
Ella es la dama, la ramera y la reina.
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A cualquier parte donde Dolly Parton va, ella canta. Está en algún lugar de su enorme compañía de producción de Nashville. ¿Pero dónde? Entonces oyes el viejo himno "Peace in the Valley", haciendo eco al final del corredor, ese soprano de cinta de seda junto con el toc-toc-toc de sus alucinantemente altos tacones, una particular mezcla de Dolly, sexo y sagradas escrituras. "Vaya, hola", canturrea, una enorme sonrisa en su cara que dice: "Yo sé, yo sé, llévatelo todo". La imposible pequeña cintura, la alta peluca rubia platinada, las largas y brillantes uñas rojas y los famosos pechos (obra de Dios, a propósito, aunque se los levantó y aumentó luego de que perdiera peso en los ochenta). A los 57 años, Parton rebosa vitalidad y se ve gloriosa en un forrado traje de terciopelo negro, aretes de perilla de puerta de plata, sombras de ojos moradas, labios rosados y brillantes y unos tacones puntilla de 12 cm -esto, por el amor de Dios, para su viaje al quiropráctico esta tarde-.
"La forma en que me visto, casi siempre, es como la mayoría se vestiría para una fiesta de disfraces", dice en una lenta y suave pronunciación, mientras se sienta en una silla. "A casi toda la gente la asustaría verse así de barata o de puta, pero yo me siento cómoda". Otra brillante sonrisa. "La forma en que me veo es en realidad la idea de glamour que tenía una chica del campo. Yo formé mi look inspirada en una ramera de pueblo. Pensaba que era lo más bonito del mundo, con el pelo oxigenado y pintalabios rojo brillante. La gente decía: «ella es una basura» y yo pensaba: «eso es lo que quiero ser cuando crezca»".
Es fácil sentirse deslumbrado por la personalidad brillante y la alegre autoparodia de Parton -después de todo, esta es una mujer que recientemente nombró sus senos "shock y admiración"-. Ciertamente, hay tanto con lo cual está queriendo llamar la atención -las películas, el parque temático- que su talento más grande se pasa por alto con frecuencia. Parton es una de las más talentosas y prolíficas compositoras en el negocio, miembro del Hall of Fame de los compositores, junto con personajes como Bob Dylan y Duke Ellington. Desde que llegó a Nashville proveniente de las montañas del este de Tennessee en 1964, ha publicado más de tres mil canciones, que van desde country hasta pop, pasando por bluegrass y gospel. Su especialidad es contar historias -de una niña pobre que molestan en el colegio por su abrigo de muchos colores ("Coat of Many Colors"), una mujer que ha sido usada pero aún tiene esperanzas en "The Bargain Store’ o la historia de un ermitaño incomprendido, "Joshua", una canción donde el ritmo son palmas de manos, editada en 1971 pero que hubiera podido salir en los años treinta, o la semana pasada.
Algunas de sus docenas de sencillos se han convertido en éxitos de otros, como Whitney Houston, cuya versión de oreja sangrante de "I Will Always Love You" palidece al lado de la dulzura con que originalmente la cantó Parton. Sus temas han sido usados en discos de Patti Smith y los White Stripes, que pusieron su sello en una de sus más famosas tonadas, "Jolene", una desolada súplica a una ladrona de hombres.
"Dolly es grande en Islandia", dice Björk. "Su voz es inmaculada, realmente poderosa. Su carácter es tan dulce y humano, y tiene un maravilloso sentido del humor". Para Björk, Parton trasciende su género musical. "Todos mis amigos adoran a Dolly, y la mayoría son gente que nunca escucharía música country", dice. "No ocurre con frecuencia que encuentres una persona así de grandiosa. No me gusta el rock, pero me gusta Kurt Cobain. Podía estar tocando cualquier estilo de música y me habría interesado. ¿Sabes? Y creo que Dolly es así. Es una cantante increíble, una compositora increíble".
