
El Dogma, al pie de la letra
"Los idiotas" ("Idioterne", Dinamarca-Francia-Italia-Holanda-Alemania/1998, color), producción hablada en danés, presentada por Distribution Company. Intérpretes: Bodil Jörgensen, Jens Albinus, Anne Louise Hassing, Troels Lyby, Nikolaj Lie Kaas, Henrik Prip, Louise Mieritz, Anne-Grete Bjaruls Riis, Luis Mesonero. Fotografía, guión y dirección: Lars von Trier. 114 minutos. Nuestra opinión: buena.
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Estamos en el reino del Dogma 95 -"Los idiotas" es su segunda manifestación-, lo que quiere decir que nuestra percepción de la imagen será tan inestable como si la proyección se desarrollara sobre un bote a la deriva, que los cortes serán abruptos, la continuidad de las escenas bastante tartamuda, la prolijidad inexistente y todo tendrá el aire experimental y desmañado de un film amateur. El problema es que, como los personajes que se hacen los discapacitados mentales en la película, también este amateurismo es deliberado. Responde a las rígidas normas del Dogma, hechas para rechazar el artificio y el anquilosamiento del cine industrial, con la misma rebeldía voluntarista con que los falsos idiotas de la ficción se oponen a la norma social.
En tal sentido, ningún otro film podría ser más ilustrativo de las propuestas del Dogma que éste. Hasta tal punto que ese "cine puro" que es el objetivo final de estos fundamentalistas de la cámara resulta casi tan ilusorio como el utópico anarquismo que propician los protagonistas de la película. Cabe la tentación de maliciar en la rebelión bastante ingenua y probablemente estéril que emprenden los personajes cierto tufillo a entretenimiento de burgueses sobrealimentados y abrumados por el tedio. Y queda a criterio de cada uno juzgar si es fundado o no extender esa suspicacia a la actitud de Lars von Trier y sus correligionarios artísticos.
Sin embargo, más allá de la contrariedad que el film pueda producir tanto por su propuesta formal cuanto por su contenido, hay en "Los idiotas" abundantes valores para ser tenidos en cuenta.
El retrato que hace el realizador danés de la enfermedad mental habla, por ejemplo, de su aguda observación y de la audacia con que es capaz de llevar adelante sus desafíos. Pero mucho más lúcido -y además ingenioso- es todavía su registro de cómo la sociedad reacciona ante una realidad tan perturbadora. Por supuesto, a esa penetrante descripción de comportamientos hace su decisivo aporte un elenco de admirable homogeneidad.
Un plan simple
El film descubre al extraño grupo de jóvenes con los ojos de Karen, una mujer retraída e insegura. Están en medio de un restaurante y actúan como débiles mentales cuyas actitudes imprevisibles e ingobernables desatan el desorden y siembran la inquietud del camarero y de otros comensales. Es sólo uno de los ejercicios que, para poner a prueba a la comunidad, practica esta suerte de secta que se propone recuperar "el idiota interior" que hay en cada uno. La incontaminada inocencia, podría presumirse.
El plan se cumple casi sistemáticamente. Hoy es un restaurante donde se salpica a los parroquianos; mañana una piscina pública en cuyo vestuario algún "idiota" exhibe su erección; otro día, un bar, donde un grupo de habitués que recuerdan a los Hell´s Angels queda a cargo del muchacho deficiente que se ha alucinado con sus tatuajes y necesita asistencia personal hasta para ir al baño.
La "normalidad" también es puesta a prueba cuando llega a la casa donde el grupo reside -que pertenece a un tío del líder y está en venta- una pareja de posibles compradores. Los falsos idiotas se encargan de desnudar los límites de la buena conciencia de los visitantes hasta boicotear la operación. Tampoco le va demasiado bien al funcionario municipal que llega con una propuesta de encubierto subsidio para que los fastidiosos anormales se muden de distrito.
Como en cualquier cofradía, cada uno debe demostrar a cada rato su devoción, es decir, su compromiso con esta incierta causa. Más tarde llegará el momento de avanzar un paso más: habrá que llevar el desafío a la propia casa, representar la idiotez en familia, en el trabajo, entre los seres que a cada uno le importan.
La entrega debe ser total. El triunfo de los idiotas es la derrota de la hipocresía burguesa. El problema -valga la reiteración- es que los idiotas que presuntamente han recuperado la felicidad y la pureza primitiva no son tales sino burgueses disfrazados y embarcados en una representación. No hay más remedio que preguntarse si estará, al fin, Von Trier tan libre de hipocresías como para arrojar la primera piedra.
Tal vez porque se reconoce "pecador" es que se permite pasar por alto reglas del Dogma, como cuando acompaña alguna escena con música de Saint-Sa‘ns ("El cisne") y cuando recurre a un par de intérpretes fogueados en la pornografía para incluir ese plano de sexo explícito que tanto ha dado que hablar.
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