
"Don Carlo": entre la realidad y la fantasía
La ópera de Giuseppe Verdi sobre la figura legendaria del hijo de Felipe II subirá nuevamente a escena hoy, en el Teatro Colón, con Darío Volonté en el papel protagónico
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Tenía absoluta conciencia Giu- seppe Verdi de que un nuevo encargo de la Opera de París, por entonces la ciudad imperial más resplandeciente del mundo, era verdaderamente atractivo. Sin embargo, le resultaba irritante no sólo desafiar una vez más, tras su experiencia de "Las vísperas sicilianas", un idioma, con su respectiva entonación, que no era el propio, sino las exigencias de insoportables clichés vinculados con el género, según lo concebían en ese momento los franceses. Tal el caso de la inclusión de un ballet completo o de una escena final apocalíptica, en la cual los decorados y todo lo demás debían derrumbarse o ser pasto de las llamas.
Finalmente, y pese a todo, Verdi aceptó componer una ópera basada en "Don Carlos", de Schiller, un tema ligado a esa España que tantas veces lo había inspirado. Sobre la base del libreto en francés de Joseph Méry terminado por Camine du Locle, "Don Carlos" se estrenó a orillas del Sena el 11 de marzo de 1867, sin mayor éxito, pero a la vez sin fracaso. Durante el resto del año se la representó cuarenta y tres veces, lo cual no está nada mal. Sin embargo, la elección del tema produjo malestar en el entorno palaciego, ya que la emperatriz Eugenia de Montijo, española y católica, era una ardiente defensora de la Iglesia y del Papa (para colmo, padrino de su hijo), y no vio con buenos ojos el partido que tomaba Verdi, a través de esta ópera, respecto de la Inquisición y de la figura del Gran Inquisidor. Así se inició la leyenda del anticatolicismo del "Don Carlos" verdiano, una fábula tan persistente, que en 1950 todavía había reacciones frente al Metropolitan de Nueva York, donde se la representaba, en actitud de protesta por supuestos ataques contra la Iglesia.
Idealizaciones literarias
La figura histórica de don Carlos parece haber sido bastante diferente de las idealizaciones literarias. Nacido en 1545, se asegura que fue física y mentalmente disminuido, con una violencia y crueldad extremas. Estas circunstancias, sumadas a sus simpatías por flamencos y holandeses rebeldes a la opresión española, hicieron que su padre, Felipe II, lo hiciera encarcelar cuando el príncipe contaba veintidós años. Seis meses después fallecía en prisión en circunstancias rodeadas de misterio, tal vez asesinado. A partir de ahí, año 1568, se empieza a tejer la saga, y con ella comienza a perfilarse la imagen de un príncipe infeliz, víctima del cálculo político, de la incomprensión paterna y de los horrores de la Inquisición.
Una larga secuencia literaria asocia ideales altruistas de libertad moral con no menos falaces historias sentimentales que ligarían a don Carlos con su madrastra, Isabel de Valois, dos fantasías a las que Schiller se habría aferrado para exhibir cómo una sana pasión puede ser devorada por la razón de Estado.
Y es claro, semejante ficción le venía a Verdi como anillo al dedo, ya que una ópera romántica era impensable sin una situación pasional como la de Felipe y su hijo (para el caso, bajo y tenor), que aparecen convertidos en los clásicos rivales de la escena lírica italiana, enfrentados a muerte por el amor de la soprano.
Pero "Don Carlos" suma a su vez su propia historia musical, que va de la versión original en francés de 1867 a la italiana que convirtió el título en "Don Carlo", forma en que la conoció Buenos Aires en el viejo teatro de la Opera, el 17 de junio de 1873. Sin embargo, hay un largo proceso hasta llegar a la forma en que hoy la conocemos, pues Verdi, asaltado por constantes crisis de crecimiento y autocrítica, la modificó entre 1882 y 1883, ya cerca de la concepción de "Otello" y doce años después de "Aida". Es decir, en su etapa de genial madurez.
La partitura definitiva presenta renovadas imágenes musicales, a través de las cuales el "gran viejo" abandona las figuraciones juveniles violentas y decididas por nuevas alegorías sonoras, alusivas y esfumadas en sus equívocos cromáticos. Sin embargo, la obra no renuncia a su espectacularidad original, como ocurre con la escena del "auto de fe", donde asombra la mano magistral del autor para asegurar a los movimientos escénicos colectivos una dimensión realista profunda, libre de recursos enfáticos.
Pero también está ahí la melodía verdiana, que busca penetrar en los más íntimos pliegues de los sentimientos, de la cual queda como muestra incontestable, entre tantos otros momentos, el monólogo de Felipe "Ella giammai m´amò", pieza maestra de musicalidad y expresión, en la que la visión de la soledad en la vida y en la muerte inspira a Verdi acentos incomparables.
A ocho años de la versión anterior en el Colón, vale la pena recordar esta historia.




