
El fantasma de Dulcinea aún ronda por El Toboso
La supuesta casa del personaje de Cervantes atrae al turismo
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EL TOBOSO, ESPAÑA.– Todo parece ir despacio en este pueblo toledano, típicamente manchego en sus casas bajas y claras, donde la imaginación de Cervantes ubicó hace cinco siglos la morada de Dulcinea, la figura femenina que pobló los sueños del Quijote durante sus aventuras en la llanura.
Y “La casa” del personaje –indican los lugareños sin sonrojarse– está al doblar una esquina perdida entre las calles angostas. Tiene una bandera de España en la puerta y el infaltable grupito de turistas extranjeros mirando hacia las cuatro direcciones, bajo la indicación de un guía que asegura “an dis-is-de-jaus-of-dulcinea”.
Varios desprevenidos disparan su cámara antes de que el hombre aclare y confiese que, siglos atrás, el caserón perteneció a una tal Ana Martínez Zarco de Morales, mujer casada a la que Cervantes inmortalizó como Dulcinea (dulce Ana, tal vez) con la intención de buscar un nombre que dijera y desdijese al mismo tiempo.
El Toboso es hoy un pueblito que no llega a los mil habitantes, al final de una ruta que atraviesa la meseta y cuya presencia se adivina desde lejos con la referencia de una torre, lo único elevado en varios kilómetros a la redonda. Y, también, lo único que se ilumina en la noche que sigue a un atardecer rosado y azul en la ruta helada que atraviesa olivares inmensos.
Llegan pocos visitantes, pero el pueblo actúa como si fueran muchos. Y todos llegan atraídos por lo mismo: el fantasma de Dulcinea, explotado al punto de convertirse en razón del caserío que lo rodea.
En invierno el frío duele. A las siete de la tarde ya es noche y no hay nadie en las calles apenas iluminadas. El bar Rocinante, que promete abrigo como un oasis, se encarga de romper el romanticismo: dos pantallas planas atronan con un grupo de rock español. Sólo una mesa está ocupada.
Peor es la perspectiva de regresar al frío y al hielo del camino. “Le serviré un aperitivo caliente y típico de aquí”, dice el camarero. Y vuelve al rato con un revuelto hecho con tocino, chorizo, sesos de cordero y... seis huevos. “Es lo mismo que comía Dulcinea”, dice, sonriente. El plato se llama Duelos y Quebrantos (sic). Y al rato uno empieza a intuir por qué.
Menú cervantino
El informativo irrumpe con noticias de Irak, el mundo lejano. El hombre apaga los televisores, se pone en papel y promete lo mejor de la “Cocina cervantina”. Pese a que no leyó ni leerá la obra fundacional del idioma español, sí asegura conocer “el fabuloso recetario que contiene y que aquí hemos mantenido”.
Desfila un pisto –tomate picado con ajos y papas–, un poco de perdiz en escabeche y “migas”, pan frito en el mismo aceite en que se procesaron –¡cuándo no!– carnes y tocinos. “Aquí se precisan calorías. Si hoy hace frío, imagine lo que era hace cinco siglos, cuando se escribió la historia...”, invita. La primera conclusión es que, con semejante dieta y pese a que el imaginario colectivo la describe de ese modo, difícilmente Dulcinea tuviera a la anorexia entre sus problemas.
Fuera, todo es silencio y desolación. Hay cuatro carteles seguidos que anuncian venta del famoso queso manchego: “La Blanca, Fraile, Dulcinea y Tobar del Oso”, pero no hay a quien pedírselo. “Habla con respeto, Sancho”, dice un cartel con una frase del Quijote.
Hoy tendría problemas con sus peculiares batallas: no se vio un solo molino de viento en los 130 kilómetros que separan este pueblito de Madrid.
Sí hay, en cambio, estilizados receptores de tres aspas para energía eólica. Pero si apenas podía con los enormes molinos, a éstos la lanza del hidalgo no les acertaría ni con ayuda.
España cambió muchísimo en estos últimos años. Pero en El Toboso, como en muchos pueblos de la misma meseta, las cosas se toman su tiempo. Tal vez su gente prefiera que sea así, más cerca de la Dulcinea que les da fama.
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