"Combatí el cáncer con música", dice Claudio Abbado
El director habló de su enfermedad
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Cuando aún no se usaba definir a las personalidades políticas o artísticas por su "bajo" o "alto" perfil, el director de orquesta Claudio Abbado ya era toda una definición. Siempre evitó, a diferencia de Von Karajan, a quien sucedió a partir de 1989 en la dirección de la Orquesta Filarmónica de Berlín, cualquier tipo de divismos, sea en el arte de la batuta como en lo referente a su vida personal. Es cierto que no pudo evitar que circularan ciertos rumores vinculados con alguna famosa cantante, muy admirada y querida, por cierto, entre nosotros. Pero el hombre Abbado es infranqueable para las revistas del corazón.
Miembro de una familia italiana de músicos, de esas que figuran en todo diccionario de la especialidad, Claudio heredó y multiplicó el talento de su padre, Michelangelo, famoso violinista y profundo estudioso y divulgador de la técnica de su instrumento, y superó, sin duda, a su hermano Marcello, pianista y compositor.
Sin embargo, pese al bajo perfil que lo caracteriza desde siempre, no ha podido evitar la primerísima plana de la prensa internacional. Porque ser uno de los más talentosos directores de orquesta del mundo tiene su precio.
Ahora, en cambio, ha salido él mismo a declarar aquello que circulaba en voz baja y casi nadie se atrevía a preguntar: "Combato el cáncer con la música -acaba de decir en Berlín-. La música es la mejor medicina, porque me ayudó a superar estos difíciles meses más que cualquier otra terapia." Con la entereza de sus maduros 67 años, Abbado ha dicho: "Es un cáncer. Me han operado del estómago y me han quitado buena parte de él. Por eso estoy obligado a seguir una dieta férrea, vigilado de cerca por mis dos médicos berlineses".
Al parecer, el hombre que el año pasado, en el Colón, hizo vibrar a la audiencia de la Asociación Wagneriana al interpretar la Novena Sinfonía de Mahler al frente de su orquesta, se considera otra vez dueño de la vida, de su vida.
Como si hubiera atravesado ya un mal sueño, confiesa que ahora todo es cuestión de férrea disciplina en su alimentación, el único control que acepta de la ciencia. "Mi vida la decido yo -dijo-. Si hubiese seguido los consejos de los médicos, en noviembre no habría realizado la gira a Japón con la orquesta ni dirigido "Tristán". Me lo habían prohibido taxativamente. Pero sentía que tenía que ir. Y eso me hizo bien. Desde ese momento comencé a sentirme mucho mejor."
Además, Abbado admite estar aprendiendo a gozar con los pequeños placeres de la vida, las simples cosas de todos los días, "las grandes alegrías, la seguridad de los afectos y el descubrimiento de un nuevo vínculo con mi orquesta".
A un año de su voluntario alejamiento como director artístico de la Orquesta Filarmónica de Berlín, cargo que en la temporada 2002/3 será asumido por sir Simon Rattle, los críticos subrayan el especial "feeling" entre Abbado y la Filarmónica. Inclusive, Die Zeit señala en una de sus últimas ediciones que "la era berlinesa de Claudio Abbado está, desde el punto de vista musical, en su cenit".
Ahora que el director milanés, desde su aparición en enero con el Réquiem de Verdi y la doble gira beethoveniana por Roma y Viena -de la que nos habló con indescriptible entusiasmo en La Nación Jaim Etcheverri-, va recuperando peso, buen color y fuerzas, la agenda prosigue su marcha como en los tiempos más saludables: "Falstaff", en Salzburgo, durante el período de Pascua; la Séptima de Mahler, en Berlín, y "Simon Boccanegra", en Ferrara, durante mayo. Lo que aún está sin decidir es la invitación de volver a la Scala de sus primeros amores, formulada desde las páginas del Corriere della Sera por Riccardo Muti y por el presidente de la república, Carlo Azeglio Ciampi.
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