Hernán Garrido-Lecca es economista, literato, inventor, asesor de grupos musicales y productor de Piratas en el Callao, primer largometraje animado en 3D hecho en Latinoamérica, que llenó cientos de salas en el continente. Ahora, busca repetir el éxito con Dragones: Destino de fuego. Este empresario polifuncional nunca esperará que un estudio hollywoodense le bendiga los alimentos.
1 minuto de lectura'
Si otro lo pudo hacer, él también podrá. Hernán Garrido-Lecca observa cómo los dos periodistas hacen apuntes para una crónica que él también podría escribir. Y orondo deja que enfoquen su fisonomía multinacional luego de estudiar los movimientos de la mujer que lo retrata. “Yo también tomo fotos”, le dice. Pesa más de ciento diez kilos, usa camiseta negra Tommy Hilfiger, bermudas crema y sandalias en una mañana de quince grados centígrados ¿también podrá resistir el frío?
Hernán Garrido-Lecca, hombre misceláneo, es de argumentos extensos, como si percibiera que resulta fácil convencer con tantas acciones encadenadas. Describe el modelo de su cámara y dice que tomaba fotos para luego venderlas en las calles cuando estudiaba en Harvard. No se enfría a pesar de sus trajes breves, pero sí se agita. Por eso, en su terraza, prefiere reposar su cuerpo en un sillón, que en realidad es para dos, y con su gesto de saberse siempre en ventaja lanza una máxima hedonista y acaparadora: “el placer está en hacerlo todo”. Y los periodistas le creen.
Es primera hora de un sábado. Las zonas residenciales de Lima descansan hasta el mediodía. La casa de Los Garrido-Lecca ocupa la mitad de una cuadra. En sus alrededores no hay gente, las pistas indican que anoche llovió. Hernán Garrido-Lecca Montañez, a sus cuarenta y cinco años, es una enumeración de vidas paralelas. Es un economista mediático, inventor con siete patentes, literato con más de diez libros publicados, asesor de grupos musicales como TK [“yo sugerí el nombre de su segundo disco”], político romántico y productor ejecutivo de Piratas en el Callao, primer largometraje animado en tercera dimensión hecho en Latinoamérica. El protagonista: Alberto, un niño con look a lo Jimmy Neutrón, que en una visita escolar a una fortaleza armada, a orillas del Pacífico, cae en una escotilla y viaja a través del tiempo. Llega al siglo XVII. El escenario: piratas holandeses planean desembarcar en el puerto peruano del Callao y saquear las riquezas de la corona española. La trama: Alberto conoce a Ignacio, otro viajero como él, y juntos cogen espadas y se enfrentan a los invasores. La pregunta: ¿te sentarías a verla?
Garrido-Lecca es un hijo del efecto múltiple que hace unos meses expresó en televisión el tamaño de su apetito: quiere comerse a los estudios Disney. ¿Tiene con qué hacerlo? Piratas en el Callao fue hecha con un presupuesto doscientas veces menor en comparación con las películas animadas de los estudios Disney-Pixar y Dreamworks. A pesar de esa austeridad, superó a muchas de éstas en las boleterías limeñas. Si Shrek 2, la cinta animada más taquillera de la historia del cine, costó más de 80 millones de dólares, Piratas en el Callao pudo ser terminada con medio millón, que fue recuperado en la tercera semana de exhibición en Lima. Todo ello, sin sumar el merchandising y la proyección fuera del país. La película, distribuida por UIP [United International Pictures], fue estrenada en simultáneo en Perú y Bolivia, a fines de febrero de 2005. Piratas en el Callao ha sido vista por más de un millón de latinoamericanos. En agosto llegaron a México: los vieron más de 300 mil personas. Un mes antes, y rebautizada como Piratas en el Pacífico, la expedición ancló en Argentina, Chile, Uruguay y casi toda Centroamérica. Este año, los piratas cruzarán océanos y anclarán en África, específicamente en Uganda, Kenya y Tanzania [Festival de Zanzíbar]. La película ha sido vendida a Italia, Hungría, Turquía e Indonesia.