Los discos más alegres de Parton incorporan un humor sagaz e ingeniosos juegos de palabras; en los discos más sombríos, la muerte ronda proféticamente cerca, reflejo de su dura educación en los Apalaches. "Aún cuando estoy escribiendo una canción moderna, me encuentro a mí misma sacando cosas de aquellos días antes de irme de casa", dice. "Los días de mamá, papá, mis abuelas, abuelos, y los días de la iglesia. Todo lo que tengo que hacer es cerrar mis ojos y adentrarme en mí". Está escribiendo constantemente ("Nunca se detiene"), entonces mantiene cuadernos y grabadoras por toda la casa: al lado de la cama, la bañera y en la cocina.
Parton siempre está en movimiento: mientras se sienta y charla, su pierna se mueve enérgicamente. Y aplica esa energía a su carrera: aunque tenga más de cuarenta años Parton se niega a ser "calificada" como "leyenda". Cuando la radio dejó de tocar sus temas en los años noventa, ella hábilmente evitó el destino de tantos otros veteranos del country que son relegados al circuito de conciertos en ferias de campo y casinos, regresando a lo tradicional con un trío de álbumes bluegrass editados con un sello independiente. Liberada su creatividad y sin la presión de un sello grande para sacar éxitos, Parton ha hecho alguna de la mejor música de su carrera, recogiendo un par de Grammys, una horda de fanáticos nuevos en el camino y su interés impulsado por la moda de O Brother.
El siguiente álbum de Parton -el número 73- está en un territorio diferente. "Estaba pendejeando, haciendo unos demos", dice, "cuando de repente pensé: «este es el momento de hacer un álbum patriótico tipo gospel»". Así nació For God and Country. En un nuevo álbum tributo, Just Because I’m a Woman: Songs of Dolly Parton, le rinden homenaje Sinéad O’Connor, Shelby Lynne y Shania Twain. "Shania dijo: «No dejes que nadie tenga ‘Coat of Many Colors’, y Dolly tiene que cantar las armonías»", recuerda Parton. Era una de las favoritas de Twain, que crió a sus hermanos luego que sus padres fueran asesinados sintiéndose reflejada con el mensaje de la canción, de orgullo frente a la pobreza. "Luego de grabarla, canté la armonía", dice Parton. "Y cuando le enviaron el disco a Shania, lloró como un bebé. Y yo pensé: «bueno, si puedes vivir lo suficiente y dejar algo lo suficientemente especial como para sacar este tipo de emociones en alguien, esto es de lo que se trata todo»".
A pesar de todas las trampas modernas de su fama y su éxito, Dolly Parton es un enlace viviente de lo que parece ser un imposible remoto pasado. Fue la cuarta de 12 hermanos y nació en una cabaña de troncos en Sevier County, Tennessee, al borde del Great Smoky Mountains National Park. Al doctor que la trajo al mundo le pagaron con un saco de harina de maíz. Los Parton no tenían luz eléctrica ni tubería, y su padre, un cultivador de tabaco, completaba la dieta de la familia llevando su rifle al bosque.
"La gente me oye hablar de comer ardillas y marmotas, pero en montañas como esas no había muchas más opciones", dice Parton. "Eramos 12 chicos. Nunca comimos zarigüeya, recuerdo a papi diciendo: «eso es como una condenada rata». Pero comíamos todo -tortuga, rana-. Recuerdo las enormes marmotas -cerdos silbadores, los llaman- y los cocinábamos con papas dulces y había diferentes formas de hacer que el almizcle de carne de caza no se sintiera tan fuerte".
El hecho de haber pasado necesidades, de haber tenido que usar trajes de costal que su madre, Avie, cosía, no hizo de Dolly una persona amarga. Al contrario, le inculcó un sentido de optimismo que ha caracterizado su escritura. "La gente pregunta: «eras tan pobre, ¿con qué jugabas?» Bueno, yo jugaba con David, Denver y Stella" -sus hermanos-. Una Navidad, la pequeña Dolly lloraba porque quería una muñeca que hablaba y caminaba. En lugar de eso, obtuvo un hermanito, Randy. Mira, tienes un muñeco mejor que el de cualquiera, dijo su papá. Este camina, habla, hace pipí y todo.
