Tom Hanks, Audrey Tatou y Ian McKellen. Dirigida por Ron Howard.
1 minuto de lectura'
Tom Hanks y la última cruzada
La esperada adaptación fílmica del best sellers más vendido de los últimos años falla en lo más esencial: no es entretenida.
Cine para las masas, o un Harry Potter para adultos
Treinta millones de lectores alrededor del mundo no pueden estar equivocados. Aunque las virtudes literarias de El Código Da Vinci son más que discutibles, nadie puede negar el impacto masivo del libro. Nos guste o no, se trata de un fenómeno pop sin referentes en la industria editorial. Mucho de su impacto se ha debido a factores anexos al producto, como la polvareda que ha levantado la Iglesia en su contra. Que obispos y curas digan que un católico no debe leer el libro –o ver el filme– es una invitación a disfrutarlo y convertirlo en tema de conversación.
Bastante respetuoso de su fuente novelesca, la historia de El Código Da Vinci es más que conocida. De paso por París, Robert Langton (Tom Hanks), un profesor de Harvard, experto en simbología religiosa, se ve involucrado en el asesinato de Jacques Sauniere (Jean-Pierre Marielle), curador del Museo de Louvre. Fache (Jean Renó), inspector de la policía francesa, y miembro de Opus Dei, cree que Langton es culpable y le tiende una trampa. Pero una detective –y bella criptóloga–, Sophie Neveau (Audrey Tatou) lo salva de ser apresado. El detalle es que Neveau es nieta del muerto. Mientras eso sucede, un monje albino llamado Silas (Paul Bettany), asesina a la mitad de la ciudad luz, mientras el obispo Aringarosa (Alfred Molina), también del Opus Dei, trama un complot religioso de implicancias apocalípticas. La llave de todo el misterio es la omnipresencia del Santo Grial y de Sir Leigh Teabing (Ian McKellen) un anciano inglés obsesionado con el cáliz de Jesucristo.
Ron Howard (Apollo 13, Una mente brillante) es un artesano hábil y a pesar de que su película cae en largas explicaciones y datos gratuitos, cumple con todo lo que promete. Sin embargo sus diálogos empalagosos y a veces tediosos acaban por pasarle la cuenta, también las secuencias de recuerdos y reconstrucciones del pasado insertas en tonos sombríos y cursis cámaras lentas. La suma de lo anterior hace que la mitad de la cinta se haga lenta y cansina, lejana a la dinámica del libro que la inspiró. Gran falencia es responsabilidad del casting. Tom Hanks no convence como esa especie de Indiana Jones de biblioteca que es Robert Langdon, papel para el cual hubiese sido más apropiado alguien como Russell Crowe. Audrey Tatou puede ser la princesa gala más linda del momento, pero con su carita de ángel pasa más por alumna de colegio privado que por criptógrafa estrella. La pareja es taquillera, pero no convence y lo que es peor, la necesaria tensión sexual entre ambos es gélida como sólo puede resultar de juntar a Forrest Gump con Amelie.El Código Da Vinci es un Harry Potter para el público adulto. Así como el libro hizo leer a los que no leen, llevará a las salas de cine a los que nunca se aparecen por una. Pero, en un año más, nadie se acordará de la película.