Si otro lo pudo hacer, pues él también y mucho mejor. Desde niño lo supo. Cuando estudiaba en la primaria, se juntaba con su amigo Alfredo “Chicho” Lozano para jugar ajedrez durante las clases de matemáticas. El profesor encargó una tarea que, a sus compañeros, les iba a tardar toda la clase resolver. Hernán y “Chicho” jugaron sin distraerse por la tarea. A quince minutos del final, un todavía delgado Hernán se acercó a uno de sus compañeros y le preguntó por las operaciones. “Ya acabé”, fue la respuesta. Garrido-Lecca y Lozano se sentaron a trabajar a menos de diez minutos para la hora de entrega. “Si la chusma lo pudo hacer en treinta, nosotros lo haremos en cinco”, dijo Hernán. Y lo hicieron. En esos años de colegio apareció otra habilidad de Hernán Garrido-Lecca: evitar la competencia eligiendo un camino alterno. Hacer la diferencia. Cada campeonato de fútbol traía una disputa por las camisetas. Todos querían la “10” de Pelé. El niño Hernán sonreía a un lado de la cancha. Tenía la “14” de Johan Cruyff.
“Chicho” Lozano dice que su amigo de toda la vida es una mente brillante. Pero se sabe con autoridad para criticarlo, como para decir que Hernán Garrido-Lecca a veces habla mucho y que sus opciones políticas no tienen un futuro feliz. Javier Pérez, su profesor de Historia del Arte en una universidad limeña dominada por los cálculos y las finanzas, recuerda que no apuntaba nada en clase y, sin embargo, sacaba buenas calificaciones. “Era un alumno genial”, dice Pérez, quien aún puede ver a Hernán como ese dirigente estudiantil en el centro del movimiento. En la actualidad, Javier Pérez es un abuelo que compra los textos de su ex alumno para leérselos a su nieta.
Para Hernán nada es demasiado, lo suficiente le es ajeno. Hacerlo todo y hacerlo bien. Se exige. ¿Y cómo lo hace? Su secreto: dormir cuatro horas al día y no contestar los celulares [tiene tres]. Si alguien le pide una cita dirá que le escriba un correo electrónico. A los veinticinco años era vicepresidente de uno de los bancos más importantes de Lima. A los treinta trabajó como profesor universitario y reunió tantos diplomas como cuadros de Botero –con el autógrafo del mismo Fernando, en el centro de su sala de estar– y máscaras recolectadas en sus viajes al África. Las fotos, esta mañana de sábado, serán muchas. Garrido-Lecca lo soporta con humor.
–Que no se me note la papada –es lo único que pide.
“Todos los economistas viven del cuento”, dijo Garrido-Lecca unas semanas antes de abrir las puertas de su casa. Este hombre dedica tardes enteras a la atención de socios potenciales o gente que le pide trabajo. Aquel día tres personas lo esperaban en el hall de su oficina, ubicada en el distrito de San Isidro, centro financiero de Lima. Eran las dos de la tarde y no había almorzado. La oficina es un pequeño centro multinegocios. Aquí conviven una revista de economía, una productora y una empresa de asesorías. En el amplio jardín del local de dos pisos los animadores de Alpamayo Entertainment [empresa que realizó Piratas en el Callao y que es conducida por Garrido-Lecca] improvisaron algo parecido a un refrigerio campestre. Hernán salió a observar a sus muchachos, no podía acompañarlos en la mesa porque tenía citas pendientes. “Cómo quisiera ser animador”, dijo mientras iba a la sala de reuniones. No sonreía, no estaba bromeando.
Producir Piratas en el Callao le confirmó que el talento siempre está cerca. “Una vez me buscó un músico que quería participar en la película”, recordaba Hernán. Le dijo que buscara a Eduardo Schuldt, director del filme; pero éste no lo quería atender porque lo veía viejo y su rostro no correspondía al de “alguien exitoso”. Garrido-Lecca se enfadó. Cual huracán arrasó a Schuldt y le dijo: “cuando yo te encontré tú no eras nadie, así que atiende a ese señor”. Le hizo caso.
–¿Y qué pasó con ese músico?
–Ah, era una bestia –liquidó.
La puerta levadiza de la cochera se había replegado para dejar entrar a los invitados sin invadir la vereda. “Es uno de mis inventos”, dice Hernán, quien es presidente de la Sociedad Peruana de Inventores. En 1997, en un torneo internacional de Ginebra, recibió una medalla de oro por su Eco-Cubeta de Hielo. Era un objeto que permitía retirar los cubos de hielo uno por uno sin que los demás cayeran. Así de simple y necesario, hecho a la medida de quien quiera tomarse un whisky en las rocas. “Es el único de mis inventos que me da plata”. Desde 2002 recibe doce mil dólares al año por esta patente. Hoy, una compañía americana fabrica miles de hieleras de plástico con las palabras Made in Peru.