Todo el clan Parton era musical. Cantaban en casa; cantaban en la iglesia, donde cualquiera que quisiera podía llevar un instrumento y hacer alegres sonidos para el Señor. El abuelo de Dolly escribía canciones y tocaba el violín, y su tío Bill, un músico, le dio a Dolly una guitarra Martin cuando ella tenía siete años. A los diez, los conciertos de Dolly en reuniones locales la llevaron a un trabajo en un programa de radio y televisión de Knoxville llamado Cas Walker’s Farm and Home Hour. El viejo Cas era un tendero y frecuentemente durante el programa caminaba detrás de los cantantes o los músicos de banjo desplegando carteles que decían cosas como "Verduras frescas, 19 centavos una ración".
Mientras más atención atraía Parton, más parecía querer (once hermanos, recuerda). Aún de niña se sentía irresistiblemente atraída a las trampas del glamour y se ganaba una paliza de su padre cuando se pintaba los labios con mercurocromo del gabinete de medicinas. "Mentía al respecto", dice, ríendose. "Yo decía «¡este es mi color natural!». Y mientras mi papá más trataba de quitármelo, más rojo se ponía. Y decía: «Estas nalgas tuyas luego de una paliza, ¿son tu color natural?». Oh, me dieron muchas palizas por el maquillaje".
Se graduó de secundaria -la primera en su familia en hacerlo- un viernes y el sábado se fue Nashville. El día que llegó, conoció a su futuro esposo en la lavandería Wishy Washy (Carl Dean es un hombre tímido, raramente fotografiado, quien hasta el día de hoy se mantiene lejos del centro de atención). Parton lanzó algunos sencillos enores antes de recibir una invitación que le cambió la vida: unirse a The Porter Wagoner Show, un conocido programa de televisión, en 1967. El programa salía de gira con frecuencia y Parton recuerda que el horario era agotador y le hacía falta compañía femenina. "Era el infierno", dice. "Al comienzo, cuando estaba viajando en bus, Porter estaba pendiente de que yo tuviera mi bañito y un lavamanos diminuto, para que no tuviera que hacer pipí en el mismo cuarto de los hombres".
En ese entonces, dice Parton, no había muchas mujeres en la industria de la música. "Estaba Patsy Cline, Loretta, Tammy y yo", dice. "Había muy pocas de nosotras y estaban todas bajo la dirección de hombres".
Eso incluía a Parton, aunque su sociedad de siete años con el frecuentemente terco Wagoner era popular y dio sus frutos, convirtiéndola en una estrella country. Parece extraño ahora, pero algunos de sus sencillos ocasionaron bastante controversia. En 1968, por ejemplo, "Just Because I’m a Woman" causó agitación. "Esa canción estaba basada en una historia real", dice. "A mi esposo no le gusta mucho que yo cuente esto, pero ya está lo suficientemente viejo, entonces no le importa una mierda", se carcajea. "Verás, yo había tenido sexo antes de conocernos, pero nunca se lo había mencionado y él no me lo preguntó. Llevábamos ocho meses de casados, tan felices como podíamos serlo, y de repente decide preguntar. Le dije la verdad, le rompí el corazón. No pudo superarlo durante mucho tiempo. Yo pensé: «bueno, Dios mío, ¿cuál es el maldito problema?»".
Aunque algunas emisoras se negaron a poner la canción en Estados Unidos, llegó a ser número uno en Suráfrica, para su placer. "¡Tenía muchos fans en Suráfrica!", grita. "¡Todas esas mujeres reprimidas! Encontraba eso tan entretenido porque alguien dijo: «hey, mis errores no son peores que los tuyos sólo porque soy una mujer»". Todavía estaba teniendo esos problemas en 1991, cuando varias emisoras se negaron a poner "The Eagle When She Flies". "No la ponían porque pensaban que era una canción de liberación femenina", dice Parton.
