Igor Yebra sorprende a Madrid antes de su arribo a Montevideo

Igor Yebra, hábil para cambiar de piel y plumaje
Igor Yebra, hábil para cambiar de piel y plumaje Crédito: Alba Pujol
El bailarín vasco saborea a García Lorca antes de asumir el cargo que dejó Julio Bocca en el Ballet del Sodre
Laura Ventura
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27 de enero de 2018  

MADRID.- Una anciana agoniza y en aquel viaje hacia la oscuridad se convierte en cisne. En ese último aleteo emerge de una pluma un sensual joven que hechiza a quien lo contempla. Sin cortes abruptos, sin las bondades y trampas que permite el montaje del cine, Igor Yebra, solo sobre el escenario, le presta su cuerpo a tres almas, cambiando la piel o el plumaje con su virtuosismo, a la vista de todos. La magia que permite el arte y la disciplina del bailarín español moldea a María Josefa, la madre de una déspota dos veces viuda, a la icónica ave y a Pepe el Romano, el seductor serial más letal de Andalucía. Carlota Ferrer, la realizadora de la versión feminista al cuadrado del clásico de Federico García Lorca, Esto no es la casa de Bernarda Alba, convocó a Yebra para interpretar a estas criaturas en una puesta hipnótica que funde todas las artes en un mismo espectáculo. Las localidades se agotaron de modo inmediato para todas las funciones de esta breve temporada madrileña. El público estaba sediento por ver al eximio bailarín en una obra de texto y por despedirlo antes de su mudanza a Montevideo, donde asumirá la dirección del Ballet Nacional de Sodre, la compañía que resucitó Julio Bocca, quien eligió a su colega vasco para sucederlo: "Igor es una gran persona y un gran artista. Hará un gran trabajo dirigiendo. Ha bailado mucho y tiene muchos contactos, sobre todo en Europa. Dará un cambio interesante en la forma de manejarse con la compañía. Bailó con nosotros, así que conoce a la compañía y a Uruguay. Viene con un equipo nuevo y fresco que también hace a la energía diaria de trabajo", dijo Bocca a la nacion.

Igor, el chico más alto de la clase, popular y querido, el capitán de fútbol que soñaba con jugar en el equipo de su ciudad, el Atlético de Bilbao, y también se deleitaba con las películas de Fred Astaire. Sus padres habían fantaseado alguna vez con ser bailarines, pero durante el franquismo aquel arte refinado era apenas un espejismo. Alimentaban sin rencor aquella ilusión cada tanto cuando visitaba el País Vasco el Ejército Ruso de San Petersburgo. Los Yebra les mostraban a sus hijos aquel universo. Fue primero su hija quien comenzó a tomar clases de ballet, hasta que también quiso sumergirse Igor en ese mundo, ya adolescente. En apenas meses cambió su reino y su trono de la calle, con su libertad y sus códigos, por un salón que lo convirtió en súbdito de la precisión. "Quizás hubo algunas cosas que sentí, que hoy llamarían bullying, pero tenía tan claro que había encontrado algo en la danza, que no me importó. A lo que ocurría a mí alrededor no le daba ni le doy hoy importancia. No me importa la mirada ajena", dice hoy, a los 43 años, Yebra en el café del teatro, casi cuatro horas antes de la función.

