Coltrane, en el nombre del saxo
El próximo jueves se cumplen 30 años del fallecimiento de este gran saxofonista que supo darle nueva vida al jazz moderno y crear un estilo que todavía continúa influyendo a muchos músicos
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"Sólo debes intentar sacar el instrumento de tu boca", le recomendó con gesto paternal el gran Miles Davis. La cuestión no era tan simple para el muchacho, de poco más de treinta años, que desde hacía algunos meses integraba el célebre quinteto del trompetista en los años cincuenta: con su aire de rara elegancia, los ojos como lenguas de fuego y las manos rodeando amorosamente el cuello de su saxo tenor, Coltrane sencillamente no podía desprenderse de él.
No importaba dónde se encontrase (en un breve intervalo entre dos sets musicales o en la habitación de su hotel, donde a menudo afrontaba quejas por el ininterrumpido zumbido de su saxo), el infatigable John buscaba familiarizarse aún más con un instrumento que conocía como pocos y cuyas fronteras contribuyó a expandir en las décadas del sesenta y setenta.
Tanta obstinación tuvo sus frutos, claro está. Su natural inspiración, su prodigioso dominio de las posibilidades técnicas del saxo tenor (y ocasionalmente del alto y del soprano, éste olvidado por los grandes intérpretes desde los tempranos días de Sidney Bechet) y sobre todo su vigoroso espíritu innovador lo convirtieron en uno de los grandes artistas de ese momento singular en la historia del jazz que constituyeron los años posteriores al estallido del bop.
Después de las lecciones de Coleman Hawkins, Lester Young, Charlie Parker, Ben Webster o Sonny Rollins (lecciones imprescindibles para cualquier saxofonista de fines de los años cincuenta y de las siguientes generaciones), Coltrane fue uno de los encargados de descubrir un nuevo universo sonoro para su instrumento; en esos mismos días, el otro responsable de derribar fronteras estéticas, en las espesas arenas del free-jazz, fue Ornette Coleman.
Para oídos entrenados
"Música para músicos", le reprochan aún hoy a Trane quienes han querido apreciar en su obra el sello de una sofisticadísima expresión artística, sólo destinada a oídos muy bien entrenados. Hay algo de verdad en esa descripción: la riqueza de estilo del formidable creador negro, apreciable a lo largo de una abundante discografía que registró durante poco más de una década; la complejidad de una red armónica sobre la que solía tejer extensísimos solos (particularmente apreciable en un álbum como "Giant Steps", de 1957), fueron las herramientas mediante las cuales Coltrane planteó renovados desafíos a sus oyentes.
Cambiante y proteico, no en vano el estilo de Trane en sus años de madurez (los de "Love Supreme", 1964, que dieron cuenta además de un curioso soplo religioso) exhibía una inquietud y una aceleración del tempo que no siempre resultaban atractivos en el terreno melódico o rítmico.
El estilo había madurado en dos etapas muy distintas. El primer tramo de su carrera transcurrió en Filadelfia, donde se unió a las bandas de Johnny Hodges o Dizzy Gillespie. Eran los años cuarenta, cuando el joven Coltrane quiso, para su zozobra espiritual, refugiarse en el consumo de drogas y alcohol. Después de compartir una serie de giras con músicos de segunda línea (Gay Crosse, Earl Bostic y los más cotizados Hodges y Jimmy Smith), se produjo el gran encuentro: en 1955 ingresó en las filas del grupo de Miles Davis.
Fueron sus años luminosos, cuyos fulgores Trane trazó a su paso por el memorable quinteto o en su fecunda asociación con Thelonious Monk en los escenarios de Five Spot.
"Giant Steps", su primer álbum con temas originales; "My Favorite Things", la placa que señaló el punto de partida de un célebre cuarteto que integraban McCoy Tyner y el baterista Elvin Jones, un sostén esencial para las experiencias del saxofonista, e "Impressions" son los registros discográficos que dan cuenta de su evolución. Dos curiosas experiencias interrumpen brevemente ese trayecto: la primera es "Africa/Brass", con la singular intervención de una big band; la restante, "The Gentle Side of John Coltrane", a cuya atmósfera de extraña sensualidad contribuye en algún pasaje el mismísimo Duke Ellington.
La luz de Trane ("sus solos son una verdadera experiencia mística", escribió algún crítico) se esparció generosamente en el jazz, como había ocurrido antes con la de artistas como Louis Armstrong o Charlie Parker. Y como había sucedido en ambos casos, dio pie a unos cuantos excesos y a la aparición de algunos herederos de su modalidad expresiva, entre ellos, el magnífico Wayne Shorter. Aún hoy, unos cuantos destellos de su arte exquisito siguen iluminando el jazz de nuestros días.





