
Don Quijote en la música del siglo XX
Señalamos en nuestra columna anterior que entre las centenares de obras dedicadas a Don Quijote de Cervantes, en cualquiera de los géneros musicales que se quiera (ópera seria, bufa, comedia heroica, opereta, opéra- comique, grand- opéra, ballet, etc.) sobresalen los aportes del siglo XX. Es una centuria que nos deja, entre muchas otras que se irán citando, obras tan maravillosas como Don Quichotte a Dulcinée (1932) de Maurice Ravel y El retablo de maese Pedro (1923) de Manuel de Falla. Recordemos que ya en 1910 Jules Massenet da a conocer en Montecarlo su ópera Don Quichotte.
Pero es en 1923 cuando París asiste al estreno de El retablo de maese Pedro, de Manuel de Falla, tomado de un episodio de Don Quijote. En esta obra el protagonista asiste a una representación de marionetas en una venta. Maese Pedro maneja los muñecos y la voz del Trujamán explica el desarrollo de la trama. Recordemos la gracia de este episodio magistral: por orden de Carlomagno, don Gaiteros parte en busca de su esposa Melisendra cautiva de los moros. Don Gaiteros encuentra a su mujer en un balcón del palacio y ambos huyen. Los persiguen Marsilio y sus hombres; pero Don Quijote, indignado por el hecho de que nadie acuda en su socorro, desenvaina su espada y comienza a batirse con las marionetas que representan a los moros. Con su furia destruye el teatrillo y, satisfecho, canta las glorias de la caballería y ofrenda su triunfo a Dulcinea.
Entre 1944 y 1948 se produce, según lo señala Manuel Valls en su libro La música española después de Manuel de Falla (Madrid, 1962), una súbita explosión del tema quijotesco. Joaquín Rodrigo compone en 1948 Las ausencias de Dulcinea, para bajo, cuatro sopranos y orquesta; Ernesto Halftter es autor de Dulcinea (1944) y de La canción de Don Quijote (1947); en 1943 Gombau escribe Don Quijote velando las armas, con el mismo título que la célebre obra de Oscar Esplá, que es de 1925. Entre tantos otros músicos de ese período que dedicaron su atención a la obra de Cervantes se encuentran Rodolfo Halffter, Manuel Palau, Conrado del Campo, García Abril, Cristobal Halffter...
Pero, yendo un poco más atrás, cómo olvidar esa maravilla, en ocho minutos, de Don Quijote a Dulcinea de Maurice Ravel, una suite de tres canciones que se basan en otras tantas danzas, la guajira, el zortzico y jota aragonesa, compuesta en 1932 sobre textos de Paul Morand y editadas al mismo tiempo para canto y piano y canto con orquesta. Estas tres canciones resumen el humor de Ravel, su gusto por la vida y su atracción por el color. Su España surge aquí con pasión y se expresa a través de una chanson romanesque, inspirada en la danza y la guitarra, buscando reflejar las protestas del amor ardiente del poeta, con un final en el que se murmura "O Dulcinée" con una expresividad indefinible. La segunda es la chanson épique, de espíritu casi litúrgico, mientras la última, chanson à boire, busca afirmar el derecho al amor y a la alegría.



