
El meteorólogode Santo Domingo
La popularidad en tiempos de los próceres
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En noviembre de 1827 desembarcó en el puerto de Buenos Aires el físico italiano Octavio Fabricio Mossotti. Había sido convocado por Bernardino Rivadavia durante su presidencia. Llegó cuando el primer mandatario ya había renunciado. Dorrego, a cargo del Poder Ejecutivo, lo nombró ingeniero astrónomo y ordenó que le dieran la cátedra de Física de la Universidad de Buenos Aires. También le allanó el camino para que le permitieran trabajar en la única torre que tenía entonces el convento de Santo Domingo -la de la izquierda, la bombardeada en las Invasiones Inglesas-, en Belgrano y Defensa. Mossotti, alto, pelirrojo y de ojos azules, tenía un interés especial: el cielo. Por ese motivo reunió instrumentos de meteorología dispersos, entre los cuales figuraban algunos que habían pertenecido a Martín de Altolaguirre y otros a Don Diego, el padre del general Alvear, ambos entusiastas de la astronomía. Los acondicionó (envió un buen telescopio a Londres para que lo arreglaran) y se instaló allí en las alturas para estudiar el firmamento porteño. Incluso entusiasmó a Vicente López y Planes, quien aprendió muchos secretos del espacio gracias al profesor italiano.
A Mossotti le debemos muy buenos aportes a la meteorología local. Por ejemplo fue el primero en medir, con un pluviómetro que él mismo construyó aquí, la cantidad de lluvia caída en la ciudad. Estudió el día solar con el fin de calibrar mejor los relojes de Buenos Aires, ya que la hora oficial de aquellos tiempos era la que marcaban los relojes en las torres del Cabildo, primero, y de la iglesia de San Ignacio, luego: la falta de ajustes hacía que el horario se retrasara hasta 16 minutos. Registró un eclipse de sol, el 20 de enero de 1833, y uno de luna, el 15 de diciembre de 1834. También dio cuenta del paso de Mercurio delante del sol, el 5 de mayo de 1832, para envidia de sus colegas en Europa, quienes tuvieron una jornada con nubes y se lo perdieron.
Sus investigaciones se publicaron en la Sociedad Astronómica de Londres. En el ámbito local colaboró con la Gaceta Mercantil y en el periódico El Lucero. Además hizo un aporte muy terrenal: estableció la equivalencia oficial entre la vara (medida de longitud que se usaba en las provincias del Plata) y el metro. Con un péndulo y otros instrumentos secundarios, fijó la posición geográfica de la ciudad a partir de la Pirámide de Mayo. Parecía que estaba hipnotizando a la Pirámide, pero no, estaba ubicándola.
Consciente de la importancia de los registros llevó dos copias de anotaciones meteorológicas. Cuando resolvió abandonar Buenos Aires en 1835, estimulado por un nombramiento en el Observatorio de Bolonia, dejó los dos cuadernos con esa valiosa información periódica. Gracias a este primer astrónomo profesional que tuvo Buenos Aires sabemos la temperatura, la presión atmosférica y las lluvias que tuvimos en siete años. Mejor dicho, lo sabríamos si no se hubieran perdido los dos cuadernos que el extravagante científico e incansable observador nos legó.
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