"El caballo criollo tiene un pasado real"
A boca de jarro: Carlos Dowdall
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"En las cortes europeas, el caballerizo mayor del rey era tan importante como el ministro de Economía", comenta Carlos Dowdall, presidente de la Asociación de Criadores de Caballos Criollos. Dentro de unas horas, a manera de cierre, comenzará el remate de los mejores ejemplares de la Gran Exposición de Otoño 2004, en Palermo, y mientras tanto Dowdall recorre la muestra controlando los últimos detalles y cuenta sobre su pasión por criar caballos.
-¿Tan importante era el caballo entonces?
-Imagínese, era el encargado de elegir las caballadas del reino, de entrenarlas y alimentarlas. El caballo era importantísimo, una mala caballada podía hacer perder una guerra.
-¿Recuerda algún ejemplo?
-Entre 1854 y 1856, Inglaterra, aliada con Francia, Turquía y el reino de Cerdeña, libró la famosa guerra de Crimea contra Rusia. La caballada de la reina Victoria estaba integrada por pura sangre, animales acostumbrados a la manta, el cuidado y la ración. En cuanto llegaron a la península comenzaron a morirse y a enfermarse, y si Inglaterra ganó la guerra no fue precisamente por sus caballos sino porque tenía aliados poderosos; recuerde la traumática carga de la brigada ligera, que fue el tema de una película de Errol Flynn. Al año siguiente, tuvo que afrontar otra contienda difícil, la rebelión de los cipayos (las tropas nativas) y los ingleses comprendieron que si volvían a insistir con los pura sangre, perderían la India. Tenían buena información y vinieron a Buenos Aires a comprar 1500 caballos del Plata, también llamados caballos de hierro por su resistencia. En parte, gracias a ellos, la reina Victoria pudo ser coronada emperatriz de la India en 1877. En fin, hay muestras de que nuestros caballos hasta pueden ganar una guerra.
-¿Qué era el caballo del Plata?
-El antecesor de nuestro caballo criollo. La historia comienza en España, en el año 711, cuando Rodrigo, el último rey visigodo, es derrotado por el general bereber Tarik, en la batalla de Guadalete, y los árabes se apoderan rápidamente de la península.
-¿Cómo hicieron?
-Los árabes revolucionaron la manera de encarar la guerra. Usaban el potro berberisco, un animal ágil, veloz, resistente y acostumbrado a las privaciones, porque su hábitat era el desierto; incluso, lo ensillaban de otra manera. Atacaban sorpresivamente como una guerrilla y las pesadas caballadas heredadas de la dominación romana no podían detenerlos.
-¿Y el caballo árabe?
-El caballo árabe era el que usaban los jeques, la tropa usaba el potro berberisco. Cuando comienza la conquista, esos mismos caballos llegan en grandes cantidades a América. Entonces se produce un fenómeno curioso: buena parte escapa de sus corrales y vaga durante casi 400 años por la pampa, una pradera muy fértil con lluvias regulares. Y así, se va creando por selección natural (sobreviven los más fuertes) un biotipo extraordinario que participa en las guerras de la Independencia y luego en las luchas civiles y, como mencioné, en la rebelión de la India. Sin embargo, a fines del siglo XIX, cae en desgracia: se ponen de moda las razas inglesas y de tiro liviano, y el caballo criollo es despreciado y cruzado con otras razas. En la época del Centenario, estaba a punto de desaparecer.
-¿Quién lo salva?
-Un grupo de entusiastas, capitaneados por el doctor Emilio Solanet, un veterinario, y entre otros mi abuelo, Roberto Dowdall, que recorren el país iniciando el rescate. Solanet va hasta las tolderías que había en la Patagonia y compra 30 yeguas, pero además descubren tropillas en Corrientes, San Luis, Mendoza y Buenos Aires. En 1923 fundan la Asociación de Criadores y mi abuelo es uno de los primeros presidentes, pero la lucha no terminó ahí.
-¿Qué ocurrió?
-El nuevo frente era la propia Sociedad Rural, donde un grupo mayoritario no reconocía el caballo criollo como una raza con el nivel necesario para ser aceptada por la entidad. Pero Solanet era un hombre de prestigio y asesor de la Sociedad. Pasan los años y poco a poco van consiguiendo un espacio hasta que, finalmente, la raza criolla ingresa en los registros genealógicos de la Sociedad Rural.
-¿Cómo llega a la Asociación de Criadores?
-Viendo y escuchando a mi padre que, además de padre, era un gran amigo y también fue presidente de la Asociación, donde ingresé a los 10 años. Tengo una imagen muy clara y feliz de aquella época: veo mi cabeza apareciendo detrás de la balaustrada que rodeaba la pista central, que en aquel tiempo era de mampostería, para ver a Huilcan -era el nombre de un cacique-, un padrillo que había presentado mi padre. Hasta me habían asignado una tarea...
-¿Qué hacía?
-Mi delicada misión era llevar el hipómetro (ríe), un aparato enorme de madera que servía para medir la altura de los caballos. Era pesado y no muy fácil de transportar, pero yo me sentía orgulloso.
Con petisos
El cine distorsionó la imagen de las caballadas históricas. Suponemos que los caballeros medievales que competían en los torneos tenían caballos enormes capaces de soportar el peso de un jinete y su armadura. Sin embargo, no era así: los estudios demuestran que eran animales más bien pequeños, pero fuertes. Un jinete normando, por ejemplo, era pura coraza, pura armadura. En cuanto a las míticas huestes de Atila -donde pisa mi caballo no vuelve a crecer la hierba, decía-, amenazaron Europa montados en animales casi enanos y muy morrudos, sobre los que los hunos guerreaban, dormían, comían, vivían.




