
Cuando el arte es cosa de locos
La locura, en el arte, tiene cierto aire de santidad. Será, tal vez, porque la sensibilidad del artista hace que su obra vaya un poco más allá de los límites de la época que le toca vivir, o porque eso que llamamos locura, y que en realidad es entrar en la realidad por otra puerta, explora la imaginación en busca de la belleza. Y ésa no es tarea para cualquier espíritu. Tanto es así, que si eso que llamamos "locura" se instala, por ejemplo, en alguna forma de gobierno, su definición es demencia. La diferencia es lógica: el arte, en cualquiera de sus expresiones, intenta descubrir eso que no se puede asir en la condición humana.
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No es cuestión de enumerar artistas locos. Da Vinci, Mozart, Van Gogh, Dalí... La lista, en realidad, puede ocupar varias de estas columnas. Entre nosotros, tenemos el caso del poeta Jacobo Fijman (muerto en el Hospicio de las Mercedes, hoy Borda, en 1970), de quien Juan Jacobo Bajarlía cuenta algunas anécdotas, como esa que dice que una alumna suya en el Liceo de Señoritas, donde era profesor, enmudeció cuando le preguntó sobre la vida de Víctor Hugo. El profesor la felicitó "por no saber nada de esa bestia". Otra versión también dice que a una alumna de francés la calificó con un diez cuando no sabía nada del idioma: "Califiqué únicamente su estado de gracia, su estado angélico, mientras los demás examinadores sólo atendían al francés".
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El rock, como forma expresiva de la música de este fin de siglo, también tiene sus mártires, y esto va más allá de esa clasificación de "genio" que hoy se escucha desde cualquier platea. Syd Barret es uno de esos genios locos que, si no hubiese pertenecido al rock, estaría en algún lugar destacado de la música de este tiempo. Pero al rock, todavía, hay cosas que no se le perdonan, como la irreverencia. Es cierto que Barret abusó de las drogas, pero -a esta altura debería saberse- ninguna droga convierte a alguien en un artista. El creador de Pink Floyd, en cambio, es uno de esos visionarios que se atrevió a hacer algo nuevo. No es que los shows de Floyd despierten admiración por la tecnología que emplean. Hace exactamente treinta años, con muchísimos menos recursos que los actuales, Syd intentaba hacer "música en colores". En 1967, Pink Floyd era una experiencia de olores, colores y sonidos que nunca antes se había ofrecido sobre un escenario. Después del álbum debut, "The Pipes at the Gates of Dawn", de 1967, la cabeza de Barret comenzó a perderse. Si iba al concierto de su banda, se olvidaba las letras como si en realidad estuviese pensando en nuevas imágenes. Otras veces, ni siquiera llegaba al lugar del recital. Así, Roger Waters, Rick Wright y Nick Mason, sus compañeros y admiradores (tanto, que varias obras posteriores de la banda están inspiradas en él, como "Wish you Were Here" o "The Wall"), buscaron a alguien que pudiera reemplazarlo cuando se perdía, y así llamaron a su amigo David Gilmour. Entonces Floyd comenzó a ser otra cosa. Una de las bandas más grandes de la historia, pero perdía a su impulsor, que abandonó la banda mientras grababan el segundo álbum, "A Saucerful of Secrets".
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Syd Barret no murió. No se sabe precisamente qué pudo hacerlo abandonar un proyecto que lo tenía como figura. Quizá fue eso mismo, el rechazo a la fama, o que no tenía más para dar. Lo cierto es que todo lo que empezó después no pudo terminarlo. Sus dos álbumes solistas tomaron forma definitiva gracias a Gilmour, y la última vez que apareció en un estudio, convocado por sus ex compañeros para que tocara en "Brilla en tu diamante loco", desapareció: dijo que salía a comprar cigarrillos y no regresó. Aun así, tiene fieles seguidores que lo encontraron y publican una revista donde cuentan todos sus movimientos. Y no son muchos: vive prácticamente encerrado. Está gordo y calvo, y nunca más volvió a hacer música. Sus compañeros, en tanto, hicieron muchos millones y hoy son celebridades. El eligió otra vida. Renunció a eso que hoy es tan cotizado como la fama. ¿Está loco?
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