Cuidado con el vintage

La ropa usada, con más personalidad que el que la viste
La ropa usada, con más personalidad que el que la viste
Alejandro Schang Viton
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15 de octubre de 2011  

El español Ramón Núñez en su libro Nombres comunes, visiones propias refiere que el Génesis explica con un mito el vergonzoso descubrimiento del desnudo como origen de la ropa y agrega que en las pinturas rupestres de Cogull, Lérida, de hace 10.000 años, ya aparecen mujeres con falda.

La ropa, se ve, es una constante desde que el hombre es hombre, al menos desde que Adán comió la manzana. Y diversos pensadores, ensayistas, escritores, dan referencia de esta preocupación por el vestir. Como el historiador británico John Selden (1584-1654), que escribió que el rey Jacobo de Inglaterra solía pedir sus zapatos viejos porque eran los más cariñosos con sus pies y que al calzárselos decía: "Los amigos más viejos son los mejores".

Y así como para el rey inglés la ropa usada tenía más valor afectivo que la nueva, en la actualidad la ropa usada tiene un mercado cada vez más creciente, cuyas causas de expansión están vinculadas con motivos diversos. Se podrá decir que hay gente para todo, sin embargo, a muchos les produce cierta cosita adquirir una prenda usada, por más espléndida que luzca, cuyo origen permanece en forma misteriosa junto a otras vestimentas en un perchero apretado, con la única referencia de un precio escrito a los apurones en un retazo de cartón.

En cambio, la ropa usada de alguien que conocemos tiene mayor aceptación, siempre y cuando esté en condiciones y coincida con nuestro talle y pretensiones. ¿Quién rechazaría acaso el sobretodo Loden verde de un tío o el chaleco de cashmere que un cuñado dejó de usar debido a sus cuantos kilos de más que se instalaron en su cintura y abdomen?

Especialistas escribieron sobre el tema, como el humorista californiano Prentice Mulford (1834-1891), que dedica un capítulo de su obra Nuestras fuerzas mentales a la religión del vestido. Analizando la influencia de la ropa en la vida cotidiana, el autor estadounidense dice que nuestro pensamiento es una constante e invisible emanación de nosotros mismos y que esta emanación substancial es en parte absorbida por nuestros vestidos, de tal modo que, al envejecer, éstos quedan cada vez más saturados de esos elementos mentales. Dice Mulford: "Si nos ponemos la ropa de un ser realmente superior a nosotros podemos absorber algo de su mentalidad. Del mismo modo, si nos echamos encima las ropas de una persona ordinaria y de mente baja absorberemos algo de su inferioridad". El escritor también aconseja un cambio de ropa para sentarse a la mesa a comer, salir a la calle o ir a una reunión. "Si llevamos la que usamos en el trabajo, nos traeremos una parte de los pensamientos inherentes a nuestras ocupaciones cotidianas a un lugar donde todo lo referente a los negocios debe ser dejado de lado", explica.

"Si llevamos puesta ropa vieja cargamos y afligimos nuestro yo actual con los estados mentales ya pasados y muertos, sentidos durante las últimas semanas y aun años. Esos estados de tristeza, de ansiedad, de irritación, también los llevamos puestos", concluye.

Cuando alguien dice sobre una persona que ha nacido vestido, con eso se quiere expresar que todo le va demasiado bien. Según el británico Irwing Davendort, autor del libro De manías y supersticiones, "deberíamos andar siempre pulcramente vestidos, tanto en la vida doméstica como en nuestro trabajo. Son muchas las ventajas. Porque si nos sentimos en lo exterior decorosamente atrayentes, aparecerá en nuestro rostro la impresión de este sentimiento de intensa satisfacción derivada de nuestra forma de vestir", sostiene Davendort.

"Si llevamos un vestido o un traje nuevo –escribe Prentice Mulford– éste nos hace parecer más alegres y animosos porque la nueva envoltura que nos echamos encima está libre enteramente de nuestras emanaciones mentales de los tiempos pasados." Además agrega: "La naturaleza nunca se viste con trajes viejos y es cierto que lo que place a los ojos descansa a la mente, y lo que descansa a la mente es una renovación de fuerzas para el cuerpo".

La solución para alejar esas emanaciones negativas de la ropa usada consistiría en dejarlas a la luz del sol y al aire libre. Los especialistas, curiosamente, no mencionan para nada las tintorerías. Sí, en cambio, observan también determinados colores, ya que éstos "son la expresión de las condiciones y cualidades mentales". Según algunos estudiosos, "las mentalidades llenas de desesperanza, de tristeza o de melancolía eligen el color negro". Y los supersticiones observan que el amarillo, claro, atrae la mala suerte.

Los hombres del Paleolítico se vestían con las pieles y los pellejos de las piezas cobradas. No fabricaban su vestimenta, sino que tomaban lo que encontraban. "El hombre civilizado –recuerda el alemán E. W. Heine en su ensayo El nuevo nómada– cultivaba el lino y lo convertía en fibra. Tejía y cosía, y las mujeres hilaban y bordaban. El hombre de la era moderna, que ya no sabe tejer ni hilar, cuando necesita una prenda de vestir va a una tienda de modas, donde el despellejado resulta ser él. Actúa nuevamente como recolector. Rastrea por los negocios y recoge las prendas de las estanterías o los colgadores. Una vez consumidas vuelve a recolectar otras." Ropa nueva y ropa vieja, todo es parte de la moda. Lo advirtió el famoso escritor chino Lin Yutang (1895-1976): "Todos los vestidos femeninos son variaciones de la eterna pugna entre el deseo confesado de vestirse y el inconfesable de desnudarse".

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