de 400 años, contemporáneo de Monteverdi, que se encontraba en el interior de la provincia de Buenos Aires. González le vendió al Colón uno de sus instrumentos y se enorgullece también de que el clavecinista holandés Jacques Ogg, luego de probar una de sus últimas creaciones, le haya enviado ya dos compradores.
En su taller del barrio de Once, junto con su hija y un asistente, le da vida a los teclados, pero su tarea no termina allí. Es que el luthier es muy celoso de sus claves. "Los controlo uno por uno, voy a donde sea. Son mis hijos, no permito que los toque nadie", asegura. "Cuando le vendí el clave al Colón puse como cláusula que los iba a cuidar yo, sin cobrar un peso".


