
Sol Rourich, una bailarina en la era de su madurez
A los 34 años, la artista entrerriana disfruta de un gran presente: viene de bailar en el Bolshoi de Moscú y, mañana, recibirá el Premio María Ruanova
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Hemos visto bailar a esta muchacha en el Teatro San Martín tantas veces y en sus intervenciones nunca faltó algún destello. Tiene un acento... ¿de dónde? "Soy entrerriana, de Victoria -declara-, en la margen del río Paraná." Hay luminosidad en su mirada y en su actitud ante el mundo. Responde a ese principio que sostiene que el nombre otorgado al nacer prefigura algo de la personalidad. En Italia dirían que esta artista es solare, es decir que irradia luz. Se llama Sol, María Sol, con precisión, y en el arte se la conoce como Sol Rourich.
Es una de las figuras destacadas del Ballet Contemporáneo del San Martín y, en estos días, vive la exaltación que le depara una doble conquista: viene de bailar en el Bolshoi, de Moscú, en la segunda gala del Premio Benois de la Danse, y ahora se apresta a recibir el Premio María Ruanova, distinción anual que el Consejo Argentino de la Danza otorga "a un artista sobresaliente en el mundo de la danza".
"Nací un día de invierno -cuenta la bailarina-, una jornada patria, el 20 de junio, un día de frío y de sol. Pero mi mamá me dijo que el sol era más fuerte que el frío. Años después sería ella la encargada de iniciarme, porque era profesora de danzas en nuestra ciudad. Este respaldo familiar hizo que, a diferencia de otros artistas que encontraron obstáculos domésticos, mi ingreso a esa disciplina fuera algo natural."
El 18 de mayo pasado Sol Rourich hizo realidad la fantasía de tantos bailarines que sueñan con el Bolshoi. En Moscú se le confería el Premio Benois de la Danse a Alicia Amatriain, una catalana de 34 años que baila en la Ópera de Stuttgart. Ante el público primero bailaron las parejas que habían concursado y al día siguiente se armó, como es habitual, una gala celebratoria, con invitados de distintas procedencias. "Entre ésos estábamos Rubén Rodríguez y yo -apunta Sol-, ambos del Ballet Contemporáneo de Buenos Aires, para bailar un dúo de La tempestad, de Mauricio Wainrot, porque era un programa-homenaje por los 400 años de Shakespeare. Otras parejas venían de Lausana (los ex Béjart), de Hamburgo (Neumeier), del Ballet de Mats Ek y también de la compañía de Preljocaj."
Así, la entrerriana que en 2004 se había incorporado al Ballet Contemporáneo como "aprendiz" (después de graduarse en el profesorado María Ruanova, hoy UNA, y de transitar por el Taller del San Martín), no sólo se asomaba al escenario del Bolshoi ("en el momento en que puse un pie en las tablas de ese teatro me invadió una ola de plenitud indescriptible", asegura), sino que, además, compartía el programa de la gala con calificadas estrellas del mundo de la danza y, finalmente, era saludada por el fervor del público moscovita.
"Me sorprendió el respeto que tienen allí por el bailarín, así como me asombraron las condiciones de confort que te rodean en esa institución legendaria -comenta-, además del clima humano que te envuelve después de casi 24 horas de viaje."
El peregrinaje de regreso le deparaba, también, un estimulante paso en su carrera: a los 34 años (la misma edad de su colega Amatriain), recibirá el Premio María Ruanova, que le será entregado mañana en el Salón Dorado de la Casa de la Cultura (Avenida de Mayo 575). "Un día en que bailábamos con el Ballet Contemporáneo en el parque Centenario recibí una llamada de Beatriz Durante, presidenta del CAD, para avisarme que había ganado ese trofeo", cuenta, todavía sorprendida por lo excepcional de la elección, ya que se trata de la primera bailarina de danza contemporánea en actividad que lo recibe (Andrea Chinetti y Miguel Ángel Elías, de la misma compañía, recibieron también ese reconocimiento, pero "a la trayectoria").
-¿En qué momento de tu carrera o en qué obra sentiste que asumías la madurez?
-No sé si estaba madura, pero experimenté el clic en una reposición de 2008 de Distant Light, de Wainrot. Sentí que internamente se me abría un abanico.
-¿Y después? ¿Hubo alguna pieza que te gustó bailar, de modo especial?
-Recuerdo obras preciosas, como Tangos golpeados, de Alejandro Cervera, o bien Oscuras golondrinas, de Daniel Goldín, y, por supuesto, la Consagración de la primavera (la de Wainrot), en el rol de La Elegida. Y disfruté también con el Bolero, de Ana María Stekelman.
-¿Cómo viene la temporada para el Ballet Contemporáneo, ahora que el Teatro San Martín permanece cerrado?
-Ésa es la realidad cotidiana, la parte más dura. Haremos un primer programa en el teatro 25 de Mayo, en los próximos días, y después... no sé cómo seguirá.
-¿Qué rescatarías, en un flash, de tuexperiencia como bailarina?
-Siento que disfruto cuando subo al escenario: allí se juegan muchas cosas, todo es energía, siempre y cuando estés conectado y haya fluidez. Hay algo indefinible que sucede en el escenario cuando sentís que lo que hacés trasciende, y eso es mágico, más allá de la obra que estés bailando.





