
Con el sonido de la Puna
Patiño: nació en Zárate, vive en Tilcara y es uno de los grandes difusores de la música del norte argentino en el mundo.
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Gustavo Patiño lleva el paisaje de Jujuy dentro. Nació cerca de Zárate, pero su verdadera tierra de adopción es la puna tilcareña. Desde allí partió con su alforja llena de carnavalitos, tonadas, huaynos, takiraris, cuecas y otros ritmos, que son parte de ese país escondido que asoma en su música.
Es uno de los multiinstrumentistas y compositores, más inquietos del norte argentino. Acaba de editar su postergado disco "Kolla suyu", un revelador muestrario de la música jujeña, en el que recopila buena parte de su historia.
"Trato de reflejar una música que es muy viva, que se mantiene en movimiento en las calles de los pueblos y es la expresión de la gente anónima. Uno canta lo que vive, recorriendo el país y conociendo sus realidades. Y noto últimamente que hay una falta de compromiso en los autores y cantores del folklore con respecto al conocimiento de sus raíces y de lo que pasa a su alrededor", afirma Patiño en su visita a Buenos Aires.
El músico fue premiado como mejor autor nacional con el premio ACE en 1996, por la canción "Escondido mi país", que le dio título al disco que significó el regreso de Mercedes Sosa al repertorio folklórico. Cruzó el Atlántico y llevó el sonido de la quebrada a España, donde gitanos de rancia estampa le gritaron "olé", cuando lo escucharon interpretar sus solos a dos quenas: hasta Manuel Molina (una verdadera celebridad del mundo flamenco, integrante del dúo Lole y Manuel) le ofreció fusionar sus ritmos andinos con las bulerías.
Con su voz y la interpretación de ocarina, pinkullos, antas, erke, sikus, quena de hueso de llama, moxeños, ronroco y charango, entre otros tantos instrumentos, Patiño se encarga de acercar las distancias y diferencias culturales entre el paisaje jujeño y el resto del mapa argentino.
-La música que usted interpreta está relegada dentro del repertorio habitual de los intérpretes de folklore ¿A que se debe?
-Creo que hay un profundo desconocimiento de lo que tenemos. Mucha gente escucha esta música y la asocia a Bolivia y Perú, y si bien la Puna pertenece a ese macizo andino, cada región tiene su propia identificación cultural y social. Allá la música es un hecho cotidiano. Hay mucha gente que toca y compone, pero lamentablemente no ha entrado en ese ciclo de difusión comercial que si entraron otros ritmos, como la chacarera. Es una cuestión de distancias. Por eso, estas visitas a los centros urbanos son importantes, porque sirven para abrir nuevos espacios, pero no sólo para uno, sino para que lo utilicen otros músicos de mi región.
Patiño se empalaga hablando de su paisaje, de su casa en Tilcara en la pendiente del cerro Negro, de las fiestas populares en carnaval, de los ritmos que sobreviven en las costumbres de hombres y mujeres anónimas y de los bailes que se mimetizan con el colorido de los cerros.
"Hay ritmos que son de la gente y no pisan los escenarios, como la anaterada, la brinquilla o las distintas coplas acompañadas por la caja vidalera. Así, hay un montón de formas y estilos que es puramente del pueblo y de un lugar determinado y que tiene una enorme riqueza", cuenta este arqueólogo de géneros olvidados.
El músico de 39 años, de formación autodidacta, no se define ni como un gran intérprete ni como un gran vocalista: "Creo que mi virtud es poder acercarme a cualquier instrumento y poder familiarizarme enseguida, hacerme carne en él. Esa es mi herramienta para poder expresar a través de su sonido un paisaje, un hecho histórico, un ser humano o una experiencia de vida".
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