El laberinto real de las pasiones difíciles
El director de "Siete años en el Tíbet" revela que fue un drama de filiación el que originó sus películas más recordadas
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Es difícil saber por qué Jean-Jaques Annaud decide abrir la mochila de su historia personal.
Pero lo cierto es que el cine del exitoso realizador francés lleva la impronta de un secreto sobre su propia identidad. En diálogo con La Nación , el director de "Siete años en el Tíbet", recientemente estrenada en Buenos Aires, se permite hacer pública más de una verdad hasta ahora oculta. El personaje que compone Brad Pitt en "Siete años en el Tíbet" está inspirado en un hombre real: Heinrich Harrer, el alpinista austríaco que se propuso escalar un pico del Himalaya y llegó, en cambio, zarandeado por el destino, a la tierra del dalai lama. En el momento de partir rumbo a la montaña, el personaje, al igual que el verdadero Harrer, había dejado en casa a su mujer embarazada. Ese inicial malentendido con su paternidad se convierte en culpa y remordimiento.
"Conozco muy bien ese sentimiento por experiencia propia -confiesa Annaud-. Mi primera hija nació cuando yo consideraba que aún era muy joven para ser padre. Tenía veintisiete años. Pero, con relación a mi carrera, a mis ambiciones y a mi egoísmo creía que era demasiado pronto. De todos modos, como mi mujer tenía un enorme deseo de ser madre, yo cedí y acepté hacer (sic) ese bebe.Cuando la niña nació me dije: esto es para siempre. Pero mi mujer cambió de idea.
Primero me abandonó y dejó a la niña conmigo, y tiempo después volvió para recuperarla y se la llevó a vivir con ella y con su nuevo marido. Yo no tuve la posibilidad de hacer lo que había imaginado, es decir, ser el padre de mi hija.
Ese es el fracaso de mi vida, la gran culpa. Bueno, culpa... en realidad yo quería ejercer mi rol de padre, pero no tuve el derecho de hacerlo." Annaud hizo pie en un segundo matrimonio y desde esa línea de largada corrió en busca del tiempo perdido. A los 54 años, lleva diez gozando del mejor de los trofeos:el nacimiento de otra hija. "Quizá llegó un poco tarde para mí y para mi mujer, que tiene aproximadamente mi edad, pero yo quería tener esa hija porque era un modo de reparar mi falta.
Me hace feliz ocuparme mucho de ella. Ser padre o madre es algo fundamental. Es la transmisión de uno mismo. Yo transmito mis convicciones a través de mis films, pero también existe en los seres humanos el deseo de transmitirse a través de la genética, de transmitir la propia carne. Y una vez que uno ha transmitido su carne también quiere transmitir las ideas que acompañan a la carne".
A la luz de su historia personal, no es difícil comprender por qué sostiene que lo que más lo ha conmovido de "Siete años en el Tíbet" es "la cuestión de la culpabilidad y el perdón". Annaud supo lo que se siente al deambular en el laberinto de las paternidades difíciles.
Quizá por eso cedió a la tentación de conocer a Peter, el hijo del verdadero alpinista Heinrich Harrer. El encuentro tuvo lugar en Zurich, pocos días atrás. "El viejo Harrer me había contado algunas cosas que nunca le había dicho a su propio hijo.
Yo fui su vocero", aclara el director con el orgullo de un quijote dispuesto a desfacer entuertos ajenos .
El que no quería llorar
Puesto a recordar el encuentro con el hijo de Harrer, lo cuenta con lujo de detalles: "Me encontré con un hombre de 59 años que al hablarme del momento en que se reencontró con su padre, parecía un muchacho de quince. Me contó que al regresar del Tíbet, su padre era un héroe absoluto. Era tratado como un Dios por el hecho de haber sobrevivido en medio de todas las dificultades. "En cambio, yo era era nadie", se lamentaba Peter.
Le dije que para su padre él era todo en aquel momento. No lo podía creer. Le expliqué que su padre me lo había dicho exactamente en esos términos. "¿Y por qué nunca me lo dijo a mí?", quiso saber. Le expliqué que el problema fundamental de mucha gente es no poder decir las cosas más profundas. Y le puse como ejemplo una situación que le tocó vivir a Gérard Brach, el coguionista de muchas de mis películas".
En una tarde de domingo, en Buenos Aires, el director repite para La Nación el relato de la anécdota que en Zurich ha narrado para el hijo de Harrer.
"Gérard vive desde hace mucho con una mujer finlandesa -cuenta Annaud-. Tienen serios problemas de pareja. Viven juntos, pero no tienen una comunicación profunda. Una noche, llega de visita una amiga, y la mujer de Gérard toma una copa de oporto, sin recordar que es alérgica al alcohol. Su amiga se va, y al rato ella cae en un estado de catalepsia.
