Cuyo canta su historia
MENDOZA.- En la tierra del buen vino, la "abundancia", el verde refrescante de los árboles y las acequias, que surcan el centro mendocino, la vida parece bella, las siestas indispensables y la tonada un argumento musical que intenta sobrevivir desde el siglo pasado.
En "Argentina en Mendoza", que tuvo su punto máximo este fin de semana en el estadio Malvinas Argentinas, donde actuaron Soledad, Los Chalchaleros y Horacio Guarany, entre otros, el patriotismo se exacerba, la tradición se reafirma y la historia oficial sigue teniendo su mejor campaña de prensa.
En esa región donde los viñedos son el mayor tesoro de esa tierra y los trabajadores golondrina viven gracias a los dueños de las fincas en condiciones de indigencia absoluta, según las denuncias hechas en medios locales, la fiesta de la "argentinidad" muestra la cara oficial de una provincia rica y turística.
Pero Mendoza desnuda en su interior puntos contradictorios con un poder político que sigue mirando a otro lado y que se enmarca en un contexto social de fractura: el caso Bordón, los coletazos internos de la Alianza, la crisis de los agricultores locales que planean un sabotaje indirecto a la Fiesta de la Vendimia y las declaraciones de Arturo Lafalla, el gobernador justicialista que mira con buenos ojos la campaña reeleccionista del ultramenemismo. La otra realidad muestra a los músicos cuyanos, que se sienten ciudadanos de segunda clase cuando son confinados al destierro en su propio lugar (en el último Festival de la Tonada sólo hubo un día exclusivo para los artistas mendocinos) y que son, junto a los poetas locales, los que finalmente se han encargado de cantar y contar la otra historia de Mendoza.
Rica tradición
La región tiene una de las más ricas tradiciones musicales y alberga una continua expresión vanguardista iniciada en su tiempo por lo que fue el Nuevo Cancionero, en 1963, donde participaron Armando Tejada Gómez, Tito Francia, Mercedes Sosa y su marido, Oscar Matus, entre otros.
Aquí, gurúes locales como el paceño Felix Dardo Palorma (de descendencia huarpe, una comunidad aborigen que actualmente no es reconocida como tal y está en la zona de San Vicente, a sólo 150 kilómetros del centro en pleno desierto), que sacaron la tonada de su tierra viñatera y llevaron con sus composiciones los colores y el sonido de las guitarras influyendo a buena parte de la música nativa, son rescatados del olvido. Hace poco un tributo discográfico lo volvió a poner en el centro de la escena musical cuyana.
En esta semana de encuentro con el sonido de la región dos creencias de las cuales Mendoza se jacta se terminan cumpliendo: tener uno de los mejores vinos y una cantera con los mejores guitarristas que produce el país; generadores de una canción personal, nutrida de una cantidad de estilos antiquísimos como la refalosa, el gato cuyano y la cueca, entre otros.
Esos estilos son los disparadores creativos de intérpretes como Pocho Sosa, un cantor cuyo tema "Otoño en Mendoza" es un emblema de esa ciudad, y que en su último disco realizó un homenaje al poeta Armando Tejada Gómez.
También sirve de usina cancionera a Tilín Orozco, uno de los más novedosos compositores locales respetado entre las viejas y nuevas generaciones. Este guitarrista de Guaymallén, que editó en forma independiente "El resto del cielo" junto a su mujer, Sandra March, consiguió un trabajo revelador, con temas nuevos, y sin distanciarse del sonido de su lugar, que se convirtió en la otra sensación del folklore alternativo en el último Cosquín.
Además de ser referencia de la nueva canción regional, Orozco acaba de crear con Fernando Barrientos un nuevo repertorio de estilos tradicionales con una poética y una estética que se mueven de sus giros convencionales. "La idea es difundir la música cuyana", sostiene Tilín, que junto al material entrega una suerte de manifiesto dirigido a los músicos del país que el tiempo dirá si tendrá el peso de aquel "Nuevo Cancionero", que le cambió la cara al folklore.
Sólo en los fogones alrededor de los escenarios "institucionales" siguió emanando ese espíritu de bohemia de la canción cuyana. Eran muchos los criollos que despuntaban cuecas con un arte tan natural como genuino y desandaban las madrugadas con sus historias de montañas y viñedos, contando las alegrías y penas de la gente. Esa canción que no rinde tributo a los poderes, sino que va narrando entre "cogollos" de vino y música la otra historia: "Quien quiera oír que oiga".




