Con Denzel Washington y Meryl Streep
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Made in USA
Jonathan Demme, con excepcional franqueza política.
Solo muy de cuando en cuando Hollywood sorprende con un film de insólita franqueza política, como sucedió en 1997 con la comedia negra Mentiras que matan (Wag the Dog ), dirigida por Barry Levinson, que se anticipó al escándalo Clinton-Lewinsky y a los primeros bombardeos sobre Irak. Ahora ocurre otro tanto con El embajador del miedo, inteligente actualización de un clásico que John Frankenheimer dirigió en 1962, cuyo tema y fecha de estreno no podían resultar más oportunos. Todas las cuestiones elaboradas por Michael Moore en Fahrenheit 9/11 son tratadas en clave de thriller , desde la codicia inagotable del capital privado globalizado hasta los soldados que sólo sirven de carne de cañón para la expansión de las corporaciones multinacionales.
El mayor Marco (Denzel Washington) descubre poco a poco que sus espantosas pesadillas son ciertas, que le han lavado el cerebro y que las cosas no son como las recuerda. Tratando de desentrañar ese misterio descubre un sofisticado complot para que la presidencia de los Estados Unidos sea tomada por un candidato (Liev Schreiber) que es, literalmente, el títere de una multinacional.
Demme no olvida que está haciendo un thriller: la intriga funciona y las vueltas argumentales se ubican siempre por delante de la capacidad de previsión del espectador. Pero esa intriga es sólo un esqueleto bien articulado, por encima del cual el realizador ha colocado un sinnúmero de elementos formales para apelar directamente a la experiencia cotidiana del espectador que, en los Estados Unidos, está decidiendo su voto ante la mirada del mundo. Así, el relato está saturado de aterradoras referencias al fraude electoral de Bush, a la pérdida de las garantías constitucionales, al enriquecimiento sideral de empresas vinculadas al poder político, a la violación sistemática de la privacidad y a la política como espectáculo mediático. En este sentido, los medios de difusión masiva son un personaje más en el film, gracias a la constante difusión de información crítica que emiten los canales de noticias en casi todo momento a lo largo del relato.
El embajador del miedo es un film saludablemente anticuado. Demme recupera el agobiante tono paranoide que ha sido la impronta de las mejores ficciones políticas de los 70, como La conversación (The Conversation , Francis Ford Coppola, 1974) o Asesinos SA (The Parallax View , Alan Pakula, 1974), a las que el film de Demme debe casi tanto como a su versión original.
Subrayar la permanente presencia de cámaras y dispositivos de vigilancia, de carpetas con informes confidenciales y casetes con conversaciones grabadas clandestinamente, es otro modo de potenciar la impresión de paranoia, tanto en el protagonista como en el espectador. El film recupera además la predisposición a la denuncia franca, enriquecida por ironías feroces, como cuando los representantes del poder corporativo se ufanan de poseer más dinero que toda la Unión Europea. Más inofensiva, pero también anticuada, es la cinefilia que Demme ostenta desvergonzadamente, no sólo en las referencias visuales a otros films que le gustan, sino también en la presencia de su mentor Roger Corman, que produjo sus primeras películas hace treinta años. En este sentido tiene gracia que Meryl Streep, una indiscutible diva del cine respetable y de clase a, aparezca inclinándose ante el rey de las películas baratas.
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