
El jazz hoy llora a Michel Petrucciani
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NUEVA YORK (EFE).- El pianista francés Michel Petrucciani, uno de los grandes nombres del jazz contemporáneo, murió ayer a los 36 años en el hospital Beth Israel, de Nueva York, a causa de una infección pulmonar fulminante, informaron fuentes de su casa de discos parisiense, Francis Dreyfus Music.
Petrucciani, uno de los músicos franceses más grandes del momento, nacido en Orange, en el sudeste de ese país, era hijo de un guitarrista de jazz y padecía una osteogénesis imperfecta, enfermedad que impide la calcificación ósea y que dificultó su crecimiento, pero que no le impidió desarrollar desde la infancia su pasión por el jazz.
Al conocer la noticia, el presidente de Francia, Jacques Chirac, calificó al artista como "un genio que supo renovar el lenguaje del jazz, consagrándose a su arte con pasión y coraje".
El jazz perdió a un estupendo pianista
Portento es la palabra. Portento, porque el de Michel Petrucciani fue exactamente un suceso singular que por su extrañeza o novedad causó la admiración en todo el mundo.
El portento resulta de conjugar aquella deletérea enfermedad de los huesos-la ostiogénesis- que constriñó su etapa del crecimiento hasta los cinco años, con la de un pianista fuera de serie en el campo del jazz, como fue el diminuto Michel.
La estatura de Petrucciani apenas sobrepasaba la de un piano de cola. Pero su cuerpo contrahecho reservaba todas sus energías para trasladarlas a sus brazos y sus dedos.
Los primeros indicios de su portentosa vitalidad pianística se hicieron patentes desde los cuatro años. Michel se había iniciado con la música clásica. Y cuesta creer que menudo niño pudiera acometer algunas sonatas como la Patética o la Apasionata, de Beethoven, o algún estudio de Liszt, o alguna pieza de Ravel o Scriabin.
Es que, al margen de la digitación, un pianista necesita, para lograr la plenitud de su técnica y expresividad, la fuerza orgánica, que se desplaza desde los pies hasta los dedos.
Michel Petrucciani no podía llegar jamás con sus pies hasta los pedales del piano, para apagar o prolongar los sonidos de las cuerdas. Si siquiera pudo alcanzar plenamente las ocho octavas del teclado.
Muchos pianistas clásicos hasta supieron erguirse sobre uno o dos pies para arremeter con toda la fuerza alguna de las obras de bravura de la literatura pianística.
Nada de eso le estaba permitido a Michel Petrucciani.
Quizá por tanta limitación física, en la que conjugaban las dotes naturales -otorgadas a contramano de la naturaleza humana- con su vocación, su temperamento indómito (reflejado en esa mirada desafiante de sus grandes ojos) y la influencia del papá -guitarrista de jazz-, Michel prefirió incorporarse al universo de la música afronorteamericana.
Todo empezaba a ocurrir en la academia de Montelimar, en su pueblo de Orange, en la Provenza francesa, cerca de Avignon, y en plena niñez, hacia fines de los años sesenta.
Camino del jazz
En la familia flotaba el jazz. Emanaba de la guitarra de papá y del bajo de su hermano. Michel ya se encontraba camino del jazz.
Por eso, ya con quince años, pudo integrarse para tocar junto a músicos de la talla de Kenny Clark y Clark Terry. Y registrar, ya de 17, su primer disco.
El pequeño pianista crecía en arte y en fama. Por eso le fue dado emprender, en 1980, una gira por Francia en dúo con Lee Konitz, antes de acometer con su grupo favorito: el cuarteto, cuando no tocaba solo.
Los recuerdos de su prolífica vida de conciertos por el mundo entero -unos ciento ochenta por año- son incontables a partir de aquel suceso en Montreux, cuando compartió escenario con Jim Hall y Wayne Shorter.
Compositor e improvisador como pocos, el arte de Michel Petrucciani cuenta con el sólido sustento de Duke Ellington. El mismo lo comentó aquí, cuando nos visitó en 1994, con apenas 32 años sobre sus espaldas: "Si tuviera que elegir, diría que lo que más me gusta es Ellington. Porque lo notable de Duke es que escribía melodías que son a la vez muy ricas y muy claras, fáciles de percibir para el oyente, y muy abiertas, para que el pianista improvise libremente."
Después llegarían las definiciones de los críticos sobre su estilo pianístico: que si Art Tatum, que si Bill Evans, que si Keith Jarrett.
Michel fue único, como no pueden sino serlo todos y cada uno de los pianistas. Sean de la música clásica o del jazz. Unico porque supo extraer de todas sus influencias, una síntesis magistral. Porque allí se reúnen la digitación infernal de Tatum y las exquisiteces armónicas de Evans.
Quizá por eso no valga demasiado compararlo con Jarrett. Es que Michel es mucho más volcánico y más intempestivo que Keith, si bien su fuerte es la improvisación sobre temas dados, que hace crecer en swing.
Hablamos en presente, porque Michel ha de vivir en sus grabaciones.
Al músico francés le encantaba tocar sin detenerse. Buscaba, en todos sus conciertos, su propio sonido a lo largo de las casi dos horas en las que se explayaba. Para él era lo ideal, ya que le molestaban los aplausos porque lo desconcentraban de las ideas que debía desarrollar en el teclado.
El legado
En diciembre último, la afamada editora musical neoyorquina EMI reeditó los siete discos que Michel había grabado entre 1986 y 1994 para la serie Blue Note. Es su legado.
Petrucciani barruntó, alguna vez, que el jazz se estaba muriendo. Y falleció justamente sin poder cristalizar uno de sus más caros anhelos: crear una escuela internacional de jazz en Francia.
A nosotros, los argentinos, nos queda el recuerdo de su actuación en el teatro Coliseo. Fue en 1994.
En aquella oportunidad nos dejó una "maratónica sucesión de standards" y, entre ellos, "complejas armonizaciones y delicadezas en la utilización del color musical".






