El diseñador muestra sus pinturas, esculturas, historias y colores
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Actualizado el 1 de julio de 2020
"Las cosas pasan de moda, pero los cuadros, por el contrario, siempre sirven y se renuevan", dice el diseñador Benito Fernández, y con una sonrisa agradable abre la puerta de su nuevo departamento, todavía en obra, sin muebles ni decoraciones, pero ya repleto con más de 30 cuadros coloridos, que colecciona desde hace tres décadas.
"Cuando me mudo, primero cuelgo mis cuadros. Después hago el resto", confiesa Fernández. Y no sólo eso: cuando no puede dormir prueba imaginarse la ubicación de los cuadros.
"Empecé a coleccionar arte sin saberlo, con un cuadro que me regaló un amigo pintor, Raúl Meinvielle. Fue el disparador de una pasión que incorporé de a poco." A su amigo, Fernández también le encargó un cuadro pidiéndole que fuera marino, relajante y conciliador. "Raúl me pintó un cuadro casi psicodélico", dice. Se trata de un gran cuadro lleno de caracoles flotando más allá de la realidad. "Fue el segundo de mi colección y lo amo porque me acompañó toda mi vida. Los cuadros acompañan siempre, aunque uno cambie de lugar. Nunca cansan por que detrás suyo llevan siempre una historia."
Frente a un cuadro del pintor Francisco Travieso cuenta que la primera hija del artista se enamoró de un vestido de novia de su colección, y que él se enamoró del cuadro. "Fue un canje, un gusto recíproco, al que siguió una amistad. De esta manera tuve acceso a una obra que si no hubiese sido prohibitiva", sonríe y muestra otros cuadros del artista, y confiesa que todas las hijas del pintor se casaron con un vestido de su firma.
Dos cuadros de la chilena Josefa Balbontin ya están en el cuarto y llevan a una historia más. "Viajé a Santiago, Chile, para el lanzamiento de una revista. Salí a caminar y terminé en la inauguración de una galería y allí los compré. Después me enteré de que la artista era una amiga íntima de mi cuñada", cuenta Fernández, que no se considera un verdadero coleccionista. "No soy un experto en arte, sino que el arte me llega por encuentros casuales y especiales, por afectos."
Le tiene un cariño particular al cuadro de Marta Minujín. "Me la crucé en una exposición y me hico un boceto pintándolo sobre una gacetilla de prensa. En la dedicatoria me puso: Para Bonito, en lugar de Benito."
Su ultima adquisición es una obra de Rodrigo Suárez, marido de una amiga. "Me encantó desde el principio, cuando lo vi en la galería de un amigo." El diseñador admite tener un sueño: "Quiero hacer un cuadro. Uno solo, que sea el recuerdo de tantos años de trabajo. No quiero ser pintor ni hacer una retrospectiva. No guardo mis colecciones de ropa, ni fotos de mi vida privada, ni recuerdos. Vivo las cosas en el momento. El cuadro de mi vida son mis dos hijos, ahora quiero hacer el de mi carrera: un gran collage colorido, con flores y texturas, donde quiero reproducir la técnica de Rodrigo, la locura de Raúl, la profesionalidad de Travieso, la modernidad de Weissmann", del que también tiene un cuadro. "Rescataría para mi cuadro las características más sobresalientes de mi colección de pinturas", dice.
"La Virgen de Guadalupe me la trajo de regalo del Caribe la modelo Mariana Arias, para agradecerme por su vestido de novia", dice, con la vista fija en la escultura de una Virgen llena de colores, decorada con flores, ángeles y mariposas. "Colecciono arte porque tiene que ver con los afectos que me rodean, que son el hilo conductor de mi colección. Vienen pegoteados con las situaciones positivas de mi vida. Son buenos cuadros, que tienen un buen porqué y una buena historia. Cuando agrego un cuadro más, me enriquezco de color, de amistad, de historia. No son inversiones, sino relaciones, encuentros, vida, lugares, coincidencias de mi vida." Así, con ganas de comprar nuevas obras, se dejará llevar por las situaciones "que me permitan el encuentro con el arte", concluye Fernández con su linda sonrisa.