Con la música en el alma
El estreno, pasado mañana, de "Conozco la canción", marca el regreso a las pantallas porteñas de uno de los directores más destacados de la cinematografía francesa, con un film atípico que rinde homenaje a la tradicional y nueva chanson .
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Cineasta de la memoria, intelectual políticamente comprometido, mero ilustrador de historias ajenas, genial ilusionista, maestro del estilo. Autor, en fin, o no.
Todas etiquetas que a Alain Resnais lo tienen sin cuidado. "Yo no me siento un artista -dice-; trabajo para ganarme la vida." Además no se cansa de señalar hasta qué punto ha sido determinante el azar, como lo es también en la vida de sus personajes..., y en la de todos.
"Puede parecer falsa modestia -se ataja el hombre que hace cuarenta años agitó a Cannes con Hiroshima mon amour , un título que se volvería referente inevitable de la nouvelle vague-, pero establecer dónde reside la condición autoral es una discusión que no me apasiona. Para mí, lo importante es llegar a hacer una buena película, no importa por cuáles medios."
Cierto es que nunca dirigiría -jamás lo ha hecho- un film con cuyos contenidos no estuviera de acuerdo. Y que nunca aceptó tampoco que le impusieran a tal o cual intérprete. Pero siempre tiene presente que "hacer cine es aceptar que los actores, el director, el guionista, el compositor, el escenógrafo son agentes igualmente creativos".
Alain, el concertador
El prefiere sentirse el concertador. Al fin, fue el montaje el que lo acercó al cine después de haber desechado su primera vocación -la de escritor-, y tras alguna breve experiencia como actor y como vendedor de libros. Y es el montaje lo que más extraña: la sensación de tocar la película, el olor del pegamento, la impresión de estar jugando con las piezas, uniéndolas y organizándolas como con un mecano.
De "Hiroshima" para acá, o aun antes, desde que las imágenes crudamente reveladoras de "Noche y niebla" se volvieron testimonio sustancial de la barbarie nazi en los campos de exterminio, se conoce bien cuánta es la maestría que Resnais ha ido depurando en esta tarea de "concertador" y qué intensa es la necesidad interior de huir de la rutina que lo empuja a la experimentación constante. Resnais ama el riesgo.
Hace dos años, por ejemplo, se le ocurrió probar si era posible hacer, en francés, lo que el inglés Dennis Potter había experimentado en su idioma: poner en boca de los personajes de una historia cualquiera canciones grabadas y bien conocidas, fonomímica mediante. De paso, le rendiría un homenaje a Potter, un autor fallecido en 1994 y escasamente conocido en la Argentina, cuya obra le despierta profunda admiración (ver aparte).
Así nació "On connait la chanson" ("Conozco la canción", según el título con el que la presentará entre nosotros Primer Plano Film Group), una ocurrencia que la crítica francesa elogió con entusiasmo, que mereció siete premios César, entre otros galardones, y que también fue aplaudida calurosamente en el último Festival de Mar del Plata.
La memoria canta
Resnais se confiesa incapaz de entonar dos compases, pero ama el canto de los que saben hacerlo. "Uno se enamora a menudo de aquello de lo que carece", explica. Además, casi todo el mundo lleva canciones -o por lo menos trozos de ellas- instaladas en la memoria. Y es habitual que sus ecos vuelvan, inopinadamente, cuando alguna imagen, alguna situación o alguna emoción las convoca. Por eso a Resnais le pareció tan inteligente la ocurrencia de Potter, y por eso quiso adaptar el recurso al cancionero francés, tomando -eso sí- las suficientes precauciones como para que su trabajo no resultara una mera copia de la obra del inglés.
"Cuando Agnes Jaoui y Jean Pierre Bacri (a quienes él funde en un nombre único, los Jabac), adaptaron las piezas originales de Alan Ayckbourne para Smoking/No smoking (el curioso díptico cinematográfico que realizó en 1993), les sugerí que escribieran un guión original para mí, ya que contaba con un productor dispuesto a financiarme un film con toda la libertad para elegir el tema. Como yo admiraba tanto a Potter, les mostré a los Jabac uno de sus telefilms esperando que les sirviera de inspiración para un film francés planteado en términos similares."
El principal problema que enfrentaron -reconoce Resnais- fue hallar el camino para hacerlo sin copiar a Potter, y la solución que eligieron -y que más de un crítico ha considerado uno de los grandes aciertos de la película- fue utilizar sólo fragmentos de las canciones -al fin, suelen ser sólo fragmentos los que perduran en la memoria-, y servirse de ellos no tanto como voces interiores de los personajes sino, de un modo más realista, como parte de los diálogos.
