
El largo viaje de Bartali y su bicicleta Legnano
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Como una vieja bicicleta colgada en una pared, hay historias que parecen abandonadas. Hasta que ocurre algo y vuelven a rodar, espléndidas como ayer, llenas de nuevos significados.
A fines de los años 40, en el interior rural de la Argentina, un papá regresó a su casa con un regalo para su hijo mayor. "Cuidala", le dijo. Y le dio la Legnano de media carrera dorada que tanto le había pedido. "Es la bici de Bartali, cuidala", le insistió. Padre e hijo sabían quién era Gino Bartali (Florencia,1914-2000), el gran ciclista italiano que había regresado después de la Segunda Guerra tan fuerte y veloz como antes. Ambos lo habían descubierto en El Gráfico, que lo tuvo en tapa varias veces. Bartali era el líder del equipo Legnano, que con su imagen multiplicó las ventas de sus bicicletas en todo el mundo. Y en especial en la Argentina, llena de italianos.
Católico practicante, parco, ganador de dos tours de Francia y de tres giros de Italia, era la perfecta contracara de Fausto Coppi, su amigo y rival. Entre los dos se repartieron las grandes hazañas del ciclismo mundial durante casi 20 años.
El hijo cumplió con el pedido de su padre, hasta que en una carrera de aficionados lo tocaron a la salida de una curva y el cuadro quedó algo doblado. Casado el imitador de Bartali, la Legnano quedó colgada por 30 años. Cuando aquel chico que recibió el regalo de su padre tuvo un hijo con edad suficiente como para llegar a los pedales, la descolgó, la mandó a pintar con los colores originales, recuperó los cambios de marcha, hizo cromar el volante, ajustó los frenos y le colocó gomas nuevas. A mediados de los 70, se la dio a su hijo mayor. "Cuidala mucho, es la bici de Bartali", le dijo. ¿Quién será Bartali?, se preguntó el hijo.
Ya retirado, Bartali rara vez aceptaba hablar de sus hazañas y nunca respondía a quienes se atrevían a recordar el uso que el fascismo intentó hacer de sus triunfos. Nunca adhirió a Mussolini y cuando sus compañeros hacían el saludo con el brazo estirado él se persignaba.
Jamás mostró sus preferencias políticas, aunque se sabía que, como católico, votaba por los demócratas cristianos. Jaqueado por la convulsión que había desatado el asesinato del líder comunista Palmiro Togliatti a manos de un ultraderechista, el primer ministro Alcide de Gasperi se atrevió a llamarlo al hotel alpino en el que descansaba durante el Tour de 1948. "Necesito que ganes", le imploró el premier democristiano. "Veré que puedo hacer", lo despachó Bartali, que a dos etapas del final estaba a 20 minutos del puntero. Cuentan que cortó, se asomó a la ventana y entrevió un temporal en la ruta de montaña que le esperaba. "Vienen dos buenos días", dijo a sus compañeros de equipo. Viento y lluvia eran para él ideales para quebrar a sus rivales en la montaña. Todavía llovía cuando llegó a París como ganador del Tour.
"En la vida esas cosas se hacen y basta", diría años después a Andrea, su hijo. No se refería al favor al primer ministro De Gasperi; se estaba negando a responder sobre el secreto que guardaba desde la Segunda Guerra. Un documental de la RAI había revelado en los años ochenta lo que luego de su muerte, en 2000, se sabría con todo detalle.
Caído Mussolini, Alemania invadió Italia en julio de 1943. Con las carreras suspendidas, Bartali siguió entrenando todos los días. Dos o tres veces por semana, durante dos años, iba y volvía en un mismo día de Florencia a Asís (unos 400 kilómetros). "Non toccare la macchina", les pedía a los retenes nazis que lo detenían en la ruta. Les explicaba que si la revisaban la podían descalibrar.
Tres años después de su muerte, en 2003, se sabría por qué Bartali no aceptaba que los ocupantes alemanes le tocaran la bicicleta. En un cuaderno manuscrito por un hijo de Giorgio Nissim, un dirigente de la comunidad judía de Florencia, se supo que Bartali había llevado fotos y documentos falsos que permitieron salvar a más de 800 judíos de la deportación a los campos de exterminio. Su propia familia contaría que él había prohibido revelar que también había escondido judíos en su casa. Bartali había respondido a un pedido del arzobispo de Florencia, Elia Dalla Costa. "El bien se hace, no se dice", repitió siempre cuando alguien quiso saber qué había hecho.
Luego de su muerte, Bartali ya no era solo uno de los grandes deportistas italianos de todos los tiempos. Era un héroe humanitario reconocido en múltiples homenajes póstumos.
Una vieja historia agregó otra historia, aunque su protagonista ya no estaba y había cumplido su propósito callar su hazaña.
La vieja Legnano comprada por admiración a Bartali sigue rodando. Luego de estar colgaba por otros treinta años, reciclada por segunda vez brilla, dorada, cada vez que la hace rodar el nieto de aquel chico que la recibió cuando apenas terminaba el horror del Holocausto.ß
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