En unos minutos, la calma sabatina abandonará a los Garrido-Lecca. A las nueve de la mañana empezará la charla de primera comunión de María-Chloé, la hija menor. Llegarán más de diez niñas a la casa, pero las paredes de este lugar están protegidas contra el ruido. “Esto es una obra de Javier, mi primo que es arquitecto”, dice. Javier es hermano de Maritza Garrido-Lecca, la bailarina que fue apresada el 12 de septiembre de 1992 junto a Abimael Guzmán, líder del grupo terrorista Sendero Luminoso. Ella acaba de enfrentar un nuevo juicio después de trece años de haber sido sentenciada a cadena perpetua por jueces sin rostro –unos magistrados que en esos años no revelaban su identidad para sentirse más seguros–. Su nueva condena se ha reducido a veinte años.
La terraza de su casa tiene tres sillones y al centro una mesa, copada por una colección de pequeñas macetas: el patrimonio ecológico de Wally Palacios Khun, la risueña y delgada esposa de Hernán. Se emociona cuando habla de su marido y cuando ofrece jugo de naranja. Su cabello rubio y piel clara son un registro de su ascendencia alemana. Wally es abogada, también inventora, también de varios diplomas. No es bueno desequilibrar las balanzas en un matrimonio.
Si Los Increíbles son una familia de superhéroes camuflados en la vida de unos mortales comunes y corrientes, los Garrido-Lecca lucen tan normales que hasta parecen extravagantes. En esta historia Hernán no es el Sr. Increíble, aunque pelee por mantener la calma en su abdomen. Pero Wally sí es la Chica Elástica. Sus funciones en el hogar se multiplican por tres hijos. Mijael, de 16 años, quiere tocar la guitarra como Bob Dylan pero hoy tiene que soportar un resfriado en plena clase de matemáticas a domicilio. Patricio, de 12, sólo quiere correr en moto acuática. La pequeña María-Chloe, a sus nueve años toca violín, piano y está a punto de empezar con el chelo.
La clase de primera comunión ha terminado. Las niñas han salido al jardín luego de probar refresco de gelatina y pastel. Garrido-Lecca toma un cuchillo y corta un pedazo, luego otro y otro. ¿Alguien quiere más? “Lo bailado y lo comido no te lo quita nadie”, es una frase de Hernán con la que su esposa resume sus 18 años de matrimonio. Se conocieron en octubre de 1986. En la primera cita le dijo que iba a casarse con ella. El compromiso tardó menos de dos meses. Como Hernán no quería ir con smoking a la iglesia en verano, se casó en abril.
Cuando a Garrido-Lecca se le ensancha el ego, Wally lo desinfla. “Ella es una de las grandes sacrificadas en mi vida”, dice Hernán. En toda la casa existe la motivación para crear. Quizá por eso Wally también decidió probar como inventora. Fue así que metió mano y cerebro al Chupón Pediátrico Dosificador, un engañabebés: el pequeño que lo succiona se toma la medicina sin darse cuenta. Por ahora, una universidad suiza tiene el encargo de hacer una versión industrial de este aparato casero. Si las grandes corporaciones tienen a mujeres en cargos de alta responsabilidad ¿Por qué Wally no iba a poder hacer carrera en su hogar? Ella gerencia la familia.
María-Chloé, su heredera, es como un análisis de mercado con ojos de caramelo. Es la primera en corregirle las historias. Incluso ya han escrito juntos Rosa, la ballenita vegetariana. Pronto será una de las autoras más jóvenes en publicar un libro.
–¿Para qué tienes grabadora? ¿Mmm…me estás grabando? –dice María-Chloé
En el jardín, la hija de Hernán ríe junto a dos amigas tan lindas y curiosas como ella, llevan ganchos en el pelo y pulseras, parecen unas modelitos de ropa en tonalidades frías y cálidas: todo el círculo cromático en tres cuerpos de nueve años. Sobre el techo de una casa de plástico con tobogán ven a Garrido-Lecca a su misma altura, cual niño alto y robusto, con canas y sin cuello. Una de las amigas le pregunta coquetamente: “¿cómo escribiste lo de los piratas?”.
