El dinero no hace la calidad
"Anna y el rey" ("Anna and the King", EE.UU./1999, color), producción hablada en inglés y siamés, presentada por Warner-Fox. Basada sobre el libro de Margaret Landon "Anna and the King of Siam". Guión: Andy Tennant, Steve Meerson y Peter Krikes. Intérpretes: Jodie Foster, Chow Yun-Fat, Bai Ling, Tom Felton, Syed Alwi, Randall Duk Kim, Keith Chin y otros. Fotografía: Caleb Deschanel. Música: George Fenton. Diseño de producción: Luciana Arrighi. Vestuario: Jenny Beavan. Edición: Roger Bondell. Dirección: Andy Tennant. Duración: 147 minutos. Nuestra opinión: buena.
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La historia dice que Anna Leonowens nació en Gales en 1834, que a los 15 años fue a Asia, donde se casó con un mayor alistado en el ejército de la India, que a los 24 años quedó viuda y vivió en Singapur con sus dos hijos hasta que, a los 28, Mongkut, el rey de Siam, la contrató como institutriz de su extendida prole. De su infrecuente experiencia en territorio oriental, Leonowens extrajo el material de dos libros, "La institutriz inglesa en la corte de Siam" (1870) y "La novela del harén" (1872).
También dice la historia que Mongkut fue el gobernante que abrió Siam a la influencia occidental y posibilitó el desarrollo moderno de su país (desde 1939 conocido oficialmente como Tailandia). Y que fue su hijo, el príncipe Chulalongkorn, quien prolongó y profundizó las reformas iniciadas por él.
Parece que la pintura que Leonowens hizo del rey siamés en sus libros -un tirano de crueldad infinita- no fue demasiado justa con el personaje. Pero ahí intervino Margaret Landon, que se inspiró en la historia para imaginar un cuento romántico que más tarde, Hollywood primero, Broadway después, y nuevamente Hollywood, se encargarían de hacer muy popular.
Cualquiera puede imaginar que "Anna y el rey" está más cerca de las invenciones de Landon (en las que se basó el primer film, con Rex Harrison e Irene Dunne) o las de Rodgers y Hammerstein II (autores del musical que triunfó en el teatro e hizo famoso a Yul Brynner en el cine) que de una documentada revisión histórica. También puede sospechar, sobre todo si ha visto las colas de la película, que a la vista de la abultada cantidad de dólares que se han invertido en esta flamante versión con Jodie Foster, lo que prevalecerá será la espectacularidad de los escenarios, la vistosidad del vestuario, el colosal número de extras y el derroche de exotismo oriental.
Finalmente, podrá maliciar que semejante receta demandará para concretarse en pantalla no menos de dos horas de proyección.
Acertará en todo. El cuento de la maestra inglesa y el soberano tailandés se prolonga por casi dos horas y media, que se hacen particularmente notorias porque el film ensaya todas las vertientes que la historia ofrece -el drama romántico, el gran espectáculo, la confrontación de culturas, el cuento de hadas con toques exóticos- sin decidirse francamente por ninguna.
Hay, claro, una historia central: la de la inglesa viuda, atrevida e inteligente, que primero tropieza con las reglas de una cultura que le es desconocida y después se las arregla para ir sembrando su influencia occidental y modernizadora entre su alumnado -íntegramente principesco, excepto su hijo (uno, el segundo, se ha perdido junto con algunos otros detalles de la historia)- y en el aristocrático dueño de casa, con el que se trenza en frecuentes duelos verbales nacidos invariablemente del contraste cultural.
A lo largo de estos torneos, en los cuales los dos afilan la lengua, el ingenio y la altanería, nace entre ellos un sentimiento amistoso, o tal vez algo más, lo que no deja de ser una complicación, no sólo porque él es noble y ella plebeya o por las abismales diferencias de origen, cultura y condición, sino porque el rey ya tiene veinticuatro esposas y medio centenar de concubinas.
De amores imposibles
Para aderezar el romance, se suman otros ingredientes. Algunos, de tono emotivo, como el desdichado amor imposible de una de las concubinas del rey o el que tiene en el centro a la princesita más simpática. Otros, que favorecen el despliegue de producción, como las fiestas de la corte (el famoso vals con el que todo el mundo recuerda a Deborah Kerr y Yul Brynner viene aquí en versión reducida y con Jodie Foster en traje de Cenicienta), las ceremonias de la cosecha o las numerosas escaramuzas guerreras a que da origen cierta traición.
Hay una doble puerta abriéndose a cada rato en el centro de la pantalla para descubrir, con el fondo musical ampuloso proporcionado por George Fenton, escenarios que presuntamente cortarán el aliento. En otros casos, el director Andy Tennant sortea los muros, eleva la cámara y hace vistas aéreas para mostrar cuántos decorados se han construido y con cuánto esmerado detallismo. Su imaginación visual, como puede deducirse, es módica. Y su noción del ritmo narrativo exige del espectador considerable paciencia.
Si el extenso film se hace, a ratos, más o menos llevadero, es por la buena disposición del elenco -Jodie Foster y Chow Yun-Fat, en especial- y porque, gracias a la minuciosa dirección de arte y el vestuario, siempre hay algún detalle en la imagen con el cual entretenerse.