En 1974, Parton, sintiéndose atrapada por su tormentosa sociedad con Wagoner, dejó de ir de gira con el programa, envalentonada por su hit country que llegó a número uno, "Jolene". A Wagoner no le gustó y la llevó a la corte algunos años más tarde. "Siempre estaré agradecida con Porter porque aprendí mucho", dice Parton, que escribió "I Will Always Love You" como un agradecimiento a Wagoner. "Pero él obtuvo tanto de mí como yo de él, pongámoslo de esa forma. Porter se parecía mucho a mi papá, a mis hermanos y en general a todos los hombres con quienes crecí. Eran machistas, y el lugar de una mujer era donde ellos le dijeran que estuviera. Yo siempre me le enfrentaba, porque tenía mi propio talento. No vine aquí para ser la cantante femenina en el show de Porter Wagoner". Suspira. "Y peleábamos a muerte y él peló el cobre, en lugar de dejar que la vida siguiera su curso. Tenía que demandarme. Y, por supuesto, eso nos rompió el corazón a ambos. Sabes, viéndolo en retrospectiva, se arrepiente de haber hecho eso y lo ha dicho".
Luego de quedar libre, Parton comenzó a diversificarse como loca. Los ochenta vieron la apertura de su parque temático Dollywood, de 60 hectáreas (1986). Protagonizó grandes películas de Hollywood como 9 to 5 y Steel Magnolias, y ubicó canciones en listados pop: "9 to 5" y "Islands in the Stream". Su personalidad efervescente y sexy se veía muy bien en la pantalla, y brillaba aún en huesos como Rhinestone, con Sylvester Stallone. Aunque los críticos la volvieron fricasé ("acres de diálogo poco chistoso", decía una crítica típica), siempre tendrá cálidos sentimientos hacia Rhinestone. Antes de que comenzara la filmación, Parton atravesaba por el peor período de su vida. Estaba deprimida y tenía sobrepeso y estaba a punto de despedir a algunos antiguos socios de negocios. Luego de casi desmayarse en el escenario en Indianapolis, se sometió a una cirugía en 1982 por lo que ella llamó "problemas femeninos, desórdenes hormonales" y se sumió aún más en la depresión, llenando cuadernos con pensamientos oscuros como "¿Por qué debería suicidarme? Me estoy despertando muerta cada día".
El alivio llegó, como lo hace con frecuencia, en la forma de Sly Stallone. "Aunque a la película no le fue tan bien, era uno de mis proyectos más grandes", dice Parton. "Porque Stallone estaba tan lleno de vida, era tan loco y tan gracioso, me hacía reír mucho, lo que era realmente saludable para mí. Esa película me encaminó de nuevo".
Poco después supo que no podía tener hijos, algo que, con el tiempo, ha aprendido a aceptar. "Pienso, sabes, que hay gente que no está destinada para tener hijos", dice. "No lo lamento. Mi esposo no lo lamenta. Él es como mi único hijo y yo soy como su única hija. Y a medida que envejecemos nos sentimos más felices de no tener hijos porque nos ocupamos de muchos de los hijos de otras personas. Compramos autos nuevos para todos los sobrinos y sobrinas que se gradúan y los enviamos a la universidad que quieran".
En los noventa, cuando la industria de la música country se volvió una próspera maquinaria que escupía estrellitas instantáneas de 22 años y pelo liso, Parton encontró que las puertas se le cerraban en Nashville. "Años atrás era simplemente un negocio más amistoso, más personal, más de tú a tú", dice. "Ahora se trata simplemente de quién venda". Parton vio su situación y pensó qué hacer después. "Cuando comenzó el nuevo country, cualquier artista mayor de 35 estaba acabado", dice. "Y Dios, he estado aquí por tanto tiempo que la gente me veía como una leyenda. Pero no había terminado. Sentía que era mejor de lo que había sido alguna vez. Siento que hasta ahora soy lo suficientemente recorrida como para saber cómo manejarme en este negocio. Pensé, «bueno, diablos, no me voy a hundir con todo el resto de los ancianos. Voy a encontrar nuevas formas de hacerlo». Y eso es exactamente lo que hice".
Comenzó su propio sello, Blue Eye Records, y ahora graba y paga por sus propios álbumes y se los da en préstamo a sellos pequeños como Sugar Hill. "Dije, «bueno, ahora puedo grabar las cosas que realmente quiero», y no quiero tener 14 managers y ejecutivos de la disquera diciéndome: «tienes que ser más comercial, tienes que ser más pop». Pensé, «No me importa si escribo una canción como "Mountain Angel", que tiene seis o siete minutos de duración; voy a contar la historia». No voy a pensar «tengo que cortar esto para estar en la radio». Si la ponen en la radio, bien. Dudo que lo hagan, pero ya no me importa". Se detiene. "Bueno, digo, por supuesto que importa y uno siempre espera ser aceptado en todas partes, pero no estoy haciéndole lobby más a eso. Ahora soy más feliz haciéndolo de esta forma".
