
El misterio de la vanguardia
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"Carretera perdida" ("Lost Highway", EE.UU.-Francia, 1996), presentada por Artistas Argentinos Asociados -Prime Film-, en inglés. Guión: Barry Gifford y David Lynch. Fotografía: Peter Deming. Música: Angelo Badalamenti. Intérpretes: Bill Pullman, Patricia Arquette, Balthazar Getty, Robert Loggia, Robert Blake, Gary Busey. Dirección: David Lynch. 122 minutos.
Nuestra opinón: muy buena.
"Carretera perdida" es una película para amar o para odiar. Sin términos medios. Es un producto de extraña presencia, encerrado en la estética de un gran artista, David Lynch, el creador de "Corazón salvaje" y de la serie "Twin Peaks". Pura noche y laberinto a secas.
Tiene la fascinación de la extravagancia y el misterio de la vanguardia. Su anécdota se apoya antes en el vacío que en raíces firmes. Contiene, sin embargo, una lógica que emana de la estructura en espejo (probablemente) y del análisis de la memoria como mecanismo de dispersión y vehículo para la concentración reflexiva y analítica. También, como la memoria, "Carretera perdida" se evade en lo inasible.
En la limitada trama -debida al director y al formidable narrador Barry Gifford- hay un mismo personaje que es, en una circunstancia, saxofonista, en la otra, mecánico. Además de dos profesiones, tiene dos caras: una es la de Bill Pullman; la otra, la de Balthazar Getty. No delata el facilismo de un hombre y la bestia; más bien, los dos son la bestia. En la contraparte, hay asimismo una mujer con dos apariencias, ambas en la cara de la espléndida Rossana Arquette.
Entre lo posible, hay una mujer asesinada y la investigación del crimen por dos policías que viven en un tiempo real propio y diferente del de la cuasi trama central, aunque confluyen a veces. Podría suponerse con elusiva certeza que la historia está contada al revés y que la aventura del segundo protagonista, aunque ubicada en último término, antecede a la del primero. Podría probarse incluso que todo sucede en la conciencia del protagonista -¿cuál de los dos?- y que, como ironizó enigmático David Lynch, la carretera perdida es sólo -y nada menos- una "fuga psicogénica" (aptitud de la conciencia para crearse una nueva identidad).
Verdad es que en el film hay una carretera, pero los extraviados en ella son los personajes (también los espectadores, de quienes se busca un constante trabajo de indagación e integración de los contenidos). Son los datos de un tejido dramático por hilar.
Sorprendentemente, están en bosquejo, pero reconocibles, los probados formatos del film de crímenes, del thriller y del cine negro, del drama psicológico, del melodrama de engaños y casualidades y del "bizarrismo" brutal. En una historia para armar, están a la vista las piezas y si en cualquier narración es posible encontrar la historia y los dispositivos que la sustentan -el qué y el cómo-, "Carretera perdida" es una obra sobre el cómo -cómo está construida, cómo se articulan sus engranajes a la vista del público-, es decir, sobre el grosor del relato por encima de la, en este caso, muy débil historia.
De visita en la conciencia
Una condición como ésta vuelve más que nunca voyeur al espectador: está de visita en una conciencia; recorre con la mirada ambientes donde antes hubo pornografía; se excita la vista con la sobretexturación de imágenes en video dentro de la imagen fílmica y como degradación la primera de la segunda.
Las carreteras, como los aeropuertos, son espacios despersonalizados; allí no halla el hombre modos de identificación (no se reconoce pertenecer) ni esos sitios contienen historia: son trayectos abstractos sin apoyo en lo físico y por eso angustiantes. El "plano de referencia" en el cine, que evita la dispersión del espectador y al que no recurre Lynch en "Carretera perdida", es el mejor punto de apoyo para la mirada (el espacio de un bar para fumadores y no fumadores es un lugar bien simbolizado e identificatorio). El "no-lugar" carece de cualquier referencia. La memoria podría ser un "no-lugar" y el punto del horizonte donde la carretera de Lynch se encuentra con la realidad.
Hay en el film un gran significante verbal -la película posee sólido equilibrio en el audio y en lo visual-, una frase que escucha y pronuncia la misma persona en el comienzo y en el final, acaso un solo y único momento real (esa frase), cuando dice, misteriosamente, "Dick Laurent ha muerto". Podría ser un equivalente de otra célebre palabra del cine, "Rosebud" en "El ciudadano" (1941, Orson Welles), es decir, la punta de lanza para comenzar el análisis. En realidad, en este punto, aquí mismo, debería comenzar nuestra crítica de "Carretera perdida".
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