El estilo de Boris Vian
Por René Vargas Vera.
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La crítica de arte -la crítica musical- tiene sus bemoles. Bemoles para quien escribe y para quien lee. Los riesgos que acompañan a la crítica son no conocer la materia sobre la que se está escribiendo, no alcanzar a develar aquello que se esconde en el hecho artístico o caer en los caprichos y la petulancia cuando se debería tener por fin último el formar opinión.
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Boris Vian, trompetista de jazz, director de orquesta, periodista y prestigioso poeta y escritor francés (entre una docena de otras profesiones), de cuya muerte se conmemoraron 40 años el 23 de junio último, fue uno de esos implacables y temibles críticos de música. Durante, al menos, quince años entregó a diversas publicaciones múltiples artículos en favor del jazz participando en la querella entre viejos y modernos, que agitó el pequeño mundo del jazz parisiense en 1947. El Boris Vian que estaba en contra de sermones y predicadores, de la guerra, del trabajo en cadena, de la prisión del sistema establecido, de la injusticia, la intolerancia, la deshonestidad, la hipocresía, la cobardía, la imbecilidad, mostraba también con su pluma incisiva lo absurdo y cruel de la vida.
En ese intento, antes que el tono apocalíptico, Boris estaba convencido de que era preciso corregir riendo, como quien asume la máxima del poeta francés Santeul. Y esa risa era saludable para el intelecto. El juego de Vian era desdramatizar cambiando constantemente de tono, suscitando hábiles desarmonías entre el pensamiento y su expresión. El hablaba ligera, irónicamente de cosas serias y seriamente de cosas sin importancia. La provocación estaba a menudo más cerca del lenguaje mismo que del nivel de las ideas.
Uno de esos escritos suyos de demoledora ironía se refiere, precisamente, al jazz que tanto amó.
"El jazz es peligroso", escribe Boris: en un celebrado artículo publicado en noviembre de 1949 en Les Cahiers du Jazz, en París, aludiendo a "la fisiopatología del jazz" (!).
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Su escrito parece dirigido a nuestros directivos de emisoras radiales: "Tan lejos como uno se remonte en la antigüedad, se puede encontrar ejemplos de la acción esclerosante del jazz..., desde las trompetas de Josué... Entre los efectos deletéreos de una trompeta se cuenta la turbación patológica".
"Los trabajos del doctor René Theillier relativos a las lesiones provocadas por la agresión repetida de una causa cualquiera aclaran igualmente el peligro de toda música en ritmo regular. El jazz es el ejemplo más típico, y por este hecho sería necesario que los poderes públicos se decidieran finalmente a tomar el bisturí en la llaga y a encontrar el remedio a las psicopatías crecientes que parecen apoderarse de nuestros jóvenes contemporáneos."
Llegado a este punto, Boris advierte a los papás: desconfíen del jazz. El jazz produce entre ciertos individuos una reacción genética violenta. Y es, además, la fuente de todos los males que acosan a nuestra sociedad. Por eso insiste: ¡atención! Hay un peligro. Supriman el jazz y habrán matado el huevo de todos los gérmenes de rebelión social que engendrarán, tarde o temprano, la guerra atómica.
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