
El año en que murió Ray Charles
No han sido doce meses de sucesos artísticos memorables, pero un acontecimiento funesto hará que 2004 quede en la historia de la música popular señalado como el año en que murió Ray Charles, un artista inspirador como pocos para quien es imposible imaginar, no ya un reemplazante, sino al menos un equivalente contemporáneo.
La misma sensación de pérdida irremediable, de cierre de un período de esplendor -por no decir el fin- para muchos rubros que se produce al recordar otros importantes creadores desaparecidos recientemente, se trate de percusionistas (Domingo Cura, Elvin Jones), guitarristas (Carlos Paredes, Barney Kessel), cantantes flamencos (La Paquera de Jerez, Tomatito), uno más de los Ramones (Johnny), crooners franceses (Sacha Distel, Claude Nougaro), un visionario del jazz como fue Steve Lacy, el último de los grandes orquestadores (Billy May) o ese maestro del tango llamado José Libertella.
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La mayoría permanecía en actividad -más de uno dejó el mundo de los vivos encima de un escenario- y todos ya habían dicho lo suyo de manera grandiosa, pero seguían siendo indispensables como referencia en tiempos en que la honestidad, la imaginación, el fervor, la audacia o el simple encanto personal en que asentaron su arte son cualidades que ya no se requieren en un intérprete popular.
Es ese espíritu de creación sincera y entrega total que caracterizó a la lista de bajas de 2004, lo que ha ido desapareciendo de la música en todas partes, reemplazado por el oportunismo de imitar el pasado -a veces muy reciente- sin conocerlo y tratando desesperadamente de que la adulteración no se note de inmediato.
Una prueba de esta decadencia es la resurrección de una cantidad de números de rock esfumados a comienzos de la década pasada para los que nadie podía imaginar la segunda oportunidad que les ha dado este año. Kraftwerk, por ejemplo, pioneros alemanes de la electrónica, en silencio desde 1991, la misma temporada de la disolución de Devo, que también está de vuelta, lo mismo que Psychedelic Furs, The Pixies, Duran Duran -alejados de los estudios durante dos décadas- y Morrissey, que con sólo siete años sin grabar es casi un debutante.
No es que la música de esta gente se haya vuelto imprescindible, pero, además del ingrediente nostálgico que inevitablemente agrega su larga ausencia, al menos conserva una capacidad de atracción y una urgencia difíciles de encontrar en el producto actual, que, a falta de nuevos compositores, ha seguido abusando de notables canciones del pasado.
Como viene sucediendo todos los octubres, Rod Stewart lanzó su tercer volumen de estándares norteamericanos, un repertorio infalible al que este año también se sumó, sin necesidad, Caetano Veloso, y retornó Linda Ronstadt, que dos décadas atrás fue la primera en advertir que hasta una decaída estrella country podía reconstruir su carrera con viejas piezas de Berlin o Rodgers.
Sólo porque Robbie Williams es el ídolo del momento y canta el tema principal de "De-Lovely", un film biográfico sobre Cole Porter, se explica la publicación del álbum con su banda sonora, en el que se acumulan nombres todavía más extraños a esa música, como Elvis Costello, Sheryl Crow y Alanis Morissette. Algo similar a lo que sucede con una producción gemela, "Beyond the sea", en la que Kevin Spacey encarna a Bobby Darin y canta todos sus éxitos, que iban del folk al rock pero privilegiaban el llamado Great American Songbook.
Esta modalidad de compensar la escasez de buenas canciones retomando clásicos con una intención que no les corresponde también resulta eficaz en el género latino, que este año ha visto crecer el fenómeno de Diego "El Cigala", un cantaor flamenco del montón hasta que alguien le tiró los boleros, tangos y coplas célebres que han convertido al álbum "Lágrimas negras" en un suceso mundial.







