Sábados a las 21 / Canal 9.
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Puro cuento
Una propuesta inocua que se sostiene en los clisés.
Una de las críticas que más frecuentemente se formulan a este gobierno es, justamente, su poca tolerancia a la crítica. Notoriamente, la intolerancia oficial no se manifiesta en censura sino de un modo más sutil: el gobierno destina enormes fondos a realizar publicidad oficial en medios privados; la contraprestación de ese dinero no sólo es el espacio de publicidad que compra, sino, como es sabido, la complicidad del medio. El caso de Canal 9 es paradigmático: a poco de asumir el gobierno de Néstor Kirchner era el medio más duro con las políticas oficiales. Al poco tiempo, las figuras emblemáticas de esa ideología desaparecieron de la pantalla, para regresar saneadas, "moderadas". Esta transformación de la posición del canal (que estaba en convocatoria de acreedores) no coincidió con ningún cambio en las políticas del gobierno sino, curiosamente, con la revitalización económica de la empresa. Claro que demostrar que un medio ha sido cooptado por dinero público no es una tarea sencilla, de ahí lo extendido de la práctica. Sin embargo, basta ser un espectador de televisión más o menos atento para encontrar un fundamento más que razonable a la sospecha. Esa práctica se transparenta en El club de los famosos, un programa de animación 3D, el primero dedicado a los adultos de nuestra televisión, emitido por Canal 9. El envío, con formato de comedia de situación, transcurre en el club del título, un bar frecuentado por –¿qué otra cosa?– famosos de la política y la tevé. Fernando de la Rúa, Carlos Menem, Aníbal Fernández, Mauricio Macri, Elisa Carrió, Ricardo López Murphy, Susana Giménez, Mirtha Legrand, Adrián Suar o Mario Pergolini son las caras animadas que pueblan las mesas del lugar. De toda la caterva de políticos representados, el único ligado al gobierno es Aníbal (Fernández), mostrado, en un flashback, como un alumno aplicado que lleva manzanas a sus maestros. El Presidente y su mujer acaso sean los personajes más caricaturizables de la política actual. Sin embargo, en el universo de este programa, simplemente no existen. El programa presenta el sinsentido de incluir a todos los políticos (ajenos al gobierno) más reconocibles y no atreverse a hacer humor político. En el primer episodio, el problema central fue que el dueño del bar debía aprobar un examen para obtener el título secundario y recibía la ayuda de sus célebres parroquianos, cada uno construido como la sumatoria de los clisés que circulan respecto de ellos (Pergolini es insolente; Susana, gorda; Mirtha repite "carajo, mierda"). A pesar de algunos gags efectivos (Suar justifica la invasión de Israel a la franja de Gaza porque "estar en Gaza es muy bueno") y de las logradas caricaturas, tanto en el dibujo como en la voz, de políticos (no oficialistas) y conductores, el programa fracasa no sólo porque no logra salir del comentario obvio acerca de cada personaje, sino porque no tiene el suficiente veneno con quien lo merece. El resultado es inocuo, blando, en suma, complaciente, cosa que desactiva el humor. El intento de realizar una serie de animación para adultos en nuestra televisión es más que loable, lástima que a éste le falte garra.
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