Del pan de fonda al mignon
El esnobismo, según algunas definiciones ilustradas
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Vance Packard, en Los buscadores de prestigio (Eudeba, 1973) cuenta que los expertos en ventas inmobiliarias citaban entre las "armas secretas para generar atractivo para los snobs, deslizar frases en francés en los anuncios". El francés, explica, es el idioma de los snobs. Ese mismo año, más tarde, el francés inundó publicidades de venta inmobiliaria. Un vendedor de Manetto Hills, Long Island, exclamaba: C’est magnifique! Une maison ranch très originale avec 8 rooms. ¿Pero de dónde viene esa rara unión entre la cultura gala y la improbable entelequia que han dado en llamar esnobismo o snobismo, según el caso?
Según el estudioso francés Philippe du Puy de Clinchamps, autor de El esnobismo (Eudeba, 1968), la palabra snob existía ya en 1781, y anota que para C. A. Ward es una onomatopeya que devino sobrenombre de aquel sujeto "que se suena la nariz con los dedos". Adjetivo que se extendió antiguamente a los zapateros remendones, aparentemente demasiado ocupados con el yunque entre las piernas, clavos entre los labios y el martillo en la mano como para –además– recurrir a un pañuelo.
Esta teoría refutaría, entonces, aquella otra que dice que el término snob proviene de la contracción de dos palabras latinas: sine nobilitate, contraídas a su vez en s. snob y, finalmente, snob. Asimismo, el escritor observa que no se habría tratado de la contracción de sine nobilitate, sino la de quasi nobilis, lo que es, desde luego, más halagador que el significado sin nobleza. De quasi nobilis se habría transformado entonces en si nob. Otra corriente filológica desentrañaría el enigma: sine obolo, sin fortuna.
Entre tantas definiciones imaginativas –concluye el estudioso francés–, sine nobilitate, quasi nobilis o sine obolo revelan un poco de lo que snob y esnobismo significan. Casi con crueldad, se admite dentro del esnobismo que un burgués sólo pertenece a la sociedad después de tres generaciones servidas por un mayordomo.
Pero esnobismo también fue definido como la máscara sin rostro, la audacia del tonto educado; es la afectación de lo aparente y una notoriedad sin cimientos. Es decir, una cosa inhabitable.
Los primeros diccionarios Larousse calificaban al snobbisme, en 1867, como: "Pose, afectación estúpida, ridícula, hipocresía vanidosa". Hoy, el Petit Larousse precisa sobre el mismo término: "Admiración por todo lo que está en boga". Mientras, para la Academia Francesa es: "La vanidad de los que afectan las opiniones, las maneras de ser o de sentir que están de moda en ciertos círculos considerados distinguidos".
Pero en 1859, un diccionario de Oxford definía al snob como "persona grosera y ostentosa". En los Estados Unidos, snob significa "el que copia con ostentación, admira con obsequiosidad y busca sin límite estar siempre cerca de los que considera mejores y en posición superior a la de él". Los españoles, italianos y hasta los rusos dan de esnobismo definiciones parecidas, vagas y contradictorias.
En defensa del snob
Entre sus cavilaciones impresas en El arte y el mundo moderno (editorial Planeta, 1974), los franceses René Huyghe y Jean Rudel afirman en el primer tomo: "Hay que reconocer en el esnobismo un papel necesario y que además se ha ejercido siempre, incluso aunque en el pasado no haya tomado las proporciones adquiridas en nuestros días. Está fundado sobre el principio de imitar modelos cuya superioridad parece segura. Comporta a la vez la modestia de no juzgar por sí mismo y el orgullo de pertenecer a una categoría privilegiada".
Para ellos, sin embargo, el esnobismo incluye un aspecto benéfico: haber ayudado a reconocer, a menudo, el esfuerzo solitario y desesperado de algunos artistas portadores de nuevas realidades.
William Makepeace Thackeray –famoso autor de Feria de vanidades y El libro de los snobs (escrito por uno de ellos), de Editorial Aguilar, 1946–, nacido en Calcuta en 1811, afirmaba que el esnobismo era algo "tan viejo como el mundo". Para él, la primera snob fue nada menos que Eva. "Su aparición ante nuestro padre Adán –escribe–, sus relaciones y sus comportamientos con él resultaron de un snobismo ejemplar."
El esnobismo fue una enfermedad crónica resistida con singular paciencia por el género humano durante siglos –comenta en El libro de los snobs–, sin que ninguna eminencia tratara de estudiarla "al microscopio y la reacción para luego combatirla".
Mientras, en La República de los chantas, editado en 1978 por Peña Lillo, José Evaristo Ferrari refiere que "las milonguitas que pasaron sin transición del conventillo al cabaret, con poses afrancesadas y aires de bacanas, se dejaron arrastrar por esa corriente de snobismo que, con tanta elocuencia, marcaran algunos de nuestros más gloriosos tangos: te engrupieron los otarios o mezcla rara de magnate, nacido entre el sabalaje, compadrito de mi barrio que sólo cambió de traje".
Explica su autor que hay quienes, en su afán por parecer distintos (o mortificados por saber que son iguales), no vacilan en usar lunfardismos en su lenguaje corriente, tratando de afirmar que su formación y hábitos pertenecen, social y cuturalmente, a otros niveles sociales. Trastrocan premeditadamente sus propias imágenes para jugarla de originales.
Ferrari agrega que "el esnobismo tiende a desaparecer entre las nuevas generaciones, porque una de las cosas que más critican de sus mayores es el poco sentido práctico y el tiempo que perdieron queriendo demostrar lo que no eran". Finalmente, sentencia que los snobs son como los que abandonaron el pan de fonda por el mignon, sin hacer escalas en el pan flauta.
Clarísimo.
Dandy, nunca snob
En El dandysmo (La Fontana Literaria, Madrid, 1974), el recopilador Luis Antonio de Villena separa llanamente el dandismo del esnobismo. "El dandy es siempre un aristócrata solitario. Un desclasado que busca separarse de los demás por la sorpresa y la distinción, que busca personalizarse, hacerse objeto atildado y perfecto de la atención de todas las miradas. Por el contrario, el snob aspira a entrar en un círculo social determinado y para ello adopta las maneras del grupo, es capaz del uniforme y si quiere llamar la atención es sólo para que se note que ha llegado, que es uno como los demás en ese bello grupo selecto. Adula y exagera los modales sólo para parecerse más a los que lo invitan. Lo que busca el snob es, pues, agregarse. Lo contrario del dandy. Ambos pueden manejar a veces armas semejantes. El snob se adapta; el dandy vive para el reino terrenal y para la diferencia."





