El hombre que murió dos veces

Pablo Sirvén
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30 de junio de 2012  

La sociedad mediática se volvió tan vertiginosa que considera una dilación innecesaria la agonía de los personajes y ha decidido suprimirla directamente. Un macabro per sáltum que suma dolor a la familia (no a los deudos) y hasta al enfermo (no al muerto), si llegara a enterarse.

Los ritos fúnebres públicos por el fallecimiento de personajes destacados, que antes llegaban a su debido tiempo (nunca un minuto antes) hoy padecen la misma compulsión, la exacta precipitación y el idéntico atropellamiento con que la gente vive su vida, una suerte de alocada película chaplinesca, pero no muda, sino llena de ruidos y, por cierto, poco graciosa.

Quién hubiera dicho: la eyaculación precoz tiene ahora un correlato, no en Eros sino en Thanatos. La ansiedad de los parientes de enfermos terminales por un desenlace anunciado que a veces es inminente, pero que en otras ocasiones se alarga, se ha trasladado ahora con más nervios y presiones al escenario mediático. Es urgente comenzar la catarsis cuanto antes... aun sin cadáver.

Las redes sociales, donde se entremezclan promiscuamente todo tipo de responsabilidades e irresponsabilidades, lanzan la versión sin mayores costos y bastantes horas antes de tiempo. ¿Cuál sería la explicación psicológica? Responder "deseo" no se compadecería con las genuinas muestras de dolor que se registran en estas horas por la partida de Juan Alberto Badía. El razonamiento pasa por "si está todo perdido, empecemos de una vez con el revival y las evocaciones".

Twitter, ya lo hemos comentado en estas páginas, tiene una pulsión muy fuerte y recurrente hacia la muerte. Lo hace de manera lúdica, cuando fomenta hashtags claramente paródicos; algunos "matan" por venganza a gente que está vivita y coleando; y otros hemos metido flor de pata. Por tanto, no es una fuente demasiado confiable, pero con la cual, de todos modos, se sienten presionados los medios tradicionales, mucho más desde que tienen páginas online y los urge la instantaneidad.

Como si ya no fuese suficientemente prematuro morir hoy en día a los 64 años, muchos medios le birlaron todavía un par de horas más a la vida de Badía, que se iba apagando.

Así, el hombre que supo ser cálido, sobrio, popular y nunca indigno en su trabajo murió dos veces, cuando no merecía morir ni siquiera una.

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