
Su deporte se llama, no casualmente, lucha. Plástica y aguerrida, la campeona mundial de judo cuenta una de esas historias dignas de los que terminan con una medalla olímpica en el pecho.
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Cuando Daniela Krukower trajo del Mundial de Osaka la primera medalla de oro para el judo argentino, se abrió ante sus ojos un dulce estrellato mediático. Las Damas de Honor de la afa (presididas por Doña Grondona) le regalaron una camiseta de la Selección y entradas para ver Argentina-Bolivia en el Monumental. En las revistas, una y otra vez, aparecía la misma foto: Daniela, de pie, con los puños apretados, mientras la cubana Driulis González (un acorazado que la había vencido en la semifinal de los Panamericanos), sentada desde el tatami, mirando con cara de no saber qué pasó. Daniela, de 29 años, llegó al podio televisivo: el programa de Susana Giménez. La reina de los teléfonos le preguntó si podría defenderse si un tipo le querían robar la cartera en la calle, la Krukower, euforizada por las luces del set, escondió bien en lo hondo su paz interior: “Y ahí nomás le revoleé a uno de los Susanitos”, confiesa ahora con su sonrisa impactante. “Después mis amigos me decían, «Andá, si te vienen a robar, vos les das todo». Y tienen razón”, se sincera la campeona mundial de los 63 kilos. Asume que si un hombre malintencionado la quisiera atacar, podría hacerlo flamear por el aire con cierta facilidad, pero trae todo eso que se aprende con la filosofía de su disciplina: “Yo uso otra parte del judo que no es la de las tomas, sino la de evitar el combate”. Nunca se olviden: por algo se llaman “artes marciales”.
Hace unas décadas, el deporte aportaba cíclicamente un héroe a los cines. Sangre, sudor, lágrimas, triunfo. Ahí está todo. Si los guionistas deciden recorrer los tatamis de Atenas, se darán cuenta de que la historia de Daniela es ideal para el melodrama con final feliz. Cuando tenía 7 años, sus padres se mudaron con ella y dos hermanos desde Colegiales hacia Israel. Allá creció, estudió, hizo el servicio militar obligatorio y representó a esa nación en las máximas competencias. Pero cuando tenía 24 años, la Federación israelí empezó a apoyar a su rival en la categoría. Daniela, medallista en 17 Grand Prix, quedó afuera de los Juegos Olímpicos de Sydney. Se le vino el mundo abajo. Hasta que un amigo le recordó su doble nacionalidad, y ella decidió revisar los archivos de su memoria. “Lo único que recordaba era mi casa en Colegiales. Y al sensei Fukuma, que enseñaba judo en River, donde se entrenaban mis hermanos, mientras yo los imitaba jugando, a los 5 años”.
Con un castellano básico, escribió un mail a la Federación Argentina de Judo, para ver si podía representar
a la Argentina. A las dos semanas, recibió un llamado. “Y yo pensé «uh, hablar en español», porque con mis padres sólo hablo hebreo”. Del otro lado, Oscar Cascineri, titular de la Federación, le pidió que volara a Buenos Aires, cuanto antes. “Le dije que no podía cambiar mi vida en una semana”. Pero la judoca juntó “unos morlacos”, se compró un pasaje abierto y cambió su vida en un mes.
Daniela se instaló en lo de una tía, con sus cinturones negros y sus discos de Iron Maiden y se dedicó a vender perfumes (“aprendí a trabajar con escencias y me gustaría crear una fragancia para mí”). Mientras comienza a nevar para la sesión de fotos, ella manda sms desde su celular (en la antena, cuelga Kurooby, la mascota del Mundial de Osaka). Es graciosa, cortés y se parece a Sarah Jessica Parker claro que, como decía Morrissey, “algunas chicas son más grandes que otras”. No es posible un cuerpo de bailarina para el espíritu de una luchadora. Las rutinas de Daniela incluyen fulbito para precalentar, caer cincuenta veces sobre un costado, levantarse y volver a caer. Desgastantes carreras entre los aparatos del gimnasio, para hacer fierros, sin parar ni para tomar aire. “Ahora estoy contenta con mis músculos. Hay gente a la que le gustan, ¿no?”.
Todo para vencer a la rival: pura concentración y búsqueda del punto débil ajeno, como uno de esos ágiles polemistas de los debates televisivos. Le pregunto si le costó hacerse a la idea de que iba a representar a un país del que apenas sabía el idioma. “Yo sólo quería luchar y acá me dieron la chance. No es que no me importe bajo qué bandera peleo, pero los dos son mi país.” A los dos meses de acriollarse, recibió una llamada de larga distancia. “Era mi mamá diciéndome «echaron a la entrenadora nacional. Podés volver a competir acá», me dijo. Y yo le contesté que ya había tomado una decisión.”
Después le tocó competir en Europa, y estrenar el parche argentino en la espalda. “Cuando me puse el judogui, se me cayeron las lágrimas. Cerré el círculo. Era volver a la casa donde nací, y que no vi por 17 años. ¡Ahí perdí el chupete!”. En los tres torneos del Grand Prix europeo, Daniela conquistó tres medallas, dejando en el camino a una campeona invicta. “Los israelíes que estaban también me apoyaron y no entendían cómo fue que tuve esos resultados”.
—¿Y cómo fue?
—Fue la libertad.
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