Los tres álbumes bluegrass que Parton ha lanzado -The Grass Is Blue en 1999, Little Sparrow en 2001 y Halos and Horns del año pasado- brillan con la diversión sin adulteraciones que implica simplemente hacer música. En Halos and Horns, pasó por alto a los músicos usuales de sesión por músicos menos conocidos, algunos de los cuales trabajan en Dollywood. Ha cubierto a Gershwin, "Shine" de Collective Soul ("Todos pensaron que estaba loca cuando dije que lo iba a hacer y gané un Grammy con eso") y "Stairway to Heaven" de Zeppelin, entre otras (Los de Zep fueron halagadores: "Dijeron que ellos nunca habían pensado en hacerlo de esa forma, pero que era un trabajo bien hecho").
Parton bromea diciendo que tuvo que volverse rica para poder cantar como si fuera pobre de nuevo, y lo ha hecho: bajo la conducta folclórica late una hábil mujer de negocios, una que vale aproximadamente unos 300 millones de dólares. "Pienso que si soy astuta en los negocios es porque soy astuta al respecto de quién soy", dice. "Yo sé lo que puedo y lo que no puedo hacer, y lo que estoy dispuesta y no estoy dispuesta a hacer, y si tengo que ser estricta al respecto, lo seré". Su modelo es su padre, que no era capaz de leer y escribir, "pero papi era realmente inteligente cuando se trataba de saber el valor de un dólar y cómo hacer un negocio, sin importar si era un intercambio de caballos".
Sus inversiones a través de los años humillarían a P. Diddy: un restaurante en Hawai; un libro infantil; un programa de variedades en la tele; una comedia de 1996 llamada Mindin’ My Own Business, sobre un sureño que se muda a Los Angeles para comenzar una compañía que planea fiestas; una autobiografía, y una línea de ropa, 9 to 5ers, para mujeres que trabajan. Cuando algo no funciona, intenta otra cosa.
Su empresa más exitosa ha sido Dollywood, ubicado en Pigeon Forge, a unas cuantas millas de su lugar de nacimiento. Mucha gente que ha sido criada casi en la pobreza, trata de distanciarse de su crianza, pero no Parton, cuyo tiquete de salida resultó ser un viaje de ida y vuelta. Dollywood les ha dado trabajo a cientos de personas en Pigeon Forge, incluyendo a muchos del clan Parton. Junto con las cabalgatas usuales, hay artesanos de los apalaches, un museo de Dolly y una réplica de la casa de infancia de Parton con los muebles que usaba su familia. "Adoro Dollywood porque me encanta ir de compras en las tiendas de allá", dice alegremente. "Pienso, «qué bueno, no tengo que pagar por esto». Estoy usándome a mí misma". Parton también es dueña de una cadena de teatros restaurante llamada Dixie Stampede, a la que le va muy bien, gracias: acabó de abrir su cuarto local, que costó 28 millones de dólares, en Orlando.
"He sido muy afortunada y tomado algunas buenas decisiones y he hecho algunas buenas inversiones", dice. "Y no he tenido que hacer nada de eso por el dinero. Eso se siente bien, pero el hecho es que eso sólo muestra lo apasionada que soy por la música. Tengo que escribir y cantar. Verás, ese fue mi primer amor y tengo que hacer eso siempre, y como sea".
Parton cumplirá 58 en enero pero se siente como si estuviera comenzando. Rezuma nuevos planes: un tour, que comienza a principios del año entrante; un álbum dance; un musical de Broadway basado en su vida. "Me siento como una niña", dice. "En serio. No me siento diferente de como me sentía cuando caminaba por estas calles la primera vez que vine a Nashville en 1964". Parton y el elusivo Dean, que han estado casados por 37 años, han tenido una relación fácil y graciosa. Su apodo para ella es Catfish (bagre) porque, él le dice, es toda boca y sin cerebro. Parton asegura que nunca han tenido una pelea fuerte. "Lo juro por Dios", dice. "Nos enfadamos, pero me asustaría a muerte si Carl me gritara alguna vez". Los dos llevan vidas separadas: Dean no acompaña a su famosa esposa cuando ella va de gira, ni se le une en ningún evento elegante. En 1966, un Dean miserable se puso un smoking y acompañó a Parton a una ceremonia de entrega de premios. Luego le dijo: "Te amo y te apoyaré de cualquier forma que quieras en tu carrera, pero no voy a ir a más jolgorios". Y ha mantenido su promesa.
