Don Sixto, cosechador de coplas con su violín
El músico santiagueño, a los 82 años, encara la producción de un nuevo disco que revela la intención de evolucionar
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"Este violín no llora, habla", dice Sixto Palavecino mirando a su inseparable compañero. El mismo instrumento que conserva desde su juventud, adquirido a cambio de una vaca. Y con el que llevó la cultura santigueña, su paisaje y sus costumbres, fuera de las fronteras naturales de los montes.
Lejos de su tierra santiagueña parece un patriarca dispuesto a desparramar enseñanza. Tiene 82 años, y muestra una vitalidad envidiable apenas empuña el violín o se larga a charlar. Recientemente fue homenajeado por la Honorable Cámara de Diputados como "Mayor notable". Y hoy, a partir de las 20, varios grupos, entre los que se encuentran La Tranquera, Chackaymanta y los solistas Patricia Gaona y Raúl Bordón, le rendirán un homenaje en el teatro Presidente Alvear.
Quichuista y sembrador de chacareras. Anduvo con su violín por todo el país cosechando coplas que después convirtió en canciones. Rompió con las habituales antinomias con otros géneros. Dice que no le gustan los folkloristas que andan con traje de gaucho "porque están disfrazados. Yo siempre anduve criollito nomás, como andaba en mi casa". Compartió escenarios y chacareras con León Gieco. Y dice: "Los rockeros me quieren mucho. Tengo la suerte de que su público también me respeta. Los chicos saben que les hablo con la verdad de nuestra cultura". También cuenta con orgullo:"Chico Buarque y Pablo Milanés me pidieron que les mostrara como se tocan las chacareras. Lástima que no tuve tiempo de enseñarles algo de quechua que tanto les gustaba".
Es autor de 300 temas, pero nunca supo escribir una nota en el pentagrama. Habla de un don natural, de un buen oído y de la influencia de haber crecido en una familia de musiqueros. "Todos sabían tocar instrumentos. Hasta poco antes de morir, mi abuelito, de 120 años, cantaba y tocaba la guitarra".
Sixto, el menor de los tres hermanos varones, no fue la excepción. A los 9 años fabricó su propio violín y practicaba a escondidas de su madre. "Ella decía que si me hacía músico iba a ser un calavera, un trasnochador. No me quería dejar aprender, porque los músicos tenían mala fama. Así que guardaba el violincito en el hueco de un quebracho grande que estaba por donde nosotros llevábamos a pastar las cabras. Antes de ir a casa lo guardaba ahí. Después, con el tiempo, me tapaba con una sábana y tocaba en mi pieza. Hasta que un día uno de mis hermanos me descubrió practicando con el violíny desde ese momento me hicieron tocar en todas las reuniones para los amigos. Me convertí en el crédito de la familia." Cuando tenía 15 años se dejó atrapar por las creencias populares y se metió monte adentro para obtener la bendición de la Salamanca. "Se creía mucho en eso antes. Salamanca era un lugar en el medio del monte, donde había una bruja que les enseñaba a los músicos a tocar o aprender a bailar. Incluso se podía aprender a ser un buen peleador o a que lo quiera una mujer."
El músico confiesa con naturalidad que el también anduvo buscando a la Salamanca. "Todos decían que para encontrarla había que irse solo al medio del desierto, donde no hay casas. Ir con el instrumento, en enero, acostarse a la hora de la siesta debajo de una planta y poner el instrumento encima del cuerpo. Y si es posible, dormirse ahí nomás. Entonces decían que venía algo, no sé si Dios o el diablo, que viene y te enseña. Yo lo hice. Me fui al monte bien lejos. Tenía mucho miedo y, por si acaso, me había llevado un facón. Yo no sé si era tanto el deseo que tenía pues, que cerraba los ojos y estaba con el violín abrazado y escuchaba música. Me venían como ondas. Y pensaba: ¿Será eso lo que me enseña? Y he aprendido a tocar el violín. Y después me salía todo mas fácil..."
Desde ese encuentro casi místico con la música salavinera, el violín de Sixto no dejó de sonar. Aunque su vocación musical la alternó con varias profesiones. Fue trabajador golondrina, con múltiples oficios, y termino por quedarse con la profesión de peluquero. Incluso llegó a tener su propia peluquería en el centro de Santiago del Estero. Durante el día cortaba el pelo y por la noche recorría las peñas con su violín y sus hijos, que integraban su grupo.
Sixto está lleno de recuerdos. Y tiene una visible nostalgia por los tiempos pasados, "cuando el progreso no explotaba al hombre como ahora. Y nosotros inocentes lo esperamos pensando que iba a ser mejor y nos dejó sin nada". Desde ese lugar reivindica la cultura de sus antepasados indios, "lo único que nos quedó tras el exterminio".
Maneja el quechua a la perfección, tanto que realizó una traducción del Martín Fierro a esta lengua, que le llevó 8 años de trabajo y pronto sacará en una nueva edición bilingue. Defensor de este idioma, Sixto Palavecino fue nombrado presidente del IV Congreso Internacional de la Lengua Quechua y Aimará, que se realizará en Santiago del Estero en 1999. También pelea por la defensa de la única reserva de quebrachales que queda en su provincia llamada el Copo, y que se ve amenazada por el avance del progreso.
Sin quedarse un minuto quieto, el músico está terminando de grabar su próximo disco (aquí se adelanta un tema inédito), en el que Sixto Palavecino intenta mostrar su interés "por evolucionar, por superarme día a día. Pero siempre solito, porque soy autodidacto". Al fin de la charla dice estar satisfecho con su vida y con su obra. Tiene herederos. Hijos que aparecieron en el camino y quedaron cautivados por el endiablado sonido de ese violín salamanquero.
El recuerdo a su abuelo Martín
Cuando yo tuve diez años
Tata Martín, mi abuelito
costumbres muy lindas de antes
me contaba mi viejito
yo cebaba unos amargos
en tanto él armaba un chala
le decía tata viejo: a ver toque la guitarra
ya pulsaba el instrumento, ya se largaba a rasguear
a los aires de esos tiempos me los hacía escuchar
decía que para el amor, era muy afortunado
eso es cierto y esa parte
suerte que la he heredado
Pa´l tiempo de los carnavales
ellos armaban sus farras
siempre cantando y bailando
con arpa, bombo y guitarra
vasos de cristal maymanta
aquello era puro criollo
tomaban sólo agua muerta
con lindas guampas de toro
las damas de aquellos tiempos
ellas aloja bebían
las naranjadas y el bilz esos años no existían
ay si volviera a esos tiempos
guampa de toro en la mesa
Tata Martín con sus chinas
mishky, aloja y agua muerta.






