Dos bromistas en caída libre
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Jorge Guinzburg es un experto tejedor de sutilezas verbales; un artesano chispeante en el oficio de hacer reír con las armas de la ironía y el doble sentido. En "La biblia y el calefón" del viernes último, por América, sin embargo, el conductor se ubicó más de una vez por debajo de su propio talento. Con la Cicciolina como invitada, la inteligencia cedió a la tentación de la chabacanería. Antonio Gasalla es un profesional del humor corrosivo y despiadado; un pintor avezado en la técnica de la caricatura. Pero, en el primer programa de "Gasalla en libertad", por Canal 9, pegó por debajo del cinturón del buen gusto, se embarró en el pantano de los chistes burdos y deambuló sin brújula alrededor de la monosilábica e insípida Mariana Nannis.
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Gasalla y Guinzburg pelean por el rating en la misma franja horaria. Hubo un perdedor indiscutible: el espectador. En la apertura de "La Biblia y el calefón" un letrero advirtió: "La emisión de este programa contiene en parte de su desarrollo diálogos que pueden molestar la sensibilidad de algunas personas, en especial niños...". Guinzburg podrá alegar aquello de que el que avisa no es traidor. Bastaba con accionar el control remoto para dejarlo solo escuchando los desagradables detalles de las dificultades de la ex porno star a la hora de interpretar escenas de sexo anal. Alcanzaba con tocar un botón para dejar de ver cómo los otros invitados -Federica Pais, Mariscal Romero y Gino Renni- entablaban una competencia verbal y gestual de dudoso gusto. Pero el público de "La Biblia y el calefón" no quería cambiar de canal y ni siquiera pretendía subirse al pedestal de una moralina medieval para levantar el dedo acusador. No estaba en juego la mojigatería de la teleplatea sino el deseo de que Guinzburg la hiciera reír, como de costumbre, con las mejores armas.
Análoga fue la encrucijada para el público al que Gasalla supo hacer reír durante años. El viernes, cuando el personaje de Soledad Dolores Solari fue apenas la excusa para que Alejandra Pradón mostrara sus virtudes anatómicas, la risa se volvió mueca. Cuando en un diálogo pretendidamente provocador, Gasalla y Carlos Perciavalle se refirieron a los genitales de Graciela Borges con un lenguaje de bajo fondo, la mueca se crispó. Este año, la vacuidad de Nannis se incorporó al elenco del ciclo. En un fallido intento por cabalgar entre la desfachatez de Silvia SŸller y la picardía de Moria Casán, la rubia oxigenada se hundió en su propia insulsez.
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"Yo lo voy a reelegir. Me quedo para votarlo", dijo Nannis en relación al presidente Menem, al tiempo que rechazaba de cuajo la posibilidad de Graciela Fernández Meijide de triunfar en la carrera presidencial por el único motivo de llevar las arrugas a la vista. "Yo la pondría primero en un cirujano. Para ser primera dama (sic) tiene que ser espectacular", escupió Nannis frente a un Gasalla que se atrevió a citar a Indira Gandhi para señalarle el dislate. "Sí, pero eso fue en la India y acá estamos en la Argentina", argumentó la que sacó credencial de famosa trajinando centros de compra. Esa vez la brújula no le falló. Acá estamos en la Argentina, la tierra donde a veces la tilinguería es un trampolín apto para saltar a la TV. El espectador supone que sólo han sido tristes coincidencias de un viernes negro. Y espera que Gasalla y Guinzburg se saquen chispas tratando de conquistar la cima del rating a golpes de talento en vez de practicar la caída libre en el pozo del mal gusto.