–L’Hermite me lo contó –contesta.
Y es suficiente con eso. Ellas saben que Jacques L’Hermite es el malo de la película. Lo que Garrido-Lecca no les dice es que este capitán pirata existió en verdad. En 1624 incendió Guayaquil y decidió atacar el puerto del Callao, el más importante de la colonia española en América, con más de 1600 hombres y once barcos. Quería la remesa anual de plata que se enviaba desde las minas de Potosí a Panamá. Fracasó. Tampoco les cuenta que en un viaje al Museo Naval de Amsterdam se topó con el barco comandado por L’Hermite –para los holandeses un personaje de segunda– y que, como quien encuentra el cofre del tesoro, no resistió la tentación infantil de tomarse una foto.
Piratas en el callao –que ya habia sido montada en el teatro– sólo era un proyecto para hacer una película en animación de 2D. A Garrido-Lecca no le gustó el enfoque, lo más probable [aunque no lo dice] es que sus números no cuadraron. A mediados de 2003 le habló de su proyecto a un profesor que tuvo en la universidad sin saber que tenía frente a él la solución. Eduardo Schuldt, hijo de aquel maestro, dictaba un curso de animaciones por computadora. Reunión urgente. Tras cálculos apurados salió el presupuesto para elaborar un demo de minuto y medio. Había que seducir a los inversionistas. Garrido-Lecca tuvo que pagarles 2500 dólares a los animadores. Solución rápida: 2000 dólares en efectivo y 500 dólares en vales para consumir hamburguesas. Hernán Garrido-Lecca es director de Bembos, la franquicia peruana que en el Perú vende mucho más que Mc Donald’s y Burger King. El demo sirvió para convencer a Jaime Carbajal y a José Chang, los otros productores asociados. Chang es rector de una universidad privada de Lima y Carbajal, un excéntrico empresario que al ver el diploma obtenido por Piratas en el Callao en el Children’s Film Festival de Chicago, sólo dijo: “y cuánto dinero van a darnos por esto”.
“Siempre busco alternativas al discurso dominante”, dice Garrido-Lecca. Rebelarse contra lo establecido. Pasar de un demo de 90 segundos a una película de hora y dieciocho minutos: con 13 animadores, 30 computadoras y en sólo 17 meses. Piratas en el Callao es la película animada más taquillera en la primera semana de exhibición en Lima [más de 110 mil espectadores, casi el doble de Shrek 2].
Su empresa de animaciones aspira a ser líder en toda Latinoamérica. Una competencia podría ser la industria argentina, pero Garrido-Lecca dice que ésta ya trabaja con los estudios de Hollywood. Y nadie patea el plato del que come. “A nosotros, ellos [Disney y los demás] no nos financian, por eso salimos a competir sin deberles nada”, sentencia. Para julio de este año, se estrenará en paralelo, en Perú y México, Dragones: Destino de fuego, la segunda película animada de Alpamayo, también basada en una novela de Garrido-Lecca: John-John, el dragón del lago Titicaca. Ésta no tiene punto de comparación con Piratas. En Dragones podrán alternar 150 extras animados por escena, en la otra apenas cabían quince. Las voces de los personajes han sido grabadas por artistas de mayor renombre como el cantante peruano Gianmarco, ganador del Grammy Latino. El merchandising y distribución también serán de otras dimensiones. TV Azteca es coproductor del filme y financia la mitad del presupuesto de 800 mil dólares. Este canal mexicano ha lanzado una oferta para la compra del treinta por ciento de las acciones de Alpamayo. Uno de sus directivos, tras una noche de copas, le dijo a Garrido-Lecca con desbordado entusiasmo: “con la tercera película nos ganamos el Óscar”.
La amplia figura de garrido-lecca se ha paseado por casi todos los programas periodísticos de la televisión peruana, siempre presentado como una máquina feliz que receta soluciones para déficits y bancarrotas. Pocos sabían que esa suerte de gurú económico era un escritor, que luego de los treinta estudió una maestría en Literatura Latinoamericana. En 1996, la editorial Alfaguara le publicó Piratas en el Callao, la novela que dio origen a la película. Hernán Garrido-Lecca siempre quiso escribir: sus amigos del colegio le regalaban chocolates por cada composición firmada con nombre ajeno. La economía sólo fue un tema de supervivencia: “era lo suficientemente consciente de que como escritor me iba a morir de hambre”. Si Juan Rulfo trabajó para una fábrica de llantas mientras escribía Pedro Páramo, ¿por qué Garrido-Lecca no puede asesorar a importantes corporaciones y pensar, a la vez, en su próximo relato?
