
Tras su divorcio, Chris Martin y su banda le quitan capas a su sonido y proyectan su lado oscuro
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Desde que lo conocimos, hace catorce años, Chris Martin ha sido un pastor de emociones confiable que nos ha arriado para que escuchemos las campanas estruendosas, nos maravillemos con las estrellas, brillemos en la oscuridad, obedezcamos a nuestros corazones. ¿Pero qué pasa cuando él ya no tiene a quien dedicarle esas baladas exuberantes?
El sexto disco de Coldplay se llama Ghost Stories, y en él merodea un fantasma rubio que obviamente aparece en estos nueve tracks. El disco apareció a sólo dos meses de que Martin y Gwyneth Paltrow, su mujer desde hacía una década, anunciaran su "separación en buenos términos": aparentemente un divorcio con las mejores intenciones, pero un divorcio al fin. Por primera vez en mucho tiempo, Martin no está tratando de "arreglarte". Ahora necesita repararse a sí mismo.
El resultado es un disco de Coldplay que no se parece a nada de lo que la banda haya hecho en el pasado. En lugar de estribillos amplios y extendidos y de himnos irresistibles y rítmicos, hay lloriqueos y gemidos que recuerdan al gorjeo angustiado de Kanye West en 808s & Heartbreak o a Bon Iver de Bon Iver. "Estás siempre en mi cabeza", canturrea Martin en la apertura susurrada, aguijoneado por el riff repiqueteante del guitarrista Jonny Buckland; y cumple la promesa en los siguientes y crudísimos 43 minutos. En la fúnebre "Oceans", el falsete de Martin se lanza sobre una guitarra acústica y se aferra como si en ello se le fuera la vida. Para cuando llega a "O", más cercana, Martin es un fantasma también, una columna de humo que persigue una bandada de pájaros en el cielo.
Paul Epworth, el coproductor, conocido por haber ayudado a Adele a arrasar en los Grammy en 2012, realiza un trabajo notable al hacer que Coldplay se arranque las capas de Mylo Xyloto, el disco de 2011 con influencia de Brian Eno, consiguiendo acá una paleta más minimalista. En varias canciones, el baterista Will Champion experimenta con el golpeteo suave de percusión de sintetizadores. Varias voces de Martin sobregrabadas armonizan sombríamente en "Midnight", eje del álbum, mientras los sintetizadores balbuceantes imitan la desorientación sobre la que está cantando. En vivo, la banda toca el tema con un par de arpas láser que se baten a duelo, mientras en bajista Guy Berryman y Martin guían el aspecto electrónico y psicodélico del track desde lados opuestos del escenario.
Ghost Stories se ubica entre la depresión y la aceptación: mientras Martin corre a toda velocidad hacia el precipicio, Coldplay –todavía los mismos tipos que compusieron "Yellow" en 2000 y que comparten los créditos de todas las canciones– no se cae. "Magic", el single palpitante, y la más brillante "Ink" estudian a fondo las posibilidades del amor eterno después de que la llama del romance se ha extinguido. El track más extático del disco, "A Sky Full of Stars", con la participación de Avicii –un desvío completo hacia la electrónica rasgueada patentada por el DJ sueco–, le da a Martin la oportunidad de bailar de manera torpe hasta purificarse.
La verdad en "True Love" es demasiado dolorosa como para soportarla, por eso el cantante le pide a su pareja: "Sólo decime que me amás/ Y si no mentime/ Oh, mentime". Hace poco, en un show en Nueva York, el cantante de 37 años confesó que esta canción absolutamente torturada es el track favorito de la banda. Su solo desafinado y chillón de guitarra es el momento sónico más discordante pero también más satisfactorio del disco. Seguramente no sea la canción que Martin quiso componer, pero es la que necesita en este momento.
Por Caryn Ganz





