
Con el alma del jazz en el violín
Stéphane Grappelli, fallecido la semana última, fue un virtuoso jazzman europeo
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Stéphane Grappelli tenía el alma del jazz. Lo respiraba por los poros y lo transmitía con el virtuosismo de quien es capaz de crear un estilo propio.
Su muerte, esta semana, a los 89 años, es una de esas tristes noticias que llegan al fondo para quienes aman esta música sin par.
No vale hoy la pena discutir si fue el máximo jazzman nacido en Europa. Eso llevaría a una estéril polémica nada menos que con su propio amigo y compañero de ruta, Django Reinhardt.
Conviene decir, en cambio, que siendo tan distintos en todo sentido, Grappelli con su violín y Reinhardt con su guitarra armonizaron naturalmente porque vibraba en ellos el genio de la libertad de expresión que figura en el código de ética del jazz.
Esa vocación por la mente abierta a todo se percibía tanto en sus fraseos musicales -fuera en el violín o en el piano, que lo atraía por igual- como en sus propias palabras que lo definían como un hombre de libre albedrío.
Lo encontramos una vez, en un viaje de París a Niza, donde la más pura casualidad nos colocó en el asiento de al lado. Para quien suscribe, que lo tenía desde siempre entre los grandes del jazz, la coincidencia bien podía atribuirse a una extraña predestinación.
¿De qué hablar en ese momento? ¿Cómo sintetizar todo en pocos minutos?
Grappelli lo hizo fácil. Hablamos naturalmente de jazz, de la Segunda Guerra Mundial -cuando prefirió quedarse por muchos años en Londres para no vivir la atmósfera opresiva del país ocupado-, del tango y hasta de la Argentina, que llegó a conocer en un épico viaje con la gran orquesta Les Collegiens, a fines de los años 20 o comienzos de los 30.
Y allí nos definió por qué era músico de jazz por sobre todas las cosas: "A los 16 años, yo tocaba el violín o el piano en las orquestas de los cines que animaban las películas mudas. Al lado de un cine del barrio de Notre Dame había un local de diversiones donde tenían las primeras máquinas norteamericanas que ponían un disco por una moneda. Con lo poco que ganaba iba allí a escuchar grabaciones.
"Un día, el 20 de octubre de 1923 -me acuerdo con precisión porque fue el día que me admitieron en el Sindicato de Músicos como intérprete de violín pese a que, en realidad, no me gustaba el violín- puse un disco de una orquesta que no conocía, llamada Mitchell. Era una orquesta de jazz. Y quedé hipnotizado por esos sonidos que nunca había escuchado. Desde ese día, en cada entreacto del cine, iba al negocio a escuchar más temas de jazz, hasta que se me acababan las monedas. Contraje la fiebre del jazz y no la abandoné jamás. Allí supe que ésa era la música que yo sentía."
Sociedad perfecta
Lo demostró con creces en los 70 años que siguieron. La riqueza creativa de Grappelli se asoció a la perfección con el ritmo y la improvisación que venían desde Estados Unidos.
Su pico histórico fue el gran encuentro con Reinhardt donde nació el extraordinario y personal estilo del quinteto del Hot Club de Francia.
¿Cómo fue ese momento de inspiración? Grappelli nos lo contó ese día con el humor de los grandes: "Bastaron dos sillas: en una estaba sentado Django con su guitarra, en la otra yo con mi violín. Estábamos haciendo tiempo para grabar y nos pusimos a improvisar juntos. Se sumó el hermano de Django con otra guitarra y así salió lo que salió".
-¿Y cómo era Django?, preguntamos entonces obligadamente.
-Un hombre único, fantasmal, imprevisible, en su vida y en su música. Tocamos muchos años juntos, pero nunca me sentí prisionero de su estilo por más influencias que haya tenido en mí el Hot Club de Francia. Después, cuando llegaron los alemanes, nos fuimos juntos a Inglaterra, donde yo me quedé durante toda la ocupación. Django no pudo aguantar y volvió clandestinamente a Francia, aunque sabía que podían deportarlo por ser gitano. Yo me quedé en Londres y formé una orquesta con George Shearing, que estaba exceptuado de combatir porque era ciego, y seguimos haciendo lo único que podíamos hacer disfrutando de la libertad: tocar jazz, que los nazis habían prohibido en Europa porque lo consideraban una música decadente, propia de una raza inferior. Pobre gente, qué criterio más estrecho..."
El quinteto con Reinhardt renació después de la guerra.Y sus temas emblemáticos -Nubes, Minor Swing, Rose Room, Cuerpo y Alma, Rosa Madreselva y hasta la inolvidable versión jazz de La Marsellesa- se grabaron una y mil veces en distintas versiones que son hoy parte de la historia del jazz.
Pero el otro gran mérito de Grappelli fue que no se quedó cómodamente instalado en esa cima. "A mí me gusta la música", sostenía, dando así a entender que no concebía atarse a un momento o a un estilo.
Grabó así infinidad de discos con los solistas más variados de Europa y Estados Unidos. Tanto que sería imposible resumir en una discografía básica su enorme trayectoria.
Basta tener un simple dato en cuenta: en cualquiera de sus temas, de todas las épocas, su música se distingue siempre por el lirismo y el placer creativo de quien vuela libremente.
Lloramos su muerte. Pero nos queda su espíritu en temas eternos.





