
Dos tipos audaces en Nueva York
Alberto Castillo y Antonio Tormo comenzaron una gira por los Estados Unidos
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Los dos muchachos están contentos. No exactamente en el límite de un ataque de alegría, ya que la veteranía, que los ha colocado varias veces en este perentorio tren de viajar por todas partes, es un tamiz para partidas especialísimas como ésta, que los conducirá por primera vez hacia un concierto compartido.
Lo cierto es que Alberto Castillo, de 84, y Antonio Tormo, de 85, armaron su valijas porque comenzaron a recorrer, cantando, durante un mes, varias ciudades de los Estados Unidos. Castillo con tangos y Tormo con folklore pasearán su arte por Nueva York, Chicago, Miami, Los Angeles, Boston y ciudades de Canadá.
Uno, porteño pituco, de buen pasar, pronto a recibirse de médico, se jugó por el tango; el otro, mendocino de Maipú, de hogar humilde, aspirante a tonelero, amaba el folklore.
Alberto de Lucca, nacido el 7 de diciembre de 1914 en una familia italiana de comerciantes prósperos, estaba predestinado a un apellido más popular: Castillo, no sin antes aparecer -en la segunda mitad de los años treinta- como Carlos Duval, para cantar en orquestas típicas hasta el gran debut del año 40 con la agrupación de Ricardo Tanturi.
Antonio Tormo, que vio la luz el 18 de septiembre de 1913 en una de las casitas de la bodega Giol y se marchó con sus padres a San Juan, empezaría probando suerte en Radio Graffigna y luego cobraría fuerzas para dar nacimiento a la legendaria Tropilla de Huachi Pampa, con la que debutaría en Radio el Mundo.
Dilatada historia
La historia musical de estos dos cantores es tan dilatada para contar, como sus ocho largas décadas. Pero es sabido que los años cuarenta los sorprendió en el esplendor de sus respectivas trayectorias.
Castillo empieza a conquistar triunfos en 1944. Su voz se escucha durante sus actuaciones en vivo por radio tres veces por semana y todas las noches en el Palermo Palace, donde hay baile. Realiza grabaciones y emprende giras por el interior. Tormo conoce las mieles de la fama en 1945, durante sus presentaciones en Radio Aconcagua (Mendoza), y dos años después cosecha prestigio por Radio Splendid, y enseguida en todos los mediodías de Radio Belgrano.
En esos años tan pretéritos se ha instalado el espíritu de Castillo y Tormo al emprender esta gira.
"Tengo mucha parentela en Brooklin -cuenta Castillo-. Y año por medio voy a Nueva York. Me encanta. Desde este punto de vista es un viaje más a los Estados Unidos."
"En cambio -dice Tormo-, ésta es mi cuarta visita desde los años 80.
"Antonio -se apresura Alberto- lleva una viola y allá le ponen otras dos para marcar el ritmo. Yo llevo mi grupo de piano, bandoneón, guitarra y contrabajo: lo típico. Y me instalaré en Nueva Jersey."
-¿Qué va a cantar, Alberto?
-A mí me piden tangos -aclara sin temor a la obviedad-. Tengo un kilo para llevar. Por supuesto, cantaré "Los cien barrios porteños", "Qué saben los pitucos", "La que murió en París", "Ninguna"..., son de la Guardia Vieja, y todos son títulos de película. Yo inventé una forma de cantar; hice lo que quería, por eso no hay comparación con nadie.
-¿Y usted, Antonio?
-"El linyera", el vals "Amémonos", "Los 60 granaderos", "Entre San Juan y Mendoza"... Es lo que quiere el público. También llevo "Flores para mi madre", "El huérfano", "Puentecito de mi río" (que grabé con León Gieco) y para el final dejo "El rancho Ôe la Cambicha", porque si no la canto no me pagan...
-¿No incorporaron nada nuevo en ese repertorio?
-Cantamos lo que se impone, replica categórico Castillo. Ya no se puede cantar acompañado por una orquesta típica, porque se diluyó, como también se esfumaron los salones de baile, los clubes para bailar. Ya no hay inquietudes. Por eso a los jóvenes tangueros les cuesta tanto surgir y darse a conocer. Yo grabé un tema con estos muchachitos de Los Auténticos Decadentes, porque yo conozco a los humildes y los interpreto.
-En lo que a mí respecta me siento feliz de cantar lo que canto -aclara Tormo-. Todos los días vocalizo, no fumo ni tengo vicios raros. En cuanto al folklore, menos mal que surgieron chicos a los que se les dio por cantarlo, porque si no se nos moría.