Mi amigo Gérard se lanza sobre ella y le dice:"Mimí, volvé, seguí viviendo. Sabés que te amo; sos el amor de mi vida. Te amo, volvé". Mimí despierta, la atiende un médico y se recupera. Gérard me cuenta esta historia al día siguiente de ocurrida. ¿Ella sabe lo que le dijiste en ese momento?, le pregunto. Gérard no lo sabe. En ese momento Mimí entra en el lugar donde nosotros estábamos conversando, y yo le pregunto si ha escuchado lo que le dijo su marido la noche anterior.
"No, ¿qué es lo que me dijo?", repregunta Mimí. Nos quedamos los tres juntos un rato más. Gérard permaneció en silencio, y hasta hoy no ha sido capaz de decirle las cosas que le gritó aquella noche de desesperación." El relato dispara una pregunta inevitable:¿Por qué hay que estar en una situación límite para poder expresar los sentimientos más profundos? "Por pudor, por autoprotección, por miedo a embarcarse en las emociones, por miedo a volverse frágil, por temor a la vulnerabilidad -responde Annaud-. En el momento en que uno dice "te quiero" o "te necesito", está perdido.
Yo conozco en mi propio pellejo ese tipo de sentimientos. Durante mi primera juventud, detestaba las emociones. Y las detestaba porque les tenía miedo. Hasta que viajé al Africa, a los 23 años, yo mitificada al intelectualismo seco. Para mí sólo existían el saber, la cultura y el intelecto. Ese era mi reino. Yo no quería amar porque no quería llorar".
Secretos y verdades
Puesto a mirar el horizonte de su propia carrera cinematográfica, Jean-Jacques Annaud imagina el futuro unido a su propio pasado. "El tema que siempre me ha fascinado es el de la transformación de un personaje a partir del encuentro con una civilización diferente.
No puedo desembarazarme de ese asunto. También me interesa el tema de la relación entre lo que somos genéticamente y aquello que podemos adquirir. La naturaleza frente a la cultura; el instinto frente al conocimiento." Cierto es que para obedecer a esa obsesión omnipresente, Annaud se ha impuesto el desafío de concretar películas imposibles. Cabe preguntarse cuál será la misteriosa fuerza que a la hora de contar historias de semejanzas y diferencias convierte a Annaud en un huracán capaz de barrer cualquier dificultad. Y en ese punto poco importa si se trata de reconstruir la Indochina de los años treinta para filmar "El amante", o de encargar la creación de un lenguaje especial para "La guerra del fuego" o de transladar el Tíbet a Mendoza.
Jean-Jacques Annaud se niega a salir de esta pregunta por el atajo de la respuesta de compromiso. Propone, en cambio, un viaje al fondo de su verdadera historia. Aunque duela. "Ahora que mi madre ha muerto puedo contar por qué me interesa tanto este asunto", dice con el alivio de quien finalmente va a desprenderse de una mochila demasiado pesada: "Viví toda la infancia aterrorizado por la idea de parecerme a mis padres.
En una crisis de adolescencia, de esas que duran media hora, me animé a confesarle a mi madre que tenía mucho miedo de parecerme a mi padre. Yo tenía 19 años. Mi madre me miró y me dijo: "Pero vos no sos hijo de tu padre. Quería decírtelo cuando fueras mayor de edad", y se fue".
Llegado ese punto del diálogo, el hombre de rulos blancos y ojos verdes parece haber olvidado que obtuvo un Oscar con su ópera prima, que acaba de filmar una película de setenta millones de dólares con Brad Pitt como protagonista y que ha ganado fortunas ejerciendo su oficio.
Ahora, sólo tiene memoria para el adolescente que fue. "De chico me había repetido a mí mismo: para escapar de la ley que indica que me pareceré a mi padre, tengo que transformarme -dice en el comienzo de un largo monólogo-. Y creía que mi única esperanza de transformación era aprender, ser buen alumno, adquirir conocimientos. Después de haber vivido muchos años con ese terror, de golpe me enteré de que mi genética era diferente. Y mi genética era de un poder enorme: me parecía terriblemente a mi verdadero padre".
Su padre biológico era un hombre al que Annaud conocía superficialmente, sin sospechar siquiera el vínculo de sangre que lo unía a él. "Cuando supe que aquel hombre era mi padre no podía creerlo -recuerda-. Yo lo admiraba. El era de un nivel social muy diferente del mío; me parecía alguien inalcanzable.
Y cuando supe la verdad, todo me resultó inquietante. No podía dejar de cuestionarme cuál era la parte innata y cuál la parte del trabajo que yo hacía sobre mí mismo para modificar la naturaleza que creía que me determinaba.
