El mundo de Britten, 40 años después

Pola Suárez Urtubey
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1 de diciembre de 2016  

Escribimos alguna vez que habiendo vivido entre creadores que alteraron el pulso del siglo XX, como Stravinski o Schoenberg, Benjamin Britten se mantuvo espontáneamente lejos de esos influjos, y aun reconociendo que Mahler dejó huellas en su espíritu, siguió siendo, refractario a todos los sistemas, un genio libre y solitario.

Imposible separar a Britten, que murió hace cuarenta años (el 4 de diciembre de 1976) del medio y de la época en que transcurrió su existencia. Porque de no haber nacido en el Este de Inglaterra, frente al mar, en Lowestoft, en la región de Suffolk; de no haber llegado al mundo el 22 de noviembre (el día de Santa Cecilia, la patrona de la música) de 1913; y de no haber estado signada su vida por el drama colectivo de la guerra, otro habría sido el sentido de su obra, de cada obra, de cada fragmento de partitura. "Soy antes que nada un artista -dijo-y como artista quiero servir a la comunidad y no escribir en el vacío. Como compositor, considero muy valioso saber cómo los oyentes van a reaccionar frente a una creación mía".

En el verano de 1939, tras el estallido de la guerra, Britten abandona Inglaterra y, siguiendo los pasos del poeta Wystan Hugh Auden, que jugaría un papel importante en el desarrollo intelectual del compositor, parte rumbo a Estados Unidos, donde músico y escritor creían poder encontrar las condiciones propicias para la creación. Allí compone obras tan decisivas como Sinfonía da Requiem y Las iluminaciones, mientras comienza la creación de su ópera Peter Grimes, el primer gran escalón del genio. Pero, castigada Inglaterra por las incursiones aéreas de los nazis, vuelve a su patria. Acababa de leer un artículo en una revista inglesa en la que se decía: "Pensar en Crabbe es pensar en Inglaterra". El sólo nombre del poeta nacido dos siglos antes en Aldeburgh, a corta distancia de su pueblo natal, colmó a Britten de nostalgias.

A partir de entonces -corría el año 1942- se afirma más que nunca en su sentimiento de nacionalidad. Exceptuado del servicio activo bélico a causa de sus declaradas convicciones pacifistas, colaboró con sus propios medios, presentándose como pianista en toda Inglaterra. En 1947 se radicó en Aldeburgh, en una casa frente al mar. De tal manera, la aldea del personaje de Peter Grimes, que Britten habría de inmortalizar extrayéndolo del largo poema "The Borough" de George Crabbe, se convertía en su centro de operaciones. A partir de ahí, la creación de sus grandes obras, y la gloria. Fue allí, donde surgió con el cantante Peter Pears, su pareja en la vida privada, y con su libretista Eric Crozier, el primer festival anual de la música inglesa y la compañía English Opera Group, dirigida por él mismo, donde se estrenaron varias de sus óperas. Cuando en 1951 fue designado ciudadano honorario del pueblo de Lowestoft, Britten expresó con entusiasmo su entrañable cariño por la región de Suffolk y por Inglaterra entera.

En el terreno de la lírica Peter Grimes se ha convertido en la más significativa de las 17 óperas que compuso, entre otras razones porque anticipa ya todo aquello que hace a su personalidad musical: el excepcional manejo de la lengua, con lo que confirma que el inglés puede ser tan bellamente cantado como cualquiera de los habituales idiomas del teatro lírico.

Ya en Billy Budd, Britten recurre exclusivamente a personajes masculinos, llevando lo más lejos posible la temática homosexual, que es la de su propia existencia. Suprimiendo a las mujeres, Britten viene a ofrecer la primera imagen en el mundo de la ópera, del gueto masculino. Sin embargo, todavía faltaba un nuevo escalón, una más profunda y existencial referencia al tema del amor tal como se daba en su propia vida. Y esa meta llegó, ya hacia el final de su existencia creadora, de la mano de Thomas Mann con Muerte en Venecia, el último canto dentro de su teatro musical. Una obra de provocante originalidad y profundo sentido metafísico, que desafía a las mejores creaciones de la cultura del siglo XX.

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