¿Y si hacemos un muñeco? Coppelia versión siglo XXI

¿Coppelia y Swanilda o Swanilda y Coppelia? Ni el loco inventor sabe quién es quién
¿Coppelia y Swanilda o Swanilda y Coppelia? Ni el loco inventor sabe quién es quién Crédito: Antonio Fresco
En el ciclo dominical "Vamos al ballet", del Konex, la clásica historia se aggiorna y divierte a los más chicos
Constanza Bertolini
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14 de junio de 2019  

Probablemente Coppelia y Swanilda, la obra infantil que tiene en cartel el Konex, sea la mejor de las apuestas que en los últimos años hizo el ciclo creado para acercar a los chicos a la danza clásica: "Vamos al ballet". Y las razones para que eso sea así son varias. De todas, y por consecuencia lógica, no se puede ignorar la experiencia que se adquiere cuando consecuentemente se intenta superar una fórmula. Justamente como un inventor loco que pone una pizca de esto y otra de aquello hasta dar en la tecla, aquí la receta parte siempre de una célebre historia para niños a la que se le agrega el más respetuoso trato por el repertorio de ballet y el toque final con las herramientas que los tiempos que corren ofrecen para actualizar lenguajes y conquistar el paladar de una audiencia multimedia y exigente: la infantil.

La historia de Coppelia, la muñeca creada en el taller de un misterioso "doctor" (pariente cercano de Pinocho, sí, con quien tuvo ya un encuentro para una obra que pasó también por este ciclo), es muy conocida. Por las dudas, podría resumirse así: el romance entre los aldeanos Swanilda y Franz se ve interferido cuando el inventor Coppelius exhibe desde el balcón una atractiva figura femenina que buscará atraer al protagonista hasta su laboratorio para sacarle el alma. De cualquier modo, como suele ocurrir en las producciones del Ballet Metropolitano para el Konex, la incursión de personajes narradores -el alcalde y la alcaldesa, en este caso- garantiza que a nadie le quede ni un cabo suelto.

Como en otras reconocidas obras, en esta gran comedia estrenada en París en 1870, con música de Leo Delibes, la protagonista se desdobla. Y la versión que nos ocupa tiene un as en la manga en ese sentido: su principal gracia está en la participación de unas bailarinas mellizas para los roles de Swanilda y Coppelia (las hermanas Noelia y Celeste Díaz). ¿Quién es quién? Ni el loco inventor lo sabe y eso desata una divertida confusión.

Volviendo a los aspectos que ponen de relieve esta adaptación de Juan Lavanga para la compañía que dirige Leonardo Reale, el aspecto visual es otro fuerte. Ya el año pasado, con La bella durmiente, habían apostado fuerte al mapping en reemplazo de telones y escenografías corpóreas. Esta vez, la cohesión entre lo audiovisual, el vestuario y la coreografía está muy bien lograda.

Por fuera de lo que se refiere estrictamente a la interpretación de la danza, está el plano sonoro. El ruidista Santiago Córdoba, ubicado a la vista sobre uno de los andamios que emplea el musical Hair a contraturno, en la misma sala, echa mano a un teclado y varios objetos de lo más peculiares. Desde el destello brillante que provoca toda transformación mágica hasta explosiones y estrépitos salen de su batería de efectos.

A la una, a las dos y a las tres (un prólogo, dos partes y tres cuadros), el Ballet Metropolitano se mueve ajustado, con su primera bailarina Yanina Toneatto como el hada que da vida al interior de la fábrica. El Gato con botas, el lobo, un monstruo, dos chanchitas cisnes y más juguetes cobran vida en escena y terminan la mañana firmando autógrafos en los programas de mano.

Coppelia y Swanilda

por el Ballet Metropolitano

  • Domingos, a las 11
  • C. C. Konex, Sarmiento 3131
  • Desde, $300

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