Resnais tiene con qué defender esa elección: "En la vida diaria, cuando nos abandonamos a la divagación, muchas veces oímos en nuestro interior fragmentos de canciones. Si habláramos en esos momentos, no nos brotarían palabras sino pedacitos de canciones".
Voces que vuelven
Las canciones, obviamente, están basadas en recuerdos y corresponden a los estados emocionales de cada personaje según la situación por la que atraviesan. No detienen la acción; forman parte de ella. A tal punto que la mayor aspiración de Resnais -y de los Jabac- era lograr que en algún momento del film el público recibiera los fragmentos cantados -cantados no por los actores, como en una comedia musical, sino por las voces que los hicieron conocidos- como partes del diálogo, sin distinguirlos de las partes habladas. Parece que así ha sucedido, a juzgar por el éxito que acompañó al film hasta convertirlo en el de más grande eco comercial entre los diecisiete que dirigió Resnais.
Así, hits bien familiares para el público de habla francesa -y en algunos casos también para el internacional- surgen repentinamente de la boca de los personajes. Hay un poco de todo, de Josephine Baker a Gilbert Bécaud, de Dalida a Johnny Halliday, de Edith Piaf a Léo Ferré, de Aznavour a Jane Birkin, la única que se dobla a sí misma, ya que a ella le toca un pequeño papel en el enredo urdido -y también interpretado- por los Jabac.
Esa fue una de las pocas condiciones impuestas por los guionistas: ellos se harían cargo de dos de los seis papeles principales de esta comedia sobre las apariencias, las ilusiones perdidas y los encuentros y desencuentros con los que juega el azar: Agnes Jaoui es una guía de turismo que prepara su tesis acerca de una extraña comunidad medieval; Jean-Pierre Bacri, un caballero dedicado a imprecisos negocios que anda en busca de departamento en París.
Para los otros cuatro personajes -Odile, hermana de la primera y vieja amiga del segundo; su dócil marido; el agente inmobiliario, que intenta venderles un costoso piso de vista privilegiada, y su empleado, otro caballero maduro secretamente enamorado de la guía-, Resnais recurrió a algunos de sus actores predilectos: Sabine Azéma, Pierre Arditi, Lambert Wilson y André Dussolier.
El sonido del diálogo
Ni hace falta que lo diga: a Resnais no le es para nada indiferente la musicalidad de los diálogos. "Todos los guionistas con los que trabajé tenían esa cualidad. De la misma manera, siempre que elegí actores lo hice teniendo en cuenta su fraseo, la textura de su voz", dice. Y forzosamente vuelven a la memoria los elaborados textos de Marguerite Duras para "Hiroshima mon amour", hechos puro deleite auditivo en la voz de Emmanuelle Riva; los de Alain Robbe-Grillet para Delphine Seyrig y Giorgio Albertazzi en "Hace un año en Marienbad" o los que concibió David Mercer para que John Gielgud diera otra de sus clases magistrales de actuación en "Providence".
Resnais se confiesa incondicional admirador de los actores. Si recurre tan frecuentemente a Sabine Azéma -la dirigió en "La vie est un roman" (1983), "L´amour a mort" (1984), "Mélo" (1986) y "Smoking/No smoking" (1993)- es porque "ella siempre está en acción interior y cada emoción transforma su rostro".
Hay actores cuya sola presencia basta para que un film ejerza inmediata atracción sobre él. Menciona a Katharine Hepburn, a Claude Rains, a Danielle Darrieux, a Charles Boyer. Aunque hay algunos -André Dussolier, Fanny Ardant, Pierre Arditi, entre los franceses- que no le hace falta nombrar para que se los reconozca como favoritos. Suelen ser los que lo secundan en sus aventuras fílmicas, que siempre han incluido una porción experimental. "El riesgo es el motor que me empuja a seguir trabajando, y a esta altura quizá me sea más necesario. No me gusta hablar del fin de mi carrera, pero a mi edad cada día cuenta."
Lo dice porque está a punto de cumplir los 77, exactamente el jueves, el mismo día elegido para el estreno local de su último film. Y, a juzgar por la fresca osadía que en él exhibe, se diría que Alain Resnais ha encontrado en esa disposición para seguir indagando en las formas expresivas el secreto de la eterna juventud.





