El desquite de Max Bruch

Jorge Aráoz Badí
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8 de enero de 2017  

El compositor alemán Max Bruch vivió 82 años y cuando murió, en 1920, había reunido un catálogo poblado por más de una treintena de obras, con una docena de ellas consideradas musicalmente importantes. Pero en la década del 60, el crítico del New York Times le dedicó apenas esta línea: "Max Bruch fue un compositor exitoso en su tiempo, de quien todavía se ejecuta su Concierto para violín en sol menor".

Bruch integra la larga lista de creadores que permanecen en la vida musical por una única obra, aunque en su caso, son dos, porque el Concierto para violín nº 1, aún comparte popularidad con su Kol Nidrei, que casi todos los violonchelistas tienen en su repertorio. Lo cierto, es que el nombre de este músico, figura con escasa frecuencia en los programas de conciertos.

Sin embargo, el desquite de Bruch se produjo por el cine, una vía distinta al estrictamente musical, a la que no muchos compositores logran acceder. Siete años después de muerto, cuando se estrenó The Jazz Singer, primera película sonora de la historia, Bruch ya estaba allí con su Kol Nidrei.

Entre esta y Night of Cups (referencia a la carta del tarot, Rey de Copas) que es de 2015, transcurrieron 17 films para los que directores de cine, que trabajaron durante esos 88 años, eligieron composiciones de Max Bruch. Solitario para dos (1995); La camarera del Titanic (1997); Contigo o sin ti (1999); El mastín de los Baskerville (2000); Together (2002); Kinsey (2004); el documental Orchestra of Exiles (2012) y Grace de Mónaco (2014) son algunas de ellas.

Por lo general, la música incluida como integrante de una película, no cumple una función meramente decorativa. Los directores coinciden en que es preciso, que las composiciones escogidas se involucren estrechamente con el carácter del film, y tengan vuelo mental decisivo para generar cosas permanentemente.

La periódica, repetida y abundante elección de obras de Bruch para realizaciones cinematográficas, muestran una vez más, la sobrevida de que disfruta la música clásica y ayuda a entender que sus creaciones son siempre representaciones autónomas de la imaginación humana.

Max Bruch nació en Colonia, Alemania, el 6 de enero de 1838.

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