
Con Keanu Reeves, Rachel Weisz, Shia LaBeouf
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No todo tiempo pasado fue mejor, pero los exorcismos –al menos en el cine– ya no son lo que solían ser. Constantine, del realizador debutante Francis Lawrence, no es precisamente un film de terror, aunque en la ensalada compartan el plato las referencias a varios de los mejores exponentes del género, entre ellos El bebé de Rosemary y la ineludible El exorcista. Se trata en realidad de la adaptación cinematográfica de una historieta de culto (otra más y van…), Hellblazer, y el énfasis está puesto en los departamentos de acción y efectos especiales. La historia es por demás sencilla, aunque suene enrevesada: John Constantine (Keanu Reeves, que puede no cumplir pero siempre dignifica) es una suerte de cazador de demonios en la Tierra, un ser agrio, cínico y –¡horror!– fumador empedernido que vivió un par de minutos en el Averno luego de un intento de suicidio. Así, ese conocimiento de primera mano de los usos y costumbres de las huestes infernales lo pone, antes de su llegada, tras los rastros del Anticristo. A la ecuación se suman una detective con visiones apocalípticas (la cumplidora Rachel Weisz) y una serie de personajes secundarios que incluyen a San Gabriel (Tilda Swinton, casi la definición de la androginia cinematográfica) y el mismísimo Satanás.
Constantine entrega a discreción lo que su adelanto publicitario promete: algunos sustos, un par de peleas y muchos, demasiados, efectos digitales, que parten de un guión balanceado que sabe escamotear información a la hora de crear cierto suspenso, pero que no depara ninguna sorpresa. El problema básico del filme es el mismo que padece gran parte de la producción del Hollywood actual: no posee alma. Como si el mismísimo Diablo hubiera poseído su cuerpo, el espíritu de Constantine está encadenado a una maldición: la repetición de imágenes ya vistas, el tránsito por caminos que ya han sido recorridos cientos de veces.






