
Daniel Hendler, Julieta Díaz, Arturo Goetz, Adriana Aizenberg, Damián Dreizik
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Cada vez mas prolijo y seguro como director, Daniel Burman consolida en su nueva película las obsesiones que le dieron premios y prestigio. Ariel Perelman (Daniel Hen-dler), al igual que Perelman padre (Arturo Goetz), es abogado. Pero parecen muy diferentes: el padre es un genio de la adaptación que puede relacionarse con cada persona que se cruza en su trabajo. En cambio, Perelman hijo da clases en la universidad y se pregunta por el lado filosófico de la justicia. Por otro costado, mientras Ariel tiene su primer hijo, Perelman padre envejece.
Como en Esperando al Mesías y El abrazo partido, Burman sigue en Derecho de familia con su registro de la vida del porteño gueto judío. Once y Villa Crespo, con ramificaciones en Belgrano y el mundo palermitano. Y con un tema muy judío, que es el de la continuidad que los hijos establecen a partir de lo construido por los padres. Por ejemplo, una variación del mismo tema está en otra película reciente, Munich de Spielberg, otro cineasta judío: el problema de la perpetuación del Estado de Israel como un legado que pasa de generación en generación. La idea de perpetuar también está presente en el quinto largometraje de Burman. La mirada hacia atrás, hacia ese espejo retrovisor que son los que vinieron antes que nosotros (nuestros padres) y en cuánto nos parecemos y nos diferenciamos de ellos. En el fondo, la pregunta es si hay destino o azar, si decidimos o si alguien lo hace por nosotros y, así, nuestra vida está predestinada.
Para mostrar todo eso, la película elige los medios tonos, una nostalgia contenida entre la comedia y el drama. Y es ahí cuando Derecho de familia se queda un poco corta, en esa indefinición que le quita algo de fuerza. Falta precisión en la mirada hacia los motivos y obsesiones de Perelman hijo (Daniel Hendler) y, sobre todo, en el personaje de Julieta Díaz. Ella era más interesante mientras era objeto del deseo de Perelman hijo. Después se desdibuja como esposa y madre, no se sabe bien qué quiere. Por el contrario, Arturo Goetz sí es un excelente Perelman padre. El personaje es inseparable de su cara envejecida y algo cansada, de tipo con mucha calle que empieza a despedirse. Cada vez que aparecen tanto él como cada uno de sus amigos o miembros del ambiente judicial que recorre todos los días, la película cobra vida. Y se transforma en su versión más interesante, que se toca con la picaresca del Turco Asís: un viaje casi antropológico a los mecanismos y secretos del ingenio para adaptarse a lo imprevisible. Lo que no se explica en ningún manual.
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