"¿Te das cuenta? -pregunta Annaud-. La razón por la que hice "La guerra del fuego" o "El oso" está ahí: porque tuve un enorme deseo de sumergirme en el universo biológico. Pasé mucho tiempo leyendo sobre la transmisión de la personalidad y de la modificación de la personalidad como consecuencia del entorno. Esos temas, evidentemente, me fascinan." ¿Cómo no iban a fascinarlo si su antiguo deseo de autotransformación lleva la marca de un amor en el orillo? "Cuando me revelaron quién era mi padre, yo estaba perdidamente enamorado de una chica que era la mejor de Francia en latín y griego, que era hermosa como el día y que logró ingresar en la escuela de estudios de nivel superior más exigente de todo el país.
Su hermana, su hermano y sus padres eran tan lindos y tan inteligentes como ella. Yo iba a la casa de ella y venía a una casa en la que se hablaba de todos los temas con una suerte de esplendor. Después, volvía a casa donde sólo se hablaba de pavadas.
En aquel momento tenía 18 o 19 años, era muy buen alumno, y estaba aterrorizado por la idea de ser prisionero de un destino. Es por eso por lo que me apasiona la historia de Harrer, por la posibilidad de modificar un destino." ¿Pudo encontrarse con su padre biológico en algún momento? Annaud escucha la pregunta, hace un silencio y finalmente dice:"Te voy a contar la historia tal cual fue. Cuando mi padre supo que yo me había enterado de la verdad, no quiso conocerme. Tuvo mucho miedo.
Después, extrañamente, su última mujer lo dejó y él volvió a relacionarse con mi madre. Un día, cuando yo tenía mi primer auto, fui a llevar a mi mamá hasta la estación del tren. Estacioné en una calle lateral y como era demasiado temprano para el horario de salida del tren, entramos a un bar a tomar un café.Allí, en un auto descapotable y espléndido estaba mi padre.
Durante toda mi infancia yo había escuchado decir que iba a tener dientes muy grandes.
Nunca entendí por qué mi madre insistía con eso. Mi padre era un hombre corpulento, con unos dientes muy lindos, pero también muy visibles. Extrañamente, él estaba dentro de su auto.
Nos miramos, los dos sonreímos al mismo tiempo y dijimos: ¡Voila! Yo me fui rápidamente.
Y, perdoname el final un poco melodramático, pero unas horas más tarde mi padre murió en un accidente automovilístico".
Pudor de otro tiempo
Cuando de sentimientos se trata, los hombres son capaces de aprender de la experiencia ajena.
"Mi encuentro con la cultura tibetana tuvo que ver con una etapa de mi maduración personal. En un momento tuve deseos de meterme en el mundo del Tíbet sin saber lo que buscaba ni qué iba a encontrar, y creo haber encontrado exactamente lo que buscaba", dice Jean-Jacques Annaud.
Sin necesidad de convertirse en seguidor del dalai lama ni de cambiar su condición de no creyente por la de religioso, el cineasta intenta sacar provecho de "los principios tibetanos respecto del modo de vida".
Mientras estaba yendo de París a la Argentina en pleno trabajo de "Siete años en el Tíbet", Annaud tuvo que ponerle el cuerpo a la angonía de su madre, ya muy anciana. Cuenta que entonces recordó la anécdota de su amigo Gérard Brach, autocondenado al silencio afectivo.
"Traté de decirle a mi madre cosas muy tiernas. Algo de eso logré. Pero ahora que ella ya murió, me doy cuenta de que extrañamente no he tenido el coraje de ir hasta el fondo de los sentimientos que tenía por ella. No le dije todo. No me animé a decirle todo. Un pudor incomprensible invade las relaciones y hace que uno no vaya más allá. Quizá, todo lo que me pasó fue que tenía mucho miedo de llorar...".
Cineasta de profesión, Annaud siempre puede alimentar la esperanza de decir en el cine lo que no se ha atrevido a expresar en la vida. "Es cierto -admite-.
La poca gente que me conoce muy bien sabe que mi último film es muy personal. Es tan personal que la mayor parte de las veces olvido contar lo que acabo de contarte, es decir que en mi vida la paternidad ha venido acompañada de un dolor muy grande y un sentimiento de culpa constante." Su hija mayor tiene actualmente veintisiete años. Cualquiera puede suponer que le sobra el tiempo para reafirmar lazos con aquel padre del gran malentendido. "Ella y yo mantenemos una relación de cierta armonía, pero aún no hemos llegado al punto ideal -lamenta Annaud-. Yo no estoy tan seguro de que nunca sea tarde para recomponer ese vínculo. Es muy difícil. Y eso es lo que resulta desesperante".