Para ir a la oficina que tiene en casa hay que subir por una estrecha escalera de caracol. Por allí, la circunferencia de su cintura pasa con sobrado suspenso. Su biblioteca ocupa una de las paredes y las otras lucen afiches de Piratas en el Callao [el libro, la obra de teatro, la película], un certificado que lo nombra Caballero Scout, un retrato de Miguel Grau, [el héroe peruano de la guerra con Chile en el siglo XIX], sus diplomas de Magíster en Administración en Harvard, y de Ciencia y Tecnología en Massachussets, y una carta de felicitación firmada muy fraternalmente por Alan García Pérez, presidente del Perú a mediados de los ochenta.
“Ése es mi mejor libro y no me hacen caso”, se lamenta Garrido-Lecca con su mejor cara de “yo-no-escribo-sólo-cuentos-para-niños”. Se refiere a De cómo quedé estando aquí, una colección de relatos breves que incluye uno dedicado a su esposa. Un cuento donde el título es más largo que su contenido: La más increible historia de amor jamás contada:Tú y yo
En un par de segundos, descubrirá que esa obra ha desaparecido de los estantes. Sospecha que su hijo Mijael se lo ha regalado a un amigo. Está muy enfadado pero no piensa recriminarle. Le pide a uno de sus asistentes [tiene dos en su casa, más una secretaria] que llame a las librerías. El telefonea a alguien más y le pregunta si todavía conserva un ejemplar. Esa voz le dice que no. Otro no en las librerías. El ambiente se carga de tensión y Garrido-Lecca sentencia antes de colgar: ¡Mato por uno!
Hernan extraña sentirse anonimo. Aunque quizá nunca lo haya sido. Lo extraña porque hace muchos años no se presenta a un concurso de relatos. Hoy, la sola mención a su apellido es una garantía de éxito. “A mí me publican donde vaya, de todas maneras”, dice. Su editora en Alfaguara, Mercedes González, reconoce que él es un autor ejemplar y muy disciplinado. “Su producción supera las posibilidades de publicación de cualquier editorial”.
Piratas en el Callao fue el primer libro editado por la filial peruana del sello Alfaguara y ya va por la séptima reimpresión. Casi catorce mil ejemplares que durante este tiempo han sido lectura obligada en algunos colegios. Escribir para niños y adolescentes es más difícil que hacerlo para adultos. Prohibido aburrir. Hay que ser ameno. Garrido-Lecca es una marca de confianza. Una fuerza de marketing que, como dice González, tiene contactos que sabe utilizar muy bien, y tantas ideas para promocionar sus libros que como promedio se venden casi dos mil ejemplares al año. Y también es muy hábil e inteligente para negociar sus contratos. La nueva edición de Piratas en el Callao, ilustrada con fotogramas de la película, ha sido el primer libro que se exporta desde la filial peruana de Alfaguara. Destino Argentina. En cambio, Rubén Silva, editor de Norma, que ha puesto en librerías El unicornio más veloz, el más reciente libro de Garrido-Lecca, dice que ha rechazado publicarle tres veces: “esas historias no servían”. Esto lo cuenta en una fiesta con música electrónica mientras bebe un sorbo de whisky. “El defecto de Hernán es que se apresura mucho al escribir”, dice Silva. Hace unos minutos el escritor-productor-inventor también estuvo por aquí, pero viendo a los mozos sólo con botellas de vino y vodka en las bandejas se alejó repitiendo: “¡Dónde hay algo para comer!”.
A diferencia del economista, del inventor, del productor, que tienen sus momentos de descanso, el Garrido-Lecca-escritor trabaja las veinticuatro horas. Una mañana, mientras explicaba los últimos detalles de su película, recibió la llamada de uno de sus socios. Tenían una reunión importante. “Estoy en el restaurante donde quedamos”, dijo Hernán cuando en realidad estaba recién saliendo de su casa.
–Mentira blanca, por eso uno es escritor.