Cuando Parton no está frente al público, dice, la vida cotidiana de la pareja es "simple y sencilla". Viven en una casa en las afueras de Nashville que Parton hizo construir hace 33 años para parecerse a Tara de Lo que el viento se llevó, porque, ha dicho, cuando uno crece siendo pobre, eso es lo que uno piensa que la gente rica del sur haría. Cuando Parton está descansando, deja su maquillaje puesto pero se quita la peluca (su veradero pelo le da por los hombros), sube los pies, usa sudaderas y ropa térmica. "La llamo mi ropa de bebé", dice. Muy rara vez prende la radio o la televisión, en cambio prefiere leer un libro.
"Me veo tan artificial", dice, "pero siempre he sido la persona más sencilla del mundo". Ciertamente, para Parton el pasado está tangiblemente, cómodamente cerca. Está ahí frente a ella, en su música, en los bosques, aún en Dollywood (mitificado, es cierto, pero o creces usando ropa de costal o no). Cuando era una niña tenía una abuela inválida. La mayoría de sus hermanos no se quedaban mucho tiempo visitándola, pero Dolly sí, vaciando juiciosamente la bacinilla y lavando su caja de dientes. ¿Por qué? Porque tenía un catálogo de Sears, Roebuck y le fascinaba ordenar cosas para ella y para su nieta.
"Obtuve muchas cosas con ella", recuerda Parton. "Todavía me encantan los catálogos. ¿Conoces esos malditos catálogos de regalos en los aviones? Yo escojo veinte cosas que no necesito y todo se remonta a mi juventud porque quería todo lo que veía en el libro. Está en mi psiquis, creo". Las montañas la rodean y están dentro de ella, y lo que la sostenía a los siete años la sostiene a los 57: su familia, su tiempo con el Señor y la música. Puede haberse adaptado a los cambios sísmicos de la industria, pero a través de ellos se ha mantenido desafiantemente auténtica.
Siempre será, lo dice con alegría, "una basura blanca. Todavía como Velveeta (queso de untar)". Sí, claro. "¡Sí!", grazna. "¿Quieres que te muestre en mi apartamento de al lado? ¡Ayer por la mañana freí Spam (carne de diablo)!". Salta. "¡Ven y miras!". Sale apurada por un cuarto que guarda un equipo de gimnasia impecable. "¿Que si lo uso? Diablos, no", se burla. "Pero compro todo lo que sale al mercado". Dios mío, si camina rápido con esos tacones. ¿Cómo lo hace?
Abre la puerta de un pequeño apartamento junto al edificio. Percheros de ropa con lentejuelas se encuentran en el corredor, y hay una mesa de tocador repleta de lociones y pociones. Se encamina hacia la cocina, un lugar hogareño con imanes en la nevera y azulejos mexicanos en las paredes. "Mira", dice triunfante, abriendo de par en par las puertas de la despensa. Es magnífico: latas de carne desmechada y de Spam, hogazas de pan blanco, un ladrillo gigante de Velveeta. "Tengo que tener mi Spam", dice. "¡Y mira esto!". Es una jarra de cerámica en forma de cabeza de cerdo. Adentro hay una bolsita con grasa de tocino juiciosamente marcadas con una fecha. "La gente que viene a limpiar mi casa cada jueves tiene que freír tocino, entonces tengo grasa de tocino para cocinar. Tengo que tenerla en todas mis casas". Se ilumina. "¿Quieres un poco de Velveeta?". Serrucha una tajada naranja y la ofrece. "No me creías, ¿no?", dice. "Crecí con esas cosas y nunca las superé. Bueno, ¿cierto?".






