Del folklore y sus proyecciones
Corresponde cerrar aquí el distingo entre folklore, proyección y renovación -largo tema-, para repasar conceptos que pueden sernos útiles, sobre todo frente a la proximidad de los festivales folklóricos del verano.
Tras caracterizar al folklore como bien común, colectivo, tradicional, que integra -asentado en la costumbre- el patrimonio de una comunidad, funcional, socialmente vigente, y transmitido oral y libremente, llegamos al concepto de proyección.
La proyección folklórica, dijimos -ateniéndonos siempre a las definiciones de don Augusto Raúl Cortazar (con acento prosódico, ya que no tiene parentesco con Julio Cortázar)- se produce fuera del ámbito cultural originario, asumida por creadores conocidos que se inspiran en la realidad folklórica y la imitan, reelaboran y estilizan para consumo de toda clase de público, y se difunde por medios técnicos e institucionales.
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Atahualpa Yupanqui -tan proyección como Hugo Díaz, Eduardo Falú, Ariel Ramírez, Cuchi Leguizamón, Waldo de los Ríos, etc.- solía decir que esperaba como premio del pueblo la consagración del anonimato.
Y recordaba los versos de Manuel Machado (el gran poeta, hermano de Antonio): "Hasta que el pueblo las canta,/las coplas, coplas no son;/y cuando las canta el pueblo,/ya nadie sabe el autor. Tal es la gloria, Guillén,/de los que escriben cantares:/oír decir a la gente/que no los ha escrito nadie".
El folklore no se organiza como un espectáculo, sino que se cumple naturalmente como un rito propio, intransferible, de cada comunidad; fiel al estilo y a las formas transmitidas desde tiempo inmemorial.
La proyección es el fruto de ese folklore asumido como fuente de inspiración. Esto viene ocurriendo en el mundo desde la época de Homero hasta Cervantes, Goethe, Victor Hugo y todos los demás artistas talentosos de nuestros días.
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Entre las proyecciones del folklore argentino se cuentan innumerables canciones -verdaderos tesoros de belleza- que prestigian la música popular. Su predicamento -más que su pura fama (que siempre engaña)- radica en que, por su nobleza y autenticidad, están predestinadas a ese glorioso anonimato que ambicionó Yupanqui. Este regreso al pueblo de los elementos legítimos, elaborados por verdaderos artistas, conscientes y responsables, acaso revitalice el patrimonio común cuando sus creadores descartan, con dignidad y respeto, la tentación de la globalización.
El peligro de la mundialización producirá su efecto deletéreo sobre las identidades nacionales o regionales cuando el músico o el poeta, en lugar de "pintar su propia aldea para pintar el mundo", esboce (ya inexorablemente transculturizados) confusos garabatos para retratar una babélica, anodina aldea global.
El riesgo, la amenaza se cierne cuando llega la mentada renovación.
Si la proyección no implica en sí misma desvío o adulteración, sino otro contexto, otro objetivo, la renovación folklórica suele justificar mamarrachos en su nombre. A veces bajo el nombre de vanguardismo.
No se remoza el folklore sólo por el mero capricho de adosarle timbres nuevos con instrumentos ajenos a su estética, como pueden serlo un saxo, un bajo eléctrico, una batería, etc. La forma también puede estropear los contenidos. (Una de ellas es desfigurar el pulso de los ritmos.) En este caso es aplicable la cuestión axiológica del fin -estético- y los medios -lo ético-. Para discernirla es preciso distinguir entre el qué y el cómo .
Bela Bartok -músico sabio- sostenía, con la autoridad que le dio su sólida tarea de recopilación de cantos seculares en las aldeas húngaras, que "saber tratar las melodías populares es uno de los más difíciles trabajos que existen", para respetar sus caracteres específicos, para conservar su propia y típica fisonomía, y darle relieve. Y concluía, lapidario: "En manos de quien no tiene talento, ni la música popular ni cualquier otra puede adquirir importancia".