Desbordados por el talento de un precoz joven, los maestros vascos reconocieron un bailarín inconmensurable en Yebra. Solo en Madrid podría continuar su formación y el lugar señalado fue el estudio de Víctor Ullate, donde tomó contacto con las propuestas de los holandeses Nils Christie y Hans Artur Gerhard van Manen. Y así, a los 14 años se mudó a la capital en una era de plena "movida", descontrol y destape, para llevar una vida de orden y rigor ("Nunca tuve tiempo de perder la cabeza"). De 9 de la mañana a 9 de la noche, Igor transpiraba, aprendía, escuchaba, miraba y soñaba y de noche leía a los clásicos de la literatura griega, fascinado por el Olimpo, los dioses, las musas y el destino: "Leí mucho sobre la suerte divina, esa magia, pero en el ballet, hay que tener además algo que suerte y es innegociable: el trabajo. A él hay que sumarle constancia y pasión. Esa es la única fórmula". En Madrid fue al comienzo recibido por familiares lejanos, luego se hospedó en casa de estudiantes, hasta que finalmente se mudó a un pequeño departamento al que su madre, visitaba cada vez que podía. Este fue el primer grito de independencia de un bailarín que siempre transitó el camino freelancer: "Soy muy inquieto, necesito hacer cosas nuevas todo el tiempo, por eso nunca estuve en una compañía estable. Me produce entusiasmo ir a un sitio diferente, como una droga que se te va metiendo. Te obliga a no acomodarte y a hacer todo bien para que te vuelvan a llamar".

Entre la interminable serie de destinos y escenarios donde este artista errante brilló se encuentra el Arena de Verona, ante 20 mil personas, o el Kremlin, donde bailó Iván el terrible. Protagonizó catorce versiones de Giselle, cuatro de Don Quijote y seis de Romeo y Julieta, casi siete, ya que Julio Bocca intentó en vano seducirlo el año pasado para que volviera a interpretar al joven Montesco. A Bocca lo conoció en 1991, cuando el bailarín español viajó a Buenos Aires para participar de un espectáculo junto a Maya Plisetskaya y a Eleonora Cassano. Sí aceptó la propuesta del bailarín argentino de sucederlo en el Sodre y se mudará a fines de enero a Montevideo para asumir la dirección de la compañía. Bocca, el anterior director, realizó un trabajo extraordinario en el Sodre, al que ubicó en la escena internacional. El bailarín argentino no continuará como maestro residente de la compañía, como se había contemplado en un inicio, sino que emprende una nueva etapa como ensayador y maestro de otros ballets fuera de Uruguay.

Es la primera vez que Yebra enfrenta un cargo de director de compañía y aunque aún no asumió, ya planea fomentar representaciones para escuelas con el objetivo de crear nuevos públicos, así como también permitir que cobren experiencia a los bailarines menos experimentados. Durante los primeros seis meses cruzará el Atlántico varias veces, ya que tenía compromisos previos, pero aún así confía en que el ballet continuará sus movimientos en armonía. "La gente le tiene miedo a la palabra disciplina, y yo lo soy, pero no me considero un tirano. La disciplina bien utilizada es muy productiva. El ballet no es para mí un trabajo, es mi manera de vivir, mi vocación".

En su Bilbao natal fundó hace once años la primera escuela en el País Vasco que brinda una formación íntegramente en danza clásica. A ella asisten 150 niños, un cupo pequeño para la ambición de Yebra, quien desea hacerla crecer. "Sobrevivimos a la crisis económica y ese es un gran logro porque se trata de una actividad extraescolar para los niños. Aunque no esté allí, físicamente, siempre estoy. La gente sigue una línea de trabajo que yo les marco", afirma y agrega Yebra, padre de una niña de dos años, que es también importante inculcar valores a través del ballet.

Su arte tendrá en el futuro próximo sede en Uruguay, pero Yebra jamás pensó dejar los escenarios. A la danza, le suma desde el año pasado la actuación, pero la interpretación no es algo nuevo para este artista, a pesar de que haya gente que etiquete su trabajo en Esta no es la casa de Bernarda Alba como su debut en la actuación. "En el ballet clásico hay historias para contar, personajes que crear".

Yebra mira el espacio a su alrededor. Imagina que el tubo de metal horizontal de la puerta de seguridad podría oficiar de barra para hacer sus ejercicios de estiramiento. "Cuando tenemos cosas, queremos más y empezamos a perder creatividad porque nos hacemos dependientes. De pequeño jugaba con una pelota de fútbol y si no tenía una, la inventaba con cartones y cintas. Si me preguntas qué me voy a llevar a Montevideo responderé que nada, que solo a mí mismo. Me fui de casa a los 14 años, estoy acostumbrado a los cambios".

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