Del tributo a Alberto Castillo a las apuestas del tango
Se lució el bandoneonista Federico Pereiro con su octeto
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La vida (o la expectativa de vida) del tango no depende sólo de las músicas que escriban los jóvenes compositores ni de la manera como canten los intérpretes de la nueva generación. Asistir una tarde al Festival y Mundial Tango Buenos Aires, en la Usina del Arte, alcanza para darse cuenta de eso.
La muestra dedicada a Alberto Castillo emociona a quien camina por ese laberinto de textos e imágenes que muestran al cantor en su tiempo, frente a grandes multitudes de distintas clases sociales. Pero, claro, eso trae historia por sí misma, no construye el futuro.
Un par de pisos más arriba hay una charla de coreógrafos y bailarines dentro del ciclo PlaTEA; además de mostrar su arte y conversar con el público, hacen una especie de puesta al día sobre el espacio que tienen dentro del festival. Y allí dicen que son ellos mismos quienes se juntan y llaman a los programadores para que les hagan un lugar. También dicen que no alcanza con que la cuota de baile esté cubierta con el campeonato mundial. Y tienen razón. Eso es construir futuro para el tango. El que no llora no mama. Por suerte, los escucharon, aunque no sea suficiente: el año próximo puede ser mejor.
En la Sala de Cámara toca el bandoneonista Federico Pereiro con su octeto. En la platea hay tres mexicanos; uno dice el título de lo que toca el grupo cada vez que se trata de un tango conocido (el resto son obras de Pereiro). "Chiqué", nombra sin temor a equivocarse. Y sí, es "Chiqué" lo que se escucha. Eso es pasión. No asegura un futuro próspero para el tango, pero sí un presente en el que este loco por la música de Buenos Aires, que vino temprano y se irá a su hotel después del último show, lo disfruta.
Pereiro presenta su octeto por primera vez. Pertenece a esa camada de músicos que no elige lo experimental, sino la renovación a partir de los clásicos. Tiene la intrepidez suficiente para tocar el bandoneón como Julio Pane y aprovechar las enseñanzas de Gabriel Senanes para hacer orquestaciones. Su grupo funciona por momentos como una típica y en ocasiones, como un quinteto de cuerdas que traza contratemas para las consignas del bandoneón y el piano.
Hay, tanto en las versiones de los clásicos ("La Cachila", "Gallo ciego", "Chiqué") como en los temas propios ("La primera curda", "Obligación"), un mismo tipo de enfoque instrumental. Los cambios de acentuaciones apartan su versión de las tradicionales y favorecen el virtuosismo del bandoneonista. El grupo que lo acompaña está a su nivel.
Sólo una anotación: en muchos pasajes, la abundancia de notas le resta claridad a lo que hace. Pereiro a veces necesita un "Troilo" (Pichuco borraba algunas notas que Piazzolla le escribía en los arreglos) para ver que, a veces, en música menos es más.
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