¿Por que los piratas son ladrones tan fascinantes? Antihéroes con parche en el ojo y pata de palo. Malos sin disfraz. Las apariencias no navegan, sólo tienen lugar en los que ansían el poder. Poder y más poder: la política. En una encuesta realizada por la Universidad de Lima, el año pasado, se propuso la pregunta: ¿cuál de estos políticos podría asumir mayor liderazgo en el futuro? Hernán Garrido-Lecca obtuvo el 2,7% de las preferencias. El primer lugar –Álex Kouri, alcalde del Callao [una mera coincidencia]– tenía el 15%.
Aquella vez de la visita a su casa, Hernán estaba a punto de viajar a México, y luego al África. En su equipaje llevaba el libro The Animation Business Handbook y unas tarjetas personales donde al costado de su nombre figuraba la estrella roja del Partido Aprista Peruano [APRA- Alianza Popular Revolucionaria Americana], un partido político con más de ochenta años de fundado. La militancia de Hernán Garrido-Lecca viene de familia. De niño, en pleno gobierno militar, anotaba en las pizarras de su colegio: SEASAP [Solamente el APRA Salvará al Perú].
Cuando estuvo en el poder, el aprista Alan García Pérez dejó las arcas del Perú vacías y las calles sin seguridad. Una hiperinflación de más del siete mil por ciento y grupos terroristas que secuestraron algunos pueblos del país. Ya en 1988, en plena debacle peruana, Garrido-Lecca había dicho que García podría ser el mejor presidente si lo eligieran por segunda vez. Está convencido de que en las elecciones nacionales de abril podrá lograrlo.
En política las predicciones pueden ser una estafa. Por eso Garrido-Lecca no quiere hablar de más, pero dice que si García regresa al sillón presidencial existe la posibilidad de que él se convierta en una pieza clave del gobierno. Antes que ministro de Economía preferiría serlo de Agricultura. “Allí hay retos porque nada está hecho”. Para un buen gobierno se necesita gente que no crea en poderes eternos. Quién sabe, quizá la nueva figura de Alan García sea el último de sus inventos, la última de sus novelas, el último de sus piratas.
Todos los que giran en su órbita le reconocen una capacidad de trabajo increíble. ¿Los elogios de sus amigos –o de quienes quieren serlo– podrían distorsionar una autocrítica sincera? “El público fue benevolente con Piratas en el Callao porque ha sido la primera película peruana de animación”, dice Garrido-Lecca, quien reconoce lentitud en las escenas iniciales del filme y demasiados datos, fechas y nombres, que hacen pensar en una clase de Historia del Perú relatada con dibujitos.
Algunos críticos de cine coincidieron en los mismos puntos, pero María-Chloé dice que la película de su papá “es bonita y es buena porque está hecha en el Perú”. Luego de ir al cine, “Chicho” Lozano recibió una llamada telefónica. “¿Qué le pareció la película a tu hijo? Me interesa su opinión, no la tuya”, le preguntó Hernán. Los niños son clientes poderosos, el hijo de Lozano dio el visto bueno. Pasó la prueba. Sólo el comentario de un conocido crítico de televisión le fastidió: “Los atractivos son escasos […] Los textos flaquean […] Garrido-Lecca y su coproductor Jaime Carbajal, como cineastas, son estupendos ‹‹lobbistas››”. Las palabras se devuelven con palabras. Ojo por ojo. Garrido-Lecca está escribiendo una novela donde aparece una puta llamada Bellecilla. El hijo de este personaje llevará el mismo nombre y apellido de aquel crítico.
Garrido-Lecca ha comprado el veinticinco por ciento de Cinecorp, una empresa que ya rueda su primera película. Este año, Hernán ampliará sus producciones, pero con actores de carne y hueso. Su nuevo relato para niños se llama El hombre que no podía volar muy lejos. Pero ésa es su vida de ficción, porque en la realidad Hernán Garrido-Lecca ya tiene planes de pasear por las nubes. Ha dibujado el plano de un dirigible para un solo tripulante. Uno se imagina un globo de feria que lo llevará por los aires para que él, desde muy arriba, observe a la gente como hormigas. El bosquejo está enmarcado en la pared de su oficina y dice que será su próximo invento. Es el juguete que le hace falta. Un Toy Story con final feliz. Así quiere verse: solo en las